Sonó el despertador. La luz comenzaba a filtrarse por la pequeña abertura entre las cortinas, dando de lleno en el rostro de Daniela, quien se removía entre las cobijas, molesta por el ruido de la alarma, intentando volver a su plácido sueño bajo el calor de las sábanas.
Había sido un gran desatino quedarse la noche anterior viendo el maratón de películas de terror con su padre, aunque ver La casa de los 1000 cuerpos siempre hacía que valiera la pena cada desvelo.
Por fin, estiró su brazo perezoso para tomar el celular que vibraba y sonaba sin cesar, con la intención de aplazar esa tonta alarma que no recordaba haber puesto la noche anterior. Al mirar la pantalla con dificultad, se despabiló de golpe: un mensaje en letras grandes —“Primer día”— la saludaba.
Saltó de la cama, tomó su toalla y salió casi corriendo hacia el baño. Debía ducharse, arreglarse y prepararse para el inicio de su vida universitaria.
Mientras se arreglaba el cabello, no dejaba de pensar en lo feliz que sería y en el futuro que le esperaba.
Unas semanas antes, se había encontrado junto a su hermana frente al ordenador, mirando las listas de resultados del examen de admisión a la Universidad Altagracia.
—Hazlo tú, no aguanto la presión —había dicho Daniela, girando la pantalla hacia su hermana.
—No seas tonta, Danny. Claro que aprobaste; si no, serás la deshonra de la casa —se burló Claudia, su hermana, tomando la laptop y buscando su nombre—. ¡Aquí estás, Danny, aprobaste! Te lo dije.
La abrazó con entusiasmo, y Daniela sintió todo el peso del mundo desprenderse de sus hombros.
—¡Dame eso, tengo que ver! —Con el ánimo renovado, le quitó la laptop y comenzó a bajar la lista, recorriendo los nombres.
—¿Ahora qué haces, Daniela? Ya te había encontrado, estabas ahí arriba —Claudia frunció el ceño al verla seguir bajando.
Un grito de emoción escapó de la garganta de Daniela mientras daba pequeños saltos en la cama.
—¡Aquí está! ¡Lo logró! —dijo, aún más emocionada que cuando su hermana le dio la noticia.
—¿Quién?
—¿No es obvio? Elías. Mira, aquí está su nombre.
Claudia se asomó a la pantalla. Subrayado, aparecía el nombre: “De la Torre Lara Elías”. Entornó los ojos.
—No es cierto que ese papanatas y tú irán a la misma universidad.
—¡Oye! No le llames así a Elí. Claro que iremos juntos; es parte de nuestro plan de vida. Él estudiará leyes, yo administración; nos graduaremos, encontraremos un buen trabajo, nos casaremos y viviremos felices, como hasta ahora.
Claudia suspiró.
—Escucha, Danny… no creo que sea buena idea que planees toda tu vida alrededor de tu relación. Eres muy joven, apenas vas a empezar la universidad. Conocerás a más personas. Deberías disfrutar esta etapa, salir, divertirte… no has salido con otros chicos en, ¿qué?, ¿tres años?
—Cinco… —corrigió Daniela, con notable molestia.
—¡Cinco años! Maldición, Daniela, deberías disfrutar más tu vida.
—¡La disfruto! La disfruto mucho, en verdad. ¿Por qué te desagrada tanto Elí?
—No me desagrada… solo entiende: necesitas expandir tus horizontes. En estos cinco años solo te he visto salir con él, con papá y conmigo.
—Soy antisocial
—Eres tonta, más bien —le dio un ligero empujón con el brazo, intentando suavizar la tensión—. Escúchame: como tu hermana mayor, quiero lo mejor para ti. Sigue con tu historia de amor color de rosa si eso quieres, pero prométeme que al menos harás amigas en la escuela.
Daniela la miró con desagrado por un momento, luego soltó el aire con resignación.
—Bien, lo haré. De todos modos, tendré que encontrar algo que hacer mientras espero a Elí después de clases… supongo.
El grito de su padre la sacó de sus pensamientos, devolviéndola al presente.
—¡Daniela, apúrate o llegarás tarde!
—¡Ya voy, pá!
Echó un último vistazo al espejo. «Nada mal», pensó al mirarse. Los pantalones negros y la sudadera gris le daban un aire casual y despreocupado; sus ojos castaños se veían profundos y misteriosos, enmarcados por el delineador negro, y su melena oscura, larga y ondulada le aportaba ese toque rebelde que tanto la hacía sentirse segura de sí misma.
Tomó su mochila y bajó corriendo los escalones.
—¿Segura que no quieres que te lleve? —preguntó su padre desde el recibidor.
—Es la universidad, pá, ya no soy una niña —respondió, dándole un beso en la mejilla con una amplia sonrisa—. Estaré bien.
—Muy bien, pequeña. ¿Llevas tu celular? ¿Dinero? Cualquier cosa, llámame, ¿entendido?
—Sí, sí, entendido. Nos vemos en la tarde.
Salió despidiéndose con la mano.
—¡Salúdame a Elías cuando lo veas! —gritó su papá mientras la veía alejarse.
Daniela solo asintió y siguió su camino hacia la parada del autobús.