Enseñar a Mamá a Quererme

Capítulo 9

 

Esa tarde en Londres, el equipo de asistencia del aeródromo recibió una alerta de emergencia, un llamado de auxilio desde el jet. De inmediato, notificaron la alerta a las autoridades pertinentes y comenzaron a coordinar con las autoridades en Estados Unidos. Se estableció una comunicación fluida entre ambos países para coordinar los esfuerzos de búsqueda y rescate en la zona donde se sospechaba que había caído el jet.

Durante toda la noche, embarcaciones y helicópteros rastrearon el vasto mar en busca de cualquier rastro del jet desaparecido. La guardia costera se unió a la operación de búsqueda, desplegando todos los recursos disponibles para localizar a los pasajeros.

En las primeras horas de la madrugada, una de las embarcaciones de búsqueda y rescate avistó el jet siniestrado en una zona remota del océano Atlántico, a unos kilometros de la costa de Florida. La intensa luz de los reflectores iluminaba el área mientras los equipos se acercaban con cautela.

La tensión aumentaba a medida que se acercaban. Gracias a la cooperación de algunos buzos, finalmente, pudieron confirmar su identidad, pero lo que encontraron no era lo que esperaban. Junto a los restos del jet que el mar no tragó, flotaba un cuerpo, pero los otros pasajeros no estaban en el lugar.

Los equipos de búsqueda continuaron rastreando la zona con la esperanza de encontrar sobrevivientes o cualquier indicio que pudiera arrojar luz sobre lo sucedido. La tensión y la incertidumbre se palpaban en el aire mientras las autoridades y los equipos de rescate trabajaban contra reloj.

—Aime, mi amor, es hora de levantarse. Te dejé dormir más tiempo ya que anoche te quedaste despierta hasta tarde esperando noticias de tu padre, pero ya van a dar las 10:30 de la mañana y debes ducharte, desayunar y tomarte tus pastillas y vitaminas.

—¿Papi aún no ha llamado? —preguntó estirándose en la cama como un gatito dormilón.

—No mi amor, pero con el cambio de horario y todo eso puede que esté dormido. Allá debe ser muy tarde.

—Sí, eso debe ser ¿Sabías que Miami está seis horas por detrás de nosotros? Le pregunté a IA. Así que según mis calculos —se puso a contar en sus deditos—. Papi tuvo que llegar a las cuatro de la tarde y aquí ya era muy tarde. Tal vez por eso no llamó ¿Verdad? Seguramente pensó que ya estaba dormida y en este momento lo debe estar él. 

 —Si mi amor, seguramente así fue —dijo concentrada, mientras limpiaba la popo de Whiskers de la conejera. 

Aime salió de la cama y fue hasta la casita de Whiskers. Tenía una cama de algodón, un mini parque de juegos, un bebedero y un espacio donde hacía sus necesidades.

Tomó a Whiskers de la pequeña cama de algodón. 

—Buenos días, Whiskers. ¿Dormiste bien? —besó a su amigo en la cabeza.

—Listo ya quedó todo muy limpio y desinfectado. Iré a votar esto a la basura. La tina ya está lista para que te bañes, llama si me necesitas corazón.

—Sí, nana.

Ingrid dejó la habitación de la niña y ella se puso a juguetear un poco con su conejo.

—Deja de comer, glotoncito —lo regañó. El pequeño animalito estaba masticando un pedazo de pepino fresco.

Dejó a Whiskers en su cama y fue a bañarse.

Mientras tanto Ingrid se encontraba bajando por la escalera cuando tocaron el timbre. Una muchacha de la limpieza salió de la cocina para ir a abrir la puerta, pero Ingrid la detuvo. Le entregó la funda de basura para que se deshiciera de ella y se encargó personalmente de abrir la puerta. 

—Buenos días, Ingrid —dijo Javier entrando como si nada.

Ella se hizo a un lado para que no la empujara y se quedó viéndolo sorprendida. 

—Buenos días, señor. No lo esperábamos —cerró la puerta y siguió a Javier—.  El señor Max no se encuentra.

—Lo sé. ¿Y la niña? —se detuvo bajo el gigante candelabro de telaraña.  

Ingrid también se detuvo a unos metros de distancia. 

—En su habitación, bajará en un momento para desayunar. —Javier se distrajo unos segundos, observando algunas piezas de valor que formaban parte de la decoración. 

—Tengo que hablar con ella. Traigo malas noticias —dijo aclarándose la garganta.

—No se lo tome a mal. Pero el señor Max no quiere que usted esté aquí y mucho menos que vea a la niña para decirle cosas.

Él se dio la vuelta y observó a la mujer con prepotencia. 

—Pero lo que tengo que decirle es realmente importante, tú y todos los empleados también deben escucharlo así que ¿por qué no los reúnes a todos?

Javier tomó asiento en un sofá de la sala. Ingrid lo miró realmente confundida. ¿Qué tenía que decirle él a los empleados de su jefe?

—Pero no te quedes ahí. ¡Anda, ve y llama a todos para que escuchen lo que tengo que decir!

Ingrid se alejó un poco amedrentada, fue a buscar a las dos muchachas del servicio, también al jardinero y por supuesto al guardia de seguridad. 

En pocos minutos todos estaban reunidos frente a Javier, preguntándose a que se debía todo eso.

—Sigo sin ver a la niña.




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