Tomás llegó agitado a su casa, sudando. Al entrar, vio a su madre comiendo en la cocina. Subió las escaleras pensando que no notaría que acababa de llegar.
—Llegas tarde — Le dijo, sin voltearlo a ver, mientras seguía sentada.
—Se me hizo tardé, pero ya voy a estudiar.
—Esfuérzate más entonces. Repón el tiempo que perdiste, conoces tu responsabilidad... no falles — siguió sentada en la misma posición con una voz seria.
—No te preocupes... no lo haré.
Al entrar a su cuarto, Tomás sacó su cuaderno y sus libros y comenzó a leer. Pero cuando agarró la pluma, un intenso dolor lo hizo soltarla. Miró sus dedos y observó la sangre seca y las cortadas que había en las yemas.
Se recargó sobre la silla y miró hacia el techo. —Tengo que buscar curitas.
A la mañana siguiente, se levantó más temprano de lo usual para ir a la escuela. Al salir de su cuarto, miró hacia ambos lados y bajó las escaleras lo más despacio posible.
—¿Qué haces? — Preguntó su madre detrás suyo.
Tomás rápidamente se acomodó y escondió sus manos — Nada, pensé que estabas muy cansada por tu turno nocturno y no quería molestarte.
—Ya me acostumbré a eso... Tú también lo harás. Supongo que te vas antes para reponer el tiempo perdido.
—Po...Por supuesto que sí. Aún me hacen falta otros dos libros de anatomía que repasar. No quería perder tiempo, así que mejor estudiaré en la escuela.
—Bien... ya vete. Pierdes el tiempo.
—Si — Metió las manos en el abrigo y salió.
En otro lado, varias alarmas sonaban desde hacía un rato. Emily se levantó y fue a arreglarse al baño, ignorando el ruido. Bajo las escaleras y fue a la cocina. Al abrir el refrigerador se dio cuenta que estaba vacío.
— Supongo que comeré algo más tarde. —tomó la mochila desgastada que había dejado junto a la puerta. Miró la foto familiar y murmuró. —Ya me voy.
Cerró la puerta y la casa volvió a quedar en silencio.
Al terminar la escuela, Tomás se despidió de sus compañeros y se dirigió a su casa para tomar la guitarra y cambiar los cuadernos con los que más tarde le enseñaría a Emily.
Por otro lado, Emily se había quedado dormida. Cuando despertó el salón ya estaba vacío. Un dolor en el estómago le recordó que no había comido desde ayer.
Acudió a la tienda y compró unas galletas — Mitad ahora y la otra mitad en la cena. — Y fue a casa mientras comía.
Cuando llegó, tiró la mochila detrás de la puerta y fue a su cuarto.
— ¿Qué podrá ser divertido hoy?
Pensó unos segundos en cómo molestarlo, pero el dolor punzante en su estómago le cortó la idea. Entonces miró alrededor y vio el cable de la televisión.
—Ya sé — sonrió y desconectó el cable y lo escondió entre la ropa. — Si quiere cantar, deberá buscar entre mi basura —
Se quedó mirando el escondite en silencio. Luego se sentó y revisó su celular. —Aún faltan dos horas…
Se acostó, se puso los audífonos y miró al techo.
El sonido de la puerta la despertó. Su música llevaba rato en silencio. Se sentó y trató de arreglarse el cabello rápidamente.
—Pasa.
Tomás entró y la vio sentada. — Está vez si me escuchaste tocar.
—En una casa como está, puedo oír incluso tu respiración nerviosa.
Tomás la ignoró, mantuvo sus manos dentro de sus bolsillos y fue hacia la televisión. —Vamos a retomarlo desde que lo dejamos la vez pasada. — Se acercó a la televisión y trató de encenderla, pero no funcionó.
—¿Qué pasa? Si sabes cómo encender una televisión, ¿Verdad?
Tomás apretó de nuevo el botón, pero no prendía. Entonces la observó y se dio cuenta que faltaba el cable de corriente. —Realmente has caído bajo.
—No sé de qué hablas, yo no uso la televisión.
Tomás dudó un momento. Tal vez, si le prestó mi celular para que vea la letra puedes cantar... Pero, conociéndola, qué tal si le manda mensaje a alguien o llama en broma a emergencias.
—Sabes, creo que el cable no debe de estar lejos, puedes buscar entre la ropa. —dijo Emily sacándolo de sus pensamientos
—No voy a hacer eso… es asqueroso.
—Si no quieres enseñar, entonces supongo que la victoria es para mí.
Tomás guardó silencio. Miró los montones de ropa… y entonces vio el cable, mal escondido. Se agachó y lo tomó.
— No cantes victoria, ya lo encontré. Hoy no tienes interés en ganar supongo. — Conectó el cable y la televisión logró encender.
Emily solo pudo observar cómo su plan fracasaba, al mismo tiempo que, aquel dolor regresaba, tapó su cuerpo con la cobija y presionó su estómago.
—Como te dije, hoy cantarás —dijo Tomás, buscando la misma canción—. Ya escuchaste la pronunciación. Ahora repítela.
—Oye, pero no me has explicado que dice la letra, así no podré hacerlo.
—Puedo explicarte que significa si primero la cantas.
Tomás miró su celular y ya habían pasado diez minutos. ¿Por qué el tiempo pasa tan rápido cuando trato de enseñar?, pensó.
—Me debes una canción, ya es hora de saldar tu deuda. — dijo. Se acercó a la cama.
Emily lo veía borroso. Su voz le retumbaba en la cabeza y el dolor en el estómago la estaba nublando. Se cubrió más con la cobija.
— Déjame en paz. — Entonces le dio una patada a Tomás, provocando que tirará el micrófono improvisado.
Tomás se quedó en silencio, ese comportamiento no era de Emily. — ¿Qué haces? Ya es hora de practicar.
—¡Te dije que te apartes de mí! —Y volvió a soltar otra patada.
La mirada de Tomás cambió a una de sorpresa, ella nunca se había comportado así. —¿Qué tienes?
—Nada… solo quiero estar sola.
El silencio se extendió. Tomás se sentó en el piso mirando fijamente el refugio de Emily, no lograba descifrar su comportamiento.
Apretó los puños y respiró. — Si quieres, podemos tocar la guitarra.
—No quiero hacerlo.
Nuevamente la habitación quedó en silencio, pero, de repente, surgió un abrupto sonido proveniente del estómago de Emily.