End Zone - No todo se juega en el campo

Capítulo 3

Daniela se encontraba de pie, tomada de la mano de su novio, quien estaba muy concentrado observando la exhibición de fútbol americano.

Desde el encuentro con aquel chico, no podía dejar de pensar en lo extraña que había sido la forma en que miró a Bianca. Había algo en él que le provocaba curiosidad e irritación en la misma medida.

Giró el rostro hacia el espacio donde se desarrollaba el ultimate. Ahora sabía de qué se trataba: los jugadores habían pasado los primeros minutos lanzándose el disco de distintas maneras entre sí; uno de esos lanzamientos había sido el que casi le golpea el rostro.

En ese momento, estaban divididos en dos equipos de cuatro. Al parecer, darían una demostración real del juego, aunque, por el espacio reducido, el número de jugadores debía ajustarse e irían rotando entre ellos.

A diferencia de las otras disciplinas, eran pocos los alumnos que los observaban. La mayoría se concentraba en el fútbol americano y en las porristas, ya fuera por chicas interesadas en unirse o por chicos que disfrutaban del espectáculo.

Daniela sintió un poco de pena por aquellos jugadores… y, sin notarlo, su atención se quedó en ellos.

El joven de ojos azules estaba entre los jugadores de la primera ronda. Sostenía el disco entre ambas manos, dando órdenes a sus compañeros, alineados junto a él. El uniforme negro con líneas rojas se ajustaba perfectamente a su cuerpo.

Daniela lo observaba, frunciendo la nariz con una mueca involuntaria.

—¿Listos? —lo escuchó gritar.

Su voz se proyectó con fuerza hasta donde ella se encontraba. Sus contrincantes respondieron afirmativamente.

—¡Up!

El grito dio inicio al juego. Lanzó el disco y todos salieron corriendo, tomando sus posiciones a lo largo del campo.

Daniela se sorprendió. Nunca había imaginado que un frisbee pudiera alcanzar tal velocidad y altura; siempre lo había considerado un simple juguete de parque.

Observó cómo los jugadores se pasaban el disco con gran destreza, mientras los adversarios intentaban bloquear cada movimiento, haciendo en voz alta una cuenta regresiva. No entendía del todo las reglas, pero resultaba sorprendentemente entretenido.

Por un instante, incluso pensó que podría unirse…

pero descartó la idea al recordar que eso implicaría estar cerca de él.

Una jugadora lanzó el disco por encima de su oponente. El frisbee volaba rápido, a gran altura. Uno de sus compañeros corrió calculando el punto exacto para atraparlo.

Saltó.

Casi al mismo tiempo que el chico de ojos azules, quien se elevó unos centímetros más y logró interceptarlo, recuperando la posesión para su equipo.

Al tocar el suelo, lanzó el disco de inmediato a otro compañero. Comenzaron a avanzar con rapidez, pasándose el disco con precisión, hasta que un rival bloqueó el siguiente intento.

—Hazlo, ¡flick! —ordenó el chico de ojos azules sin detenerse.

Su compañero asintió y lanzó el disco con un movimiento que a Daniela le pareció extraño: la palma hacia arriba y un sutil giro de muñeca que, aun así, imprimió gran velocidad al frisbee.

El chico corrió con fuerza, lanzándose para atraparlo en el aire, igual que antes, cuando evitó que la golpeara.

Cayó y se deslizó sobre el suelo, derrapando dentro de la end zone.

Sus compañeros lo rodearon, aplaudiendo y felicitándolo, mientras él respondía con una palmada en el hombro del jugador que le había hecho el pase.

—Pretencioso… —murmuró Daniela, sin dejar de observarlo.

En ese momento, él volteó en su dirección. Sus miradas se cruzaron y, sin expresión alguna, le hizo un breve saludo con los dedos antes de volver a organizar a su equipo, ignorándola por completo.

Daniela sintió el gesto como una burla y, molesta, giró el rostro hacia el campo de fútbol americano.

Elías estaba completamente absorto, fascinado con las habilidades del equipo universitario. Tanto, que antes de que terminaran las exhibiciones tomó a Daniela de la mano y la arrastró hacia los registros para no perder su lugar.

—Espera… debo ir al baño —dijo Danny antes de entrar al edificio.

—¡Ah, vamos, cariño! Podrían ocuparse los lugares. Vi a muchos adelantarse; seguro ya están formados.

—Adelántate, está bien. De todos modos, yo no tengo prisa. Como tú dijiste, seguro que ajedrez no se llenará.

—¿Segura? ¿Ninguno de los otros deportes te hizo cambiar de opinión? Serías una hermosa porrista…

Esa sonrisa pícara siempre lograba que le temblaran las piernas.

—No digas tonterías. Vete, corre o te ganarán el lugar.

Se dieron un beso antes de separarse, cada uno tomando su camino.

El baño del gimnasio estaba cerrado, así que Daniela tuvo que dar media vuelta y buscar otro en el edificio más cercano.

Al regresar, encontró a Elías conversando animadamente con Bianca. La habían perdido de vista tras el incidente en el campo, pues ella se había ido a buscar lugar entre las porristas.




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