No tuvieron ni un segundo para pensar. Santiago agarró su mano con fuerza:
—¡Tenemos que salir de aquí ahora mismo!
Lo guiaba por una puerta trasera que daba a un callejón oscuro, corriendo sin mirar atrás, mientras escuchaban cómo derribaban la puerta principal. Corrieron varias cuadras hasta llegar a un coche que tenía escondido, y se marcharon de la ciudad sin rumbo fijo, solo pensando en ponerse a salvo.
Mientras manejaba por carreteras solitarias, le contó todo lo que faltaba: por qué había estado en ese edificio viejo, qué era lo que buscaba, cómo había encontrado el medallón que le pertenecía a ella y que era la llave de todo. Le explicó que sus vidas estaban conectadas desde mucho antes de que se conocieran, que sus padres habían sido amigos y que incluso habían planeado que se conocieran, sin imaginar que las circunstancias serían tan difíciles.
Valentina escuchaba todo sin interrumpir, sintiendo cómo el miedo se mezclaba con la comprensión. Ahora entendía por qué había sido tan reservado, por qué iba siempre distraído, por qué había actuado de esa forma. Todo el rencor que había sentido se transformó en una gran ternura, y en el deseo de ayudarlo.
Llegaron a una pequeña casa de campo aislada, propiedad de un viejo amigo de su padre, un lugar donde nadie los encontraría. Pero cuando se instalaron y quisieron revisar las copias que habían guardado del trabajo final, descubrieron con desesperación que habían desaparecido de la maleta.