Enredada en los sueños del magnate

26.La luna olvidada de Zayan

Muntaha intentaba, una vez más, retomar su vida cotidiana. Las heridas no habían sanado, pero tenía que seguir adelante—por su bebé, y por Zayan.

Caminaban por el jardín. Después de la tormenta, el sol brillaba con fuerza, su calor espantando los últimos restos de los días lluviosos.

Zayan contemplaba los destrozos, los hombros caídos, las manos cerradas en puños a ambos lados del cuerpo. Tragó saliva, con la vista fija en las hojas cubiertas de barro, como si en ellas se reflejara su impotencia.

—Están arruinados. Fallé al protegerlos.

Pero no hablaba solo de los arbolitos.

Hablaba de Muntaha.

Su respiración se entrecortó—¿por qué siempre fracasaba? ¿Por qué no era como los demás? ¿Por qué no podía proteger a Muntaha como ella necesitaba?

—No fallaste —murmuró ella—. Se arruinaron porque así lo quiso Allah. A veces, solo nos queda confiar en Su plan... y seguir.

Se lo decía a él, sí. Pero, en el fondo, también se lo decía a sí misma.

Muntaha se paró a su lado.

Por primera vez en lo que pareció una eternidad, lo tomó de la mano. No por costumbre. No por obligación. Lo hizo porque quería. Porque necesitaba sentir que él seguía ahí. Que era suyo.

Sus dedos se entrelazaron con los de él, primero con timidez—como las raíces que apenas empiezan a buscar su espacio en la tierra.

Quizás ellos también podían volver a crecer.

—Zayan, esta vez los plantaremos juntos. E Inshallah, verás que ninguna tormenta podrá con ellos.

Zayan la miró.

Ella volvió a sonreír—no del todo, no con naturalidad. Pero lo intentó.

La sonrisa aún no alcanzaba sus ojos.

Aún no.

Pero quizás, algún día, lo haría.

Apoyó la cabeza sobre su hombro, y el agarre de Zayan sobre su mano se hizo más firme.

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El tiempo se volvió bruma, diluyéndose en días tranquilos llenos de espera—por su bebé, por un nuevo comienzo.

Zayan yacía con la cabeza apoyada en el vientre de Muntaha, sus dedos trazando pequeños patrones distraídos sobre su piel. Su voz era suave, cargada de calidez y asombro infantil.

—Hola, bebé. Soy yo—papá. Di algo —susurró, empujando con suavidad.

Esperó.

Nada.

Frunció el ceño.

—Ey, bebé, di algo...

Muntaha soltó una risa contenida, los labios curvados en una sonrisa dulce mientras lo observaba. Pero cuando él alzó la vista, en su rostro se asomaba una leve decepción.

—Moon... ¿por qué no habla?

Le acarició el cabello, su tacto una caricia que calmaba.

—Aún no puede hablar, Zayan.

—¿Por qué? ¿No tiene boca?

Sus ojos se agrandaron, sinceramente intrigado.

—Sí, la tiene —susurró ella, con ternura por su inocencia—. Pero cuando nazca, tendremos que enseñarle a hablar. Entonces lo hará.

Los labios de Zayan se entreabrieron. Su mente procesaba la explicación con la seriedad de un niño aprendiendo algo nuevo.

—Oh...

Entonces Muntaha contuvo la respiración. Un pequeño movimiento dentro de ella.

—Zayan —empezó.

—¿Qué?

—El bebé acaba de patear.

Sus ojos se abrieron de par en par.

—¿Qué?

—Pon la mano aquí —le guió los dedos temblorosos hasta su vientre.

Y entonces—una patada fuerte.

Zayan se sobresaltó, jadeando como si lo hubieran golpeado a él. Abrió la boca, los ojos saltando de su barriga a su rostro.

—¿Por qué te está pateando? ¡Bebé malo! ¿Te duele, Moon?

Ella negó suavemente con la cabeza, sin dejar de reírse.

—No, está bien. No duele.

Zayan frunció el ceño, aún mirando su vientre como si allí se escondiera un secreto que no alcanzaba a entender.

—¿Está jugando al fútbol? No... pero quizás quiera —Muntaha lo provocó, divertida.

Zayan frunció aún más el ceño.

—Bebé —le habló con solemnidad a su barriga—. Sal, y jugamos afuera. Pero no patees a tu mamá.

Muntaha lo contempló, el corazón apretándose. Estaba tan lleno de amor—de una inocencia tan pura que le hizo arder los ojos.

Zayan giró la cabeza, mirándola.

Y cuando sus miradas se encontraron—el amor fluyó entre ellos. Crudo. Inquebrantable.

No hicieron falta palabras.

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El tiempo aceleró, escurriéndose entre sus dedos como arena fina.

Cada día traía consigo el peso de la espera—las preparaciones silenciosas, la emoción nerviosa, la certeza creciente del cambio.

El cuarto del bebé comenzó a tomar forma. Lo que antes era una habitación vacía, ahora se transformaba poco a poco—paredes pintadas en tonos pastel, pequeños peluches en las estanterías, una cuna en el rincón, esperando la vida que pronto llegaría. Cuando naciera, trasladarían la cuna a su dormitorio.

Las salidas de compras se entremezclaban en la memoria. Zayan sostenía diminutos bodies de bebé, los ojos brillando de asombro.

—¿Esto le va a quedar? ¡Es tan pequeño!

Muntaha reía, negando con la cabeza.

—Los bebés son pequeños, Zayan.

—Pero esto es demasiado pequeño...

—No te preocupes. Inshallah, también crecerá pronto.

Zayan alzaba otra prenda, examinándola con aire muy serio, antes de mirarla a ella.

—¿Y si quiere ponerse algo cool? ¿Como una chaqueta o...?

—Zayan, ni siquiera sabrá qué significa “cool”.

—Lo sabrá. Si yo le enseño.

En ese momento, una mujer con un bebé en brazos tomó un vestido cercano. Zayan se quedó mirando al bebé—que chupaba su dedo, con los ojos curiosos.

Muntaha lo notó.

Le tomó del brazo y susurró:

—No te preocupes, Zayan. Pronto, Inshallah, tendremos al nuestro también.

Zayan asintió.

Las risas se fundían en momentos tiernos—de esos que alargan el tiempo, haciéndoles sentir que podrían vivir dentro de esa burbuja de espera para siempre.

Y entonces llegaron los nombres.

Una tarde tranquila, la lluvia golpeando suavemente las ventanas, el té humeando entre ellos.

—Si es niño... Zaeem —dijo Zayan, pronunciando el nombre con lentitud, saboreando su significado—líder, fuerza, protector.




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