Encuentro inesperado

Verdades que asustan

Al día siguiente, la universidad estaba llena de rumores y gente asustada. Decían que había sido un accidente, pero otros hablaban de algo provocado. Valentina pensó en todos los apuntes, libros y el trabajo que habían guardado allí, y también pensó en Santiago. Con un mal presentimiento que no se le iba del pecho, fue hasta la pequeña casa donde él se alojaba, un lugar que él le había mencionado una vez.
Al llegar, la puerta estaba entreabierta. Entró despacio y lo encontró en la habitación, metiendo ropa y unos pocos objetos en una maleta grande, con la cara muy seria. Estaba listo para irse de la ciudad, para desaparecer sin dejar rastro.
—¿Te vas a ir sin decirme nada más? —preguntó ella con voz temblorosa.
Él se detuvo al escucharla, se giró y la miró a los ojos, y vio que ya no tenía sentido ocultarle más. Se sentó en el borde de la cama y le contó parte de la verdad: que su padre había estado involucrado en cosas peligrosas, que había gente que lo buscaba a él para obligarlo a entregar algo que su padre había escondido, que la chica de las fotos era su prima, que la persona que los vigilaba trabajaba para quienes lo perseguían, y que el incendio no había sido un accidente, sino una advertencia.
—Por eso no te decía nada —terminó de explicar, con los ojos brillantes—. Porque cuanto menos sepas, más segura estarás. No quiero que te pase nada por mi culpa.
Justo cuando terminó de hablar, alguien golpeó la puerta con tanta fuerza que parecía que la iban a derribar, y escucharon una voz que gritaba el nombre de Santiago desde afuera.




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