—¿Por qué sigues dormido?
Una voz desde la puerta interrumpió el sueño de Tomás.
Le tomó unos segundos enfocar la mirada. Su madre estaba ahí. Se incorporó en la cama.
— Perdón, no me di cuenta de la hora. —Giró la cabeza hacia el reloj: las diez
—Ya desperdiciaste varias horas —dijo ella, con el ceño fruncido.
—Ayer me quedé estudiando hasta tarde.
La expresión de su madre se endureció. —¿Aún no puedes aprender anatomía? Si dejaras de perder el tiempo y te esforzaras más, serías más inteligente.
El teléfono de Tomás vibró. Él giró ligeramente la mirada hacia donde lo había dejado.
—¿Te interesa más tu teléfono que estudiar?
Un sudor frío le recorrió la espalda. Bajó la mirada. —No… es solo que… compré unos libros de biología y estoy esperando a que lleguen.
—Parece que si haces el esfuerzo entonces. —Al menos eso suena a esfuerzo. El examen es en tres meses. Hay muchos aspirantes para medicina… espero que estés entre los diez mejores. —Sin añadir nada más, salió de la habitación.
Tomás soltó el aire y tomó el celular.
"Hoy no hay clases. Puedo practicar la guitarra todo lo que quiera", escribió Emily.
Leyó el mensaje, pero lo dejó en visto. Se levantó y abrió el libro. Ya llevaba tres días estancado en la misma página, todos los días había memorizado los pares craneales y aun así seguía dudando en el sexto.
Pasaron varias horas.Otro mensaje.
"¿Extrañas mi basurero?"
Tomás estiró la mano hacia el celular… pero se detuvo antes de tocarlo. Sus ojos iban del libro a la pantalla, incapaces de decidir. Unos segundos después volvió a sonar.
"¿Sabías que Cruel Summer de Taylor Swift también la escribió St. Vincent? Por eso suena distinta. Es lo más cerca que Taylor ha estado de ser interesante."
Tomás suspiró y tomó el celular.
"Te reto a decir eso frente a sus fans."
La respuesta llegó al instante. "Lo haría.”
Tomás se quedó con los dedos sobre el teclado, pensando que escribir. Fue Emily quien rompió el silencio.
"En la mañana practiqué la canción que me pusiste. Ya la sé tocar completa. Creo que es otra victoria para mí."
"Eso no era la competencia. Debes aprender francés."
"Qué aburridoooo. Es más interesante ver crecer el pasto. ¿Qué sentido tiene aprender algo que no te interesa? Se vuelve tedioso."
Él leyó el mensaje con detenimiento. "A veces hay que hacer cosas que no nos gustan para asegurar el futuro."
"¿Y crees que después podrás hacer lo que quieres? Imagínate trabajar cincuenta horas a la semana en algo que odias, que te roben el tiempo y las ganas de vivir."
Tomás se quedó en silencio. Escribía y borraba respuestas sin parar. "Es para no morirse de hambre."
"¿Cuánto dinero reemplaza una gran pasión?"
La habitación de Tomás quedó en un profundo silencio, él miraba fijamente su celular pensando en lo que Emily le decía.
El cuarto quedó en completo silencio. La mirada de Tomás se perdió en la pantalla.
"Mi padre quería que fuera maestra cuando era niña. Insistía todo el tiempo. Pero no quiero pasar el día con niños. Imagínate que uno se me acerca y me dice: ‘maeta, me cagué’. Solo pensarlo me da escalofríos."
Tomás no sonrió. Seguía atrapado en lo que había leído antes.
"Los padres no siempre tienen la razón. Y menos el mío."
El sonido de una llamada lo sacó de sus pensamientos: Emily. Contestó.
—Ya veo que sigues ahí. ¿Entonces por qué no respondes? ¿Te asqueó tanto mi broma?
—Yo... estaba pensando en lo que dijiste.
—¿En cuál de todas mis brillantes ideas?
Tomás dudó un segundo. —En que sería muy gracioso verte de maestra. Seguro harías un club de la pelea.
—Regla número uno: no se habla del club de la pelea.
Tomás soltó una pequeña risa. Miró su guitarra. — La próxima vez, te demostraré que ya sé tocar.
—Quiero verlo.
Desvió la mirada hacia su cuaderno. — Tengo que seguir estudiando.
—Tomás. —lo interrumpió.
—¿Qué?
—Yo... Quería decirte que apestas tocando.
La llamada terminó.
Una leve sonrisa apareció en su rostro. Tomó el lápiz.
La luz del día desapareció poco a poco. Sin la lámpara, la habitación habría quedado a oscuras. Seguía en la misma página. Las manos en la cabeza. El dolor insistente. Y una duda que no dejaba de crecer. Tomó el celular y, casi por impulso, llamó a Emily.
—Vaya, la primera vez que me llamas. ¿Quieres seguir escuchando mi melodiosa voz?
—No te entiendo… dices que hay que hacer lo que uno quiere… pero ni siquiera sales de tu cuarto.
Hubo un breve silencio. —Es que mi cama es muy cómoda.
—Sigo sin entender.
—Porque no hay nada que entender. No es clase de filosofía. No esperaba que te tomaras en serio algo que dije mientras afinaba mi guitarra.
Un ruido en el pasillo hizo que Tomás dejara el celular sobre el escritorio.
—Ya llegué de mi turno. ¿Cómo vas? —Su madre lo observaba desde la puerta.
—Ya casi terminó.
—Llevas toda la tarde en ese maldito libro. ¿De verdad estás estudiando?
—Sí… es solo que es un tema complicado. Quiero entenderlo bien.
—Entonces más te vale que quede bien aprendido.
Cerró la puerta.
—Qué ogro. — dijo Emily por el celular. — ¿Es tu madre?
Tomás suspiró y respondió —Si
—Te pareces un poco. —Hizo una pausa. — Es broma, pero si fueras así, te hubiera corrido de mi casa en cuanto entraste.
Tomás miró el libro.
—¿Sigues ahí? Siento que soy una loca hablando sola.
—Eres una loca —respondió en voz baja.
—Una loca que sabe tocar bien la guitarra. Y tú un supuesto chico listo que lleva ocho horas en la misma página.
—No llevo ocho.
—¿Cuántas?
Tomás mira el libro. —Tal vez siete.
Emily se rió en la otra línea. — Oye... ¿Qué querías ser de niño?
—No recuerdo… quizá chef.
—¿Con tus dedos de cristal? Ya te habrías quedado sin varios. —