Llegado el jueves, Tomás pasó por Emily a su casa. Había pensado en encontrarse cerca de la cafetería, pero descartó la idea casi de inmediato, porque Emily probablemente mataría a alguien en el camino.
Esperó en la sala, revisando su celular, hasta que escuchó pasos en las escaleras. Levantó la vista.
Emily apareció ajustándose la manga del blazer negro que llevaba sobre una camiseta sin mangas. Los jeans oscuros se ceñían a sus piernas y las botas marcaban cada paso con un sonido seco. Varias cadenas en sus muñecas tintineaban suavemente al moverse.
Tomás se quedó inmóvil, mirándola.
—¿Qué?
Tardó un segundo en reaccionar. —Na… nada. No sabía que tenías ese tipo de ropa. ¿Se la robaste a alguien?
—Yo también puedo tener cosas lindas.
Levantó la ceja —¿Estás imitando a alguien vestida así?
—¡Por supuesto que no! —respondió rápido, desviando la mirada.
Salieron directo a la cafetería. A diferencia de la vez pasada, algunas personas volteaban a ver a Emily con curiosidad.
—¿Por qué siempre que salimos la gente se queda mirando? —murmuró Tomás—. Siento que nos analizan con cada paso.
Al llegar, Tomás saludó a los propietarios y luego subieron al pequeño escenario. El piano era viejo, pero estaba mejor afinado que el de Emily.
Emily miró alrededor, había solo pocas mesas ocupadas. No más de diez personas.
—Les mostré la canción. Les gustó la canción, esperan verte tocar.
—Pues claro que les debería gustar. Es Space Dementia. Si no les gusta, serían estúpidos.
Probaron algunas notas. Tomás recorrió el lugar con la mirada, pocas mesas ocupadas, conversaciones dispersas… nadie parecía prestarles demasiada atención. Aun así, su pulso comenzó a acelerarse
—Oye —dijo Emily sin mirarlo—, si te pones nervioso vas a arruinarlo.
Tomás temblaba. Gotas de sudor comenzaron a correr por su frente.
Emily suspiró. —En un concierto no importa equivocarse —continuó ella —Lo importante es no detenerse. Si crees que no puedes, entonces mejor bájate.
Por un momento, el recuerdo del examen le cruzó la mente. Respiró hondo, dejó que sus dedos recorrieran las cuerdas con suavidad. El temblor en sus manos disminuyó y su pulso se calmó. —Hagámoslo
Emily lo observó un segundo, luego comenzó.
El piano marcó la entrada con firmeza. Tomás se dejó llevar por el ritmo.
Al principio, nadie parecía prestar atención. Pero, gradualmente, algunas miradas comenzaron a dirigirse hacia ellos.
Emily tocaba con una gran energía a pesar de no haber tocado el piano en años, su memoria muscular aún estaba presente.
Cuando terminaron, hubo un breve silencio… y luego, aplausos. Emily se apoyó en el piano, respirando con fuerza y el cabello pegado al rostro. Una sonrisa se figuraba en su rostro.
Tomás estaba agitado y un golpe en su pecho lo hizo sonreír al ver la multitud aplaudiendo. Fue el primero en bajar del escenario.
Emily iba detrás de él cuando alguien desde una mesa alzó la voz.
—¡Oigan!… toquen otra.
Emily se quedó inmóvil un segundo. —Ni que fuéramos una rocola. —murmuró.
Tomás soltó una pequeña risa. —Podríamos tocar otra…
Negó con la cabeza. —No. Con una basta. Vámonos antes de que empiecen a pedir más. —una sonrisa apareció sin poder ocultarla. Se dio la vuelta y salió.
Su trayecto fue silencioso. Ambos caminaban con la mirada baja, con una ligera sonrisa aún en el rostro. Llegaron al parque más cercano y, al sentarse en una banca, soltaron el aire casi al mismo tiempo.
—No pensé que sería así. —dijo Tomás, mientras recuperaba el aliento.
Emily miró sus manos, como si aún sintiera las teclas bajo los dedos. —Quiero hacerlo otra vez.
Tomás giró hacia ella y sonrió. —¿Alguna vez has pensado en cantar frente al público?
—No… nunca —bajó la mirada. Hizo una pausa. —Pero… —Frunció ligeramente el ceño, observando sus manos. —Hoy se sintió bien.
Tomás la observó en silencio un instante. —¿Recuerdas el folleto que te mostré antes? El del open mic. Podrías intentarlo ahí… estoy seguro de que a los demás les gustaría escucharte.
Emily dudó antes de responder. —Si se siente así… —murmuró. —Supongo que podría intentarlo. —Miró hacia el horizonte. —No hoy… pero pronto.
Él asintió. —Entonces lo haremos.
Después de recuperar fuerzas, caminaron un poco más por el parque.
Esta vez, Emily no avanzaba en línea recta. Miraba alrededor, sin prisa. Finalmente, se sentó en el suelo. —Hace tiempo que no tocaba frente a alguien… a excepción de ti claro.
Él se sentó a su lado. — ¿Para quién solías tocar?
Tardó un poco en responder. —Para mi madre. — dijo en voz baja. — Se me había olvidado la sensación.
Hubo un breve silencio.
—En el open mic podrás probar. —añadió Tomás.
Suspiró, ya más tranquila, y se levantó de repente. —Si lo hago… quiero tocar la guitarra así que busca otro instrumento.
—¿Qué? ¿Yo también tengo que subir?
—No sería justo que yo sea la única que se esfuerce. —Lo miró con una sonrisa maliciosa —Puedes tocar la batería. Y formamos una banda —dijo, mirando hacia el horizonte—La llamamos Royal Blood.
—Creo que alguien ya se te adelantó.
No le respondió y se quedó en silencio unos segundos. —Hoy me divertí. —Sin esperar respuesta, se dio la vuelta. —Me iré a casa sola.
Tomás no la detuvo, la observó alejarse. —No pensé que se animaría tanto —murmuró.
Se quedó un momento mirando en la dirección en la que había desaparecido.
—Yo también me divertí.