No podían creerlo: después de todo lo que habían pasado, también habían perdido el trabajo que habían preparado con tanto esfuerzo. Pero ya no importaba tanto la nota ni la materia, sino estar juntos y a salvo. Tuvieron que quedarse allí escondidos todo un día, sin poder salir, sin noticias de nadie.
Ese día fue distinto a todos los anteriores. Sin muros, sin secretos, sin miedo a que alguien los escuchara, por fin pudieron ser ellos mismos. Hablaron de lo que sentían, de cómo aquel primer choque en el pasillo había sido el inicio de algo que ninguno de los dos buscaba, pero que ya no podían vivir sin ello.
—Desde el momento en que te vi parada en el suelo, con el jugo derramado y los ojos llenos de rabia, supe que mi vida cambiaría —le dijo Santiago tomándola de las manos—. Nunca me había importado tanto arreglar algo que había roto. Nunca había querido tanto que alguien me perdonara.
—Yo te odiaba —respondió ella con una sonrisa entre lágrimas—, pero cada día que pasaba quería saber más de ti. Y ahora sé que no quiero estar sin ti.
Se abrazaron con fuerza, sintiendo que por fin estaban en casa, a pesar de estar lejos de todo lo que conocían. Pero mientras descansaba en sus brazos, Valentina pensó en que ella también tenía un secreto que no le había contado, algo que había guardado por años y que estaba a punto de salir a la luz sin poder evitarlo.