Durante la noche, Tomás vio varios videos sobre métodos de aprendizaje. Simplificó reglas gramaticales en su cuaderno y escribió ejemplos hasta que la tinta comenzó a verse irregular.
Al día siguiente, tenía ojeras marcadas. Se lavó la cara, se miró al espejo y murmuró. —Hoy avanzaremos.
Al llegar a la casa, respiró hondo antes de subir. Tocó la puerta y, sin esperar respuesta, entró. Emily se encontraba nuevamente acostada con los audífonos puestos.
—Hoy, ¿también vienes a calentar mi piso?
—No estés tan segura — respondió, sacando el cuaderno, hojas blancas y plumas — Te voy a enseñar de forma simple para que no se te haga difícil.
Emily frunció el ceño, pero no dijo nada.
Tomás se sentó en el suelo y comenzó a explicarle, simplificando cada cosa, usando ejemplos claros, intentando que todo fuera lo más digerible posible.
—Mira, no tienes que memorizar todo. Solo entiende esto…
Tomás seguía hablando, moviendo las manos para explicarse.
El tiempo pasó más rápido de lo que esperaba. Treinta minutos después, Tomás estaba frente al lavabo, con las manos apoyadas en el borde.
—¿Qué estoy haciendo mal…? —murmuró. Se echó agua en la cara y volvió a la habitación.
Las hojas que había llevado estaban ahora arrugadas dentro del basurero. Emily seguía acostada, con los audífonos puestos, como si nada hubiera pasado.
Tomás recogió su cuaderno sin decir nada y se sentó. El resto de la sesión transcurrió en silencio.
Esa noche. Investigó sobre la gastronomía de Francia, curiosidades del idioma, expresiones comunes. Algo tenía que llamar su atención.
Al día siguiente, volvió con una nueva estrategia.
—¿Sabías que en Francia…?
Unos minutos después, la habitación volvió al silencio habitual y Tomás a su sitio en la habitación. Emily ni siquiera se quitó los audífonos ni lo miró
¿Por qué…? Me queda un día y no consigo nada. ¿Qué fue diferente?
Su mirada recorrió la habitación hasta detenerse en la guitarra. Claro… Eso fue lo único que no ignoró aquel día — Oye, te propongo algo, si toco la guitarra mejor que tú, me dedicarás diez minutos de tu atención.
—Eso no era parte del trato.
—Dije, que haría que te interesaras en el idioma, no te dije cómo. ¿O ese día solo fingías tocar?
Emily se incorporó en la cama de golpe —¿Perdona?
—Entonces, supongo que solo hablas.
—Acepto —dijo ella— Te voy a humillar.
—Lo que tú digas
Al salir, Tomás respiró hondo— ¿Es posible aprender en un día? — Miró sus manos. — Ni siquiera tengo guitarra. Tendré que comprar una, hoy mismo.
Esa tarde compró una. Era más pesada de lo que esperaba. Incómoda y extraña.
"Como aprender a tocar guitarra rápido", escribió Tomás en el navegador.
Intentó, falló y volvió a intentar. Las cuerdas le dolían en los dedos. El sonido era torpe y desigual.
El video no explicaba nada de la postura, pasó las manos entre las cuerdas y las sintió rígidas —¿Cómo es posible que lo haga?
Buscó otros tutoriales. Luego otro. Y otro más. La noche pasó sin que se diera cuenta.
—No podré tocar algo muy elaborado, pero si aprendo al menos una parte, podría defenderme.
Repitió tantas veces el video como necesitó, observó el movimiento de las manos, la postura e intentó que su sonido fuera igual al del vídeo.
—No tiene que ser perfecto…
Al día siguiente, llegó con ojeras aún más marcadas. Esperaba que se vieran los frutos de su esfuerzo.
Cuando terminó de tocar, la miró.
Emily lo observaba en silencio. —Qué patético, es más gratificante escuchar el tráfico que a ti.
Tomás apretó la mandíbula. —Eso dices, pero para mí fue una presentación buena.
—¿De verdad lo crees?
—Dices eso, pero no me has mostrado cómo lo haces, supongo que solo no sabes.
Emily tomó su guitarra, Tomás había tocado las notas correctas. Emily tocó las mismas… pero parecían otra canción.
Bastaron unas pocas notas para que Tomás entendiera la diferencia.
La habitación quedó en silencio luego de que Emily terminó, devolvió la guitarra a su lugar. —Y ahora, ¿quién ganó?
El silencio se volvió pesado. Tomás bajó la mirada.
La respuesta era obvia, pero admitir la derrota era anunciar que Emily lo había superado. Apretó los puños… y luego los soltó.
—Yo... perdí —pronunció, mientras agachaba la cabeza. La palabra le pesó más de lo que esperaba. —Si tanto quieres que renuncie, está bien.
Sacó el examen que le había hecho a Emily días antes. Su mano se posó sobre la hoja un minuto. Respiró hondo y le escribió las respuestas.
Cuando iba a poner el diez, se detuvo, alzó la vista hacia Emily, evitando ver su cara, sintió una fuerte presión en el pecho, y finalmente firmó un 10.
—Le diré a tu padre que… su hija es brillante. Que no necesita aprender.
Tomás se levantó, no volteó hacia Emily y antes de salir le dijo — Adiós, suerte.
—Tomás.
Se detuvo, sin girarse. —¿Qué?
Hubo una ligera pausa. —Nada… solo quería ver si de verdad te ibas. — Emily lo observó unos segundos y luego le dio una pequeña sonrisa.
Tomás cerró los ojos un segundo. No respondió y finalmente salió.
La habitación quedó en silencio.
Emily miró la puerta unos segundos más y luego se recostó. —Yo gané… ¿cierto?