Enseñando al Ceo a sentir

Introducción

Bruno

―¡Señor, han secuestrado a su esposa!

―¡¿Qué?! ¿Cómo es posible?

―En el video de vigilancia se ve cuando unos hombres la abordan y se la llevan en una van.

Llevo mi mano al pecho, sintiendo una extraña presión que no logro identificar.

―Ubícala ahora mismo. Si algo le llega a pasar…

Respiro hondo, pero el aire no es suficiente. Salgo de la oficina con paso apresurado.

Por suerte, le di una pulsera especial que nos permite rastrear su ubicación. Mis hombres y la policía van detrás de mí. Solo espero que no le haya pasado nada… o si no…

Cierro los ojos un segundo, llevando la mano al pecho otra vez. Esa sensación regresa, más fuerte, como si algo dentro de mí se estuviera rompiendo.

―Señor, ¿está bien? —pregunta mi asistente desde el asiento del copiloto, mirándome por encima del hombro.

―Me duele el pecho.

―¿Quizás sea un ataque al corazón?

Miro mi reloj inteligente, revisando mis signos vitales. Todo parece normal.

―Todo está en orden, pero…—una imagen de mi esposa siendo torturada cruza mi mente, y la punzada regresa—. El dolor aparece cuando pienso en mi esposa.

―Señor… puede que lo que esté sintiendo sea miedo de que le pase algo.

Frunzo el ceño.

―¿Miedo?

―Sí. Es normal sentir miedo o angustia cuando alguien que quieres está en peligro.

¿Alguien que quiero?

Es absurdo. Yo no siento nada por ella.

―Señor, llegamos.

El vehículo se detiene y de inmediato abren la puerta. Bajo sin esperar, pero al ver la bodega abandonada, algo parecido al pánico se instala en mi pecho.

―¿Señor?

Niego con la cabeza y empiezo a caminar.

La policía me indica que me quede atrás, pero no soy capaz de obedecer. Sigo detrás de ellos.

―¡Alto, policía! ¡Levanten las manos donde podamos verlas!

Me detengo de golpe.

Tres hombres semidesnudos están sentados alrededor de una mesa… y mi esposa, a unos metros.

―¡¿Qué está pasando?! —grito, preparado para lo peor.

―¡Fue ella! —gritan los tres hombres al mismo tiempo, levantando las manos.

―Ya cállense, cobardes —bufa mi esposa, cruzándose de brazos.

Observo con más atención.

Sobre la mesa hay cartas, como si estuvieran jugando. Frente a ella hay dinero, algunas joyas y ropa… mientras que los hombres están en ropa interior.

Parpadeo, confundido.

―¿Por qué están desnudos?

―Fue ella, señor oficial —dice uno de los hombres, cubriéndose el pecho—. Ella nos quitó todo.

―Sí, nos dejó en la ruina —chilla otro.

―Nos quitó todo lo que teníamos. ¿Ahora cómo vamos a llegar a casa? Mi esposa se pondrá furiosa.

―Cállense —dice mi esposa, rodando los ojos—. ¿Quién los manda a apostar si no saben jugar?

Un oficial la mira, claramente desconcertado.

―¿Acaso usted no está secuestrada?

―Nosotros… —los tres hombres se miran entre sí, sin saber qué decir.

―Ellos tres me secuestraron —explica ella con total tranquilidad—. Me trajeron a esta bodega y me amarraron, dejándome allá —señala una silla con cuerdas colgando—. Después se pusieron a jugar. Como estaba aburrida, les dije que quería jugar también… y que apostáramos más dinero. Así que me soltaron.

Hace una pausa y sonríe.

―Empezamos a jugar… y bueno, los tres perdieron hasta la ropa.

Empieza a reír como si todo fuera un chiste.

Cierro los ojos y masajeo mi sien. Sin duda alguna… esta mujer no es normal.




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