—¡No! ¡No es posible! ¡Usted me miente, señor Andrés! El reclamo de un alma herida resuena en el despacho de la casona de los Vidal. Una joven de aproximadamente treinta años, de un metro setenta, delgada, con curvas generosas y facciones delicadas, niega frenéticamente. Su pelo negro y largo, que ahora luce desordenado por las veces que se ha pasado las manos por la cabeza, acompaña sus ojos rojos, que evitan que salgan las lágrimas. Sus iris azules ahora son casi negros por la ira y la decepción. El señor Andrés, solo la mira con pena, esa pequeña que vio crecer corriendo por las salas del hospital de su padre escondiéndose de niñeras y su madre, esa joven que vio plantar cara más de una vez a ese mismo padre que la amaba con verdadero fervor cuando creía que algo no era justo o acertado, defendiendo su criterio y sus principios con fuerza como le enseño su madre, el orgullo de los Vidal, verla reducida a una esposa estafada, engañada ,usada por un hombre que juro amarla y protegerla y todo fue mentira, desde su baja estatura y más de cincuenta años el señor Andrés sufre el dolor de Lidia como suyo propio.
—Lidia pequeña tienes que calmarte y ver las cosas como son, desde que me localizaron las autoridades para notificarme la situación de tu esp…, de Marcos, pues estoy haciendo todo para minimizar el golpe, que te veas lo menos afectada posible y sobre todo los niños.
—¿Los niños?, que niños?, nosotros solo tenemos a Elías
—A ver déjame explicarte, nervioso el señor Andrés trata de enfocar la idea para que no sea tan fuerte, pero, es perturbadora y cruel y humillante pero no queda de otra que decirlo: hace un año tu esposo y su secretaria la señorita Clara, ellos te hicieron firmar tres documentos vinculantes que, por tu exceso de confianza y amor, pues parece que no leíste y bueno aquí estamos,
—¿Qué documentos?
Editado: 12.05.2026