Encuentro inesperado

La distancia y el fuego

El silencio de él dolió más que cualquier mentira. Valentina sintió que el corazón se le rompía en mil pedazos.
—Así que es verdad —dijo con voz rota—. Todo este tiempo me has estado engañando. Pensé que éramos diferentes, que podíamos confiar el uno en el otro… pero eres igual que todos.
—Valentina, no es lo que crees… —empezó a decir él por fin, pero ella ya no quería escuchar nada.
—¡No quiero saber nada más! —le gritó, con lágrimas corriendo por sus mejillas—. Terminaré el trabajo yo sola. No te acerques más a mí, no me hables, actúa como si nunca nos hubiéramos conocido. ¡Ojalá nunca hubiéramos chocado aquel día!
Santiago se quedó mirándola irse, queriendo correr tras ella, pero algo lo detuvo. Solo pudo decirle en voz baja, cuando ella ya estaba lejos:
—Algún día entenderás por qué hago esto. Perdóname.
Los días siguientes no se dirigieron la palabra ni una sola vez. Valentina pasaba todo el tiempo libre en la vieja sala de lectura de la biblioteca, el lugar donde habían empezado todo, tratando de terminar el trabajo sola con el corazón destrozado. Esa misma noche, mientras ella descansaba en su casa, recibió una noticia que la dejó helada: la biblioteca había ardido en un incendio intenso, y todo lo que había dentro quedó reducido a cenizas.




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