Entre acordes rotos

Capítulo 10: Confrontación

Al entrar al cuarto de Emily, parecía que había pasado un tornado. La basura cubría el piso, las pilas de ropa se habían convertido en pequeñas montañas y Emily estaba tirada en medio del desastre. Parecía la escena de un asesinato.

Tomás se acercó y empujó con el pie la pierna de Emily.

—¿Sigues viva?

Emily se retorció en el suelo, ignorándolo. Unos segundos después se incorporó.

—Se me rompió una cuerda y no encuentro las de repuesto.

Tomás recorrió la habitación con la mirada. —Eso explica por qué ya no es un basurero… ahora parece una fosa séptica. ¿Por qué no vas a comprar nuevas?

—Me da flojera salir... —desvió la mirada.

—Entonces no podrás tocar.

—Ya sé… pero la tienda queda lejos.

Tomás pensó unos segundos en la ubicación de la tienda en la que él había comprado su guitarra. — Conozco una, está por el centro, a unos minutos de acá.

—No me gusta esa tienda, el vendedor es un idiota.

—Si no quieres ir más lejos, es tu única opción.

Emily lo miró. —Oye… ve tú por mí.

—No es mi guitarra.

—Pero sin cuerdas, no esperes que hagamos algo hoy.

Tomás suspiró. La observó unos segundos. —Te acompaño.

—Ve tú, a mí me da flojera.

—No sé tanto de música como tú. Además, si voy a perder la clase de hoy será con la condición de que vengas.

Emily frunció el ceño, mirando el suelo. — Tsk, está bien.

Se levantó del piso y se dirigió a la puerta. — ¿Qué esperas? Ya vámonos

Tomás la miró de arriba abajo. Emily llevaba una sudadera arrugada demasiado grande para ella, el cabello desordenado y mal cortado cayéndole sobre los ojos y unas zapatillas que claramente no estaban hechas para salir. Sumado a sus ojeras, Sentía que estaba saliendo con un vagabundo.

—¿Vas a salir así? Parece que acabas de despertar.

—No me importan las personas. Si quieren un desfile de modas que vean la televisión.

Tomás se frotó la cara y dio un largo suspiro. — Está bien…

Mientras caminaban Tomás notó que era la primera vez que salían juntos. Pero sus pensamientos fueron interrumpidos por las miradas de las personas.

—Van a pensar que estoy haciendo un acto de caridad.

—Deberías sentirte orgulloso de caminar a mi lado, no cualquiera.

Emily mantenía su mirada fija en el camino, chocó el hombro con varias personas y empujó a otras cuantas.

—Oye, no sé si vamos a comprar o quieres imitar el videoclip de Bitter Sweet Symphony.

—Me da gusto que conozcas buena música.

Luego de algunos minutos y varias disculpas de Tomás a las personas, finalmente llegaron.

—Habríamos llegado antes si no perdieras el tiempo hablando con extraños — dijo Emily.

—Si no te chocaras con nadie no tendría que hacerlo.

—Estorban. Si caminan tan lento, deberían irse por la orilla.

—Si sabías que la calle es de todos, ¿verdad?

—Pues deberían hacer otra para los lentos. — Emily miró hacia la tienda. — Vamos a entrar ya.

Tomás dudó. —¿No vas a entrar conmigo?

—Dije que vendría, no que yo compraría. — dijo Emily con seriedad.

—No tengo ni idea, de que pedir.

Chasqueó la lengua. —Tsk, dile que quieres unas de acero Ernie de 0.010 a 0.046.

—Espera, ¿puedes repetirlo?

—Si que eres inútil.

Emily miró a Tomás esperando que él entrará.

—¿No me digas que te da miedo hablar con las personas?

—Ya te dije que no las soportó. Métete, estás perdiendo el tiempo.

Tomás suspiró y entró. Al entrar observó varios instrumentos, guitarras, baterías, bajos. Un vendedor se acercó a él.

—Buenas tardes, ¿le interesa algún instrumento?

—Sí… bueno… unas cuerdas.

—Claro. ¿Para qué guitarra?

Tomás dudó un momento. —Eh… compré una aquí hace tiempo, pero…

Mientras Tomás estaba adentro Emily miraba a la gente pasar y movía el pie ansiosa.

Emily revisó su celular y vio que Tomás ya llevaba más de cinco minutos ahí, así que, también entró.

En cuanto lo hizo, el vendedor la reconoció. Su expresión cambió de inmediato.

—Se le advirtió que usted ya no puede entrar aquí.

Emily lo miró con fastidio. —¿Todavía trabajas aquí?

—Si no se retira llamaré a la policía.

—Hazlo. Así también puedes explicarles por qué vendes cuerdas que ni sabes afinar.

Tomás dio un paso al frente. —Perdón… viene conmigo. Solo queremos comprar unas cuerdas.

El dependiente lo miró. —La última vez insultó a un cliente y golpeó el mostrador.

Emily chasqueó la lengua. —Porque eran idiotas.

Tomás tragó saliva. —Solo serán unas cuerdas. Pagamos y nos vamos.

El dependiente dudó unos segundos. Luego suspiró. —¿Qué cuerdas quiere?

Tomás miró a Emily.

—Ernie Ball. 0.010 a 0.046.

Tomás repitió.

El silencio se volvió incómodo. Algunas personas los observaban de reojo. — ¿Por qué entraste? Si sabías que no podías.

—Te estabas tardando. Seguro te querían vender algo innecesario.

Tomás suspiró y miró alrededor. —Mientras esperamos… ¿no quieres ver las guitarras?

—Seguramente todas suenan peor que la mía. — Dijo, mientras su mirada estaba en búsqueda del dependiente.

Tomás volvió a mirar y observó un panfleto de Open Mic. Emily tiene buena voz, quizá le llama la atención, pensó. Despegó el panfleto y se lo mostró. — ¿No te gustaría cantar frente a un público?

—No. —dijo con fuerza y sin dudar.

Tomás guardó el papel. Quizá algún día…

El vendedor regresó. Pagó rápido. Antes de salir Emily y el dependiente se dieron una última mirada de odió.

—Perdón por el problema —dijo Tomás.

No hubo respuesta. Salieron

El camino de regreso fue silencioso. Emily caminaba con la cabeza baja, el ceño fruncido, respirando con fuerza. Tomás la miró de reojo.

Parece que alguien va a morir. Será mejor no decirle nada.

Luego de un tiempo el silencio comenzó a pesar. —Oye…no puedes tratar así a la gente todo el tiempo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.