Al día siguiente, Tomás estaba nuevamente en la habitación de Emily. Ninguno se atrevía a mirarse y el silencio se sentía más pesado de lo normal.
Él rompió el silencio titubeando — Espero que hayas escuchado la playlist que te mandé.
—No… —respondió Emily—Te esforzaste en elegir canciones para un funeral.
Guardó silencio unos segundos. Apretó ligeramente los puños. —Perdón... por lo de ayer, mis piernas tienen mente propia cuando escucho sonidos horribles. —soltó una risa breve.
Tomás alzó la vista, sorprendido. — ¿Acabas de pedir perdón?
—Si no las quieres entonces no lo volveré a decir.
—No, es solo que no lo esperaba... Eso significa que dentro de poco tendré que lidiar con el fuego, la peste y los cuatro jinetes del apocalipsis.
Emily dejó escapar una risa. —Me culpas a mí y tú eres la persona que desperdicia sus treinta minutos hablando de tonterías.
Tomás recuperó la compostura y se dirigió a la televisión. La encendió y puso la misma canción.
—Yo empezaré y en la siguiente tú lo haces, para que recuerdes la pronunciación. —Comenzó a cartar.
De pronto, Emily tomó su guitarra y empezó a tocar. —Es aburrido solo escucharte — dijo sin verlo. —¿Qué estás esperando? Sigue cantando.
De la boca de Tomás no logró salir ninguna palabra. Unos segundos fue lo que duró su trance hasta que recordó que estaba haciendo ahí. Entonces retomó.
Cuando terminó, dio un paso atrás.
—Te toca.
Emily agarró con fuerza el micrófono improvisado, pero ninguna palabra salió.
Él la observó en silencio. — Tomate tu tiempo. — No hubo provocación está vez, no era pertinente. No hacía falta.
Emily cerró los ojos. Pasaron unos segundos. Luego, su voz salió… baja al principio, insegura. Pero poco a poco llenó la habitación con una claridad inesperada.
Demasiado clara para alguien que normalmente hablaba como si cada frase fuera un ataque.
Tomás dejó de moverse. Algo en su pecho se tensó sin que entendiera por qué. Durante unos segundos olvidó incluso en qué parte iba la canción. Solo escuchaba. La habitación quedó suspendida en ese momento.
—Di algo —dijo Emily, rompiendo el silencio.
Tomás parpadeó, como si regresara de golpe. —Eso… —desvió la mirada un segundo— no fue tan malo, supongo. Pero tu pronunciación es horrible.
—¿Qué? —frunció el ceño—. Primero dices que no fue malo y luego te quejas.
—Debes repasar. —miró su celular y se dio cuenta que su tiempo ya estaba a punto de terminar. —No fue mucho… pero es un avance. Mañana seguimos.
—Ahora son mis treinta minutos, saca tu guitarra.
Tomás dudó. Intentó ocultar las manos, pero no encontró forma de evitarlo.
Emily notó los curitas de inmediato. —¿Qué te pasó en los dedos? ¿Te peleaste con una lija?
—No es nada que un poco de pomada no pueda reparar.
—¿Te hiciste eso practicando? ¿Acaso eres idiota? Si pierdes los dedos, entonces no te podré enseñar
—Estoy bien. — Tocó unas cuantas notas limpias, pero se detuvo abruptamente. Su expresión cambió a una de dolor.
Emily lo observó un momento. —Me hubieras dicho que tenías dedos de cristal, si no te hubiera puesto algo más fácil.
—Puedo tocar. No voy a fallar.
Emily sostuvo la mirada unos segundos… y luego suspiró. —Te dije que sacaras tu guitarra, no que fueras a tocar. —Sacó su celular. —Quiero que escuches esto.
Reprodujo la canción. La guitarra no era compleja, pero tenía carácter. La batería acompañaba con fuerza y la voz del cantante era distinta a todo lo que Tomás había escuchado.
—Es una de mis canciones favoritas, agradece que te estoy educando.
Guardaron silencio y escucharon la música.
Emily comenzó a moverse ligeramente al ritmo, como si tocara una guitarra invisible. —No es difícil —añadió—, pero si lo haces bien, suena genial… incluso para alguien como tú. —Tomó su guitarra y empezó a tocar. Luego volvió a poner la canción, esta vez acompañándola.
Tomás la observó. No como antes. Ahora había algo distinto en la forma en que la veía.
Emily, por su parte, parecía olvidarse de todo. Se concentró solo en la música.
El tiempo pasó sin que ninguno lo notara. Hasta que la alarma sonó.
Emily dejó de tocar. —El tiempo vuela. Mañana seguimos.
Tomás guardó sus cosas y antes de irse le dijo. — No te olvides de comer, no quiero que me inculpen de tu muerte por desnutrición.
Emily arqueó una ceja. —Eso ya lo dijiste, ¿qué no te sabes otro chiste?
Cruzaron miradas y compartieron una sonrisa.
—Mañana es viernes. — murmuro Emily para sí. — Pasó rápido la semana.
Al día siguiente, la sesión transcurrió como siempre: sarcasmo, burlas… y más sarcasmo de Emily.
Pero cada vez que cantaba, Tomás se quedaba en silencio. Había algo ahí que no podía ignorar. Quizá tiene futuro como cantante, pensó.
Durante sus treinta minutos, Emily se dedicó a tocar mientras él observaba.
En un momento, desvió la vista hacia las manos de Tomás. El curita seguía ahí.
—Ponles crema o vaselina. La piel se abre cuando está seca —dijo, sin mirarlo.
Cuando terminaron, se despidieron. —Nos vemos en dos días. Quizá ya puedas tocar de verdad… porque así me aburres.
Emily se dejó caer sobre su cama. Tomó su guitarra y comenzó a afinarla, limpiando las cuerdas con cuidado.
En su casa, Tomás se recostó en su cama. Miró el techo. Luego sus manos. —Quizá debería buscar la vaselina…
En la madrugada, la vibración de su celular lo despertó. Frunció el ceño. —¿Quién manda mensajes a esta hora…?
Abrió el chat.
“La canción que te enseñé es esta.” Un enlace. “If I Had a Tail – Queens of the Stone Age”.
Tardó un momento en enfocar el nombre del contacto. Emily.
"No son horas de mandar mensaje" — le respondió
"Deberías agradecerme, dormir está sobrevalorado" Contestó de inmediato.
Tomás soltó una risa corta. "Déjame dormir, mañana tengo que estudiar".