Encuentro inesperado

Más que un encuentro

Valentina no se quedó callada ni se rindió. Con lágrimas en los ojos, pero con la voz firme, les contó a todos la verdad: que ella no había sabido nada de todo eso hasta hacía poco, que se sentía culpable por lo que su padre había hecho, pero que ella no era como él, y que su amor por Santiago era lo único verdadero que tenía.
Santiago, que no se había alejado del todo, la escuchó desde lejos. Entendió entonces que ambos habían cargado solos con pesadas cruces, que los dos habían sufrido por cosas que no eran culpa suya, y que ya no tenían por qué seguir cargándolas solos. Regresó hacia ella, tomó su mano frente a todos y le dijo:
—No eres tu padre. Eres tú, la chica que conocí, la que amo. Y no te voy a dejar sola.
Juntos entraron al salón. Aunque habían perdido el trabajo escrito, contaron su historia, todo lo que habían vivido, cómo se habían conocido y cómo habían descubierto la verdad. La profesora y los compañeros escucharon conmovidos, y entendieron que aquel trabajo había sido mucho más que una tarea: había sido el comienzo de una historia que iba más allá de las aulas. Al terminar, todos aplaudieron, y la profesora les dijo que habían sacado la mejor nota.
Al salir juntos por la puerta principal de la Universidad del Sur Mongoli, bajo un sol brillante, se abrazaron sabiendo que nada los separaría nunca más. Aquel primer choque no había sido un accidente, sino el destino reuniendo a dos almas que estaban destinadas a encontrarse. Mientras caminaban felices hacia su nueva vida, alguien desde lejos, escondido entre los árboles, les tomó una fotografía en silencio, la guardó en un sobre y sonrió con una mirada misteriosa, como si supiera que su historia apenas comenzaba.




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