Entre acordes rotos

Capitulo 1: Sesenta minutos

La primera vez que intentó enseñarle francés, lo insultó en menos de cinco minutos.

—¿Tú sí vienes con garantía por si te rompes? —dijo ella sin levantar la vista del celular.

Él se quedó en silencio. No esperaba aquel recibimiento. Durante un segundo intentó decidir si aquello era una broma… o si hablaba en serio.

—Con ese silencio, seguro serás un gran profesor —añadió ella, esbozando una sonrisa cínica mientras se colocaba los audífonos.

Fue en ese momento cuando él tomó dos decisiones. La primera: iba a cobrar hasta el último segundo de cada sesión. La segunda: no perdería el tiempo intentando tener una conversación normal con ella. Después de todo, el padre pagaba ridículamente bien. Lo suficiente como para ignorar que su hija era, sin duda alguna, un desastre de modales.

—Como ves, esta es Emily. Eres la quinta persona este mes, Tomás. Por favor… solo haz que diga tres frases en francés sin que aviente el cuaderno. —Volteó a ver a su hija y suspiró. —Mucha suerte —dijo antes de cerrar la puerta.

Tomás se aclaró la garganta —Bonjour, Emily. Je m'appelle Tomás. Enchanté —Esbozó una leve sonrisa y le extendió la mano.

Emily ni siquiera levantó la vista del celular

La mano de Tomás quedó suspendida en el aire unos segundos antes de retirarla —Bueno… como escuchaste, seré tu maestro. Y antes de que lo digas: sí, soy joven para ser profesor. Aprendí francés cuando era pequeño, así que puedes estar tranquila, estás en buenas manos.

Emily levantó la mirada por primera vez —Entonces no tuviste el talento suficiente para buscar otro trabajo.

Tomás sostuvo la mirada, sin perder la calma. Ya veo por qué no duran mucho aquí. No le voy a dar el gusto.

—Estoy aquí porque tu padre me dijo que tienes interés en aprender francés.

Emily frunció las cejas. Luego, casi en un susurro, murmuró. —No le creas todo lo que dice.

Tomás fingió no haber escuchado. Total, sus problemas familiares no son asunto mío, pensó. —Bueno… supongo que es momento de empezar. Solo tenemos sesenta minutos. ¿Te parece si vamos a la sala? —sonrió. Emily no reaccionó.

Tomás observó a su alrededor. —O… podemos quedarnos aquí.

La habitación era un desastre. Había papeles tirados en el suelo, ropa por todas partes. Lo que alguna vez fue un escritorio ahora era solo una montaña de ropa… o quizás siempre había sido una montaña de ropa. Su mirada se detuvo un segundo en el basurero desbordado, apartó la vista y sacó un cuaderno de su mochila — ¿Qué te han enseñado los otros profesores? — Si empiezo desde lo más básico, me va a despreciar aún más, se dijo a sí mismo.

—Nada.

Tomás asintió con calma —Bien… entonces hagamos algo. ¿Qué tal un pequeño examen para ver tu nivel? —Sacó una hoja y un lápiz de la mochila —Yo te digo la pregunta y tú escribes la respuesta. ¿Te parece?

—Mejor escribe las preguntas y yo escribo las respuestas. — respondió, con la vista fija en su celular.

—Ok, si te gusta de esa forma, lo haré así —observó a su alrededor, buscando un lugar donde apoyarse.

—No hay sitio donde puedas escribir, mi mesa está un poco sucia y mi tocador tiene cosas encima, pero esa parte del piso donde estás parado está libre, es espacio suficiente para apoyarte. ¿No te parece? —sonrió mientras lo decía.

Tomás miró hacia el piso donde estaba parado y exhaló. Volteó hacia Emily, ella aún se encontraba mirando su celular, entonces, dejó caer los hombros y se arrodilló. Comenzó a escribir preguntas gramaticales, oraciones que debían ser completadas y nombrar objetos cotidianos —Ten, no son muchas, toma el tiempo que necesites.

Emily tomó el papel, se sentó y apartó la ropa que estaba encima de su tocador para poner la hoja —Dame un lápiz.

Tomás le entregó una goma y el lápiz con el que escribió, parecía nuevo, una punta fina y la goma sin gastar. —Solo te pido que no uses la gota del lápiz, no me gusta que se vea desgastada, por favor.

—Sí, oye, tengo sed, ¿me puedes traer un vaso de agua?

—Puedes ir una vez termine la sesión.

Emily lo observó y esbozó una ligera sonrisa de malicia. —Bueno, pero ¿puedo escuchar música? Me concentro más cuando lo hago.

—Está bien, hazlo.

Emily tomó su celular y comenzó a revisarlo.

Lo que pareció una simple acción de unos segundos, se convirtieron en minutos —Oye, puedes comenzar con el examen, ya pasaron 5 minutos.

—Perdón, es que no encuentro que escuchar, pero te prometo que ya casi terminó.

Ya veo por qué todos renuncian rápido… Lo está consiguiendo, pensó Tomás.

Luego de otros 5 minutos, apartó el celular y comenzó a leer.

Mientras tanto, Tomás observaba alrededor con cautela, le molestaba ver el desorden. Imaginó, con molestia, cómo lo ordenaría todo en minutos.

El tiempo pasaba y cuando echó un vistazo a su reloj ya llevaba media sesión —¿Necesitas ayuda con algo o ya casi terminas?

—uhm... creo que ya terminé, toma.

Al ver el examen, todo estaba en blanco.

—Ah sí… tu lápiz

Emily le extendió el objeto con una lentitud deliberada. Tomás lo tomó, pero ella no lo soltó de inmediato, obligándolo a jalarlo. El lápiz, que antes lucía una punta perfecta y una goma intacta, ahora era un resto astillado y húmedo, con la madera marcada por dientes impacientes.

Un calor le subió por el cuello. Sus dedos se cerraron sobre la madera maltratada hasta que escuchó un crujido seco: el lápiz se partió en dos dentro de su puño. Clavó la vista en la puerta, donde el pomo de metal brillaba bajo la luz sucia de la habitación.

—Perdón, traté de contestar, pero no le entendí a tu letra... quizás si escribieras con un lápiz con punta de entendería más — dibujó una sonrisa burlona.

—Voy por tu vaso de agua —se levantó del piso y se dirigió a la puerta.

—Ahora si nos estamos entendiendo. —dijo Emily sonriendo.

Tomás salió cerrando la puerta tras de sí.




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