Al día siguiente, Tomás respiró hondo antes de entrar. Emily se encontraba sentada limpiando su guitarra.
Dudó un momento y se aclaró la garganta. —Emily... quería proponerte algo... ¿Qué tal si limpiamos tu cuarto?
—Así me gusta. —respondió sin verlo.
—Si, pero... ¿No crees que hubiera sido más fácil saber si aún tenías cuerdas que buscando en todo el cuarto?
Emily se detuvo.
—Y no habrías perdido el domingo —añadió Tomás —Podrías haber estado practicando todo el día.
Emily levantó la mirada y pensó unos segundos. — Tienes razón… si me hubiera dado cuenta de que no tenía, pude pedirlas por internet y evitar lidiar con idiotas. Supongo que te subestimé.
—Entonces, ¿te parece si te ayudo a ordenar?
—Me gusta así. —regresó a limpiar su guitarra.
Tomás se llevó la mano a la cara. — ¿Que no pusiste atención a lo que te dije?
—Me perdí a la mitad de mi razonamiento.
Tomás se quedó en silencio. —Si estuviera más limpio, podrías moverte mejor… como Hayley Williams en el escenario. Imagínalo: sin tropezarte con nada, tocando libremente.
Emily dejó de limpiar y lo observó. —Vaya… sabes algo de música. —pensó unos segundos. —Está bien, acepto.
Tomás dejo escapar un suspiro contenido. Poco a poco estoy entendiendo cómo tratar contigo…
—¿Y? ¿Por dónde empezamos? —preguntó Emily.
Tomás miró a su alrededor. —No tengo idea. —Se agachó y levantó una blusa del suelo. —Podríamos separar la ropa limpia de la sucia.
—¿Acaso buscas una razón para hurgar en mi ropa interior? —lo miró con desdén.
Él se sonrojó de inmediato. —No… no pensaba en eso.
Varias carcajadas salieron de Emily y cayó sobre su cama riendo.
Minutos después, Tomás recogía basura del suelo mientras Emily separaba ropa.
Tomás, con una mirada de asco, recogía la basura usando solo la punta de los dedos.
—No me hago responsable si encuentras algo vivo. —dijo ella.
Diez minutos después, la habitación parecía igual. Solo que ahora la basura estaba organizada.
Mientras Tomás seguía recogiendo la basura, un ataque de risa le hizo asomarse al lado donde se encontraba Emily.
—¿Qué estás haciendo?
Ella estaba sentada, leyendo. —Leo un libro muy malo. — Emily se levantó, se aclaró la garganta y comenzó a recitar.
"Él me acorraló contra la pared y sus ojos color tormenta chispearon con un deseo prohibido. Él era un lobo y yo… su pequeña oveja.
Si me lo pides podría comerte ahora".
Emily volvió a estallar de risa mientras tenía el libro a la mano. — ¿Hay gente que de verdad escribe esto?
—Supongo que es una forma de expresarse.
—Es una forma de pedir terapia.
—Si no te gusta, ¿Por qué tienes ese libro?
—Un idiota me lo regaló hace años y luego me pidió una cita. Admito, que sus chocolates si estaban ricos. Pero tenía un pésimo gusto en la lectura.
—Cada quien tiene gustos diferentes. ¿Y si algún día alguien escribe un libro sobre ti y odian a la cucaracha que hace comentarios molestos?
—Ni modo. Si les molestó, entonces pude entrar en su cabeza y la taladraré desde dentro.
Después de varios minutos limpiando, Emily encontró un álbum de música.
— Mira, este fue el primer álbum que compré. — Emily lo levantó hacia el cielo. —tiene transiciones increíbles. Es como escuchar una estación de radio completa… es fascinante.
Tomás leyó la portada. —Song for the Deaf… ¿pero no necesitas algo para reproducirlo?
—Lo compré para coleccionarlo. Tengo más… quizá algún día te los enseñe.
La limpieza continuó.
Hasta que Tomás encontró una caja de zapatos. La abrió con curiosidad.
Dentro había una púa desgastada, boletos de un concierto y una fotografía.
Emily, más joven, sonreía junto a su madre. Frente a ellas había un pastel. En medio de ambas, había una guitarra nueva.
“Cumpleaños número nueve. 21 de junio.”
Tomás observó la imagen unos segundos. Luego miró a Emily. Y volvió a la foto. La diferencia era evidente. No tardó mucho en que Emily se volteara a verlo. Guardó la fotografía y cerró la caja.
—Encontré una caja de cartón, ¿La tiró?
Se levantó y le arrebató la caja. —No. Eso es personal. —La colocó junto a su guitarra
Tomás bajó la mirada. Hay cosas que es mejor no tocar…
Pasaron varios minutos más. Cuando sonó la alarma que Tomás había puesto, ambos se detuvieron. El cuarto seguía desordenado, pero ahora había espacio para moverse.
—Ya me cansé —dijo Emily, dejándose caer en el suelo—. Para mí está suficientemente limpio.
—Aún queda bastante —respondió
—No espero que mi cuarto sea una foto de catálogo.
Tomás suspiró. —Bueno… al menos ya es un avance.
Al día siguiente, Tomás observó la habitación y un calor en su pecho lo llenó de fuerzas. Emily se encontraba recostada en la cama.
—Hoy ¿qué te parece si descansamos? —dijo Emily, con una voz seca. — De todas formas, mi papá te pagará solo para ver si sigo viva.
Tomás miró nuevamente a su alrededor y suspiró. — Está bien. —dejó su mochila y se sentó en el piso.
Entonces cuando vio una mesa limpia al fondo de la habitación. — No sabía que había una mesa ahí.
—La limpié ayer, para que puedas hacer lo que quieras ahí. — dijo Emily con una voz cansada y dándose la vuelta.
Tomás se quedó en silencio y una pequeña risa se figuró en su cara.
Durante las semanas siguientes, el 21 de junio se quedó grabado en la mente de Tomás como un mensaje. Mientras el cuarto de Emily se volvía gradualmente más habitable, su calendario se llenaba de marcas rojas. El examen se acercaba.
—Voy bien. No voy a fallar.