Entre acordes rotos

Capítulo 16: Realidad

Tomás no había dormido. El brillo de la pantalla de su celular era lo único que lo mantenía anclado a la realidad, mientras actualizaba la página de resultados una y otra vez. Cuando los primeros rayos de luz entraron por la ventana de su habitación estéril, él seguía ahí, con el corazón golpeándole el pecho.

Bajó a desayunar con movimientos casi estáticos.

—¿Ya están los resultados? —preguntó su madre con voz fría.

—No… aún no los suben.

—Avísame cuando lo hagan.

Se sentó en la sala. El sudor frío le recorrió la nuca. Cada segundo de espera se le clavaba en el pecho. Sus nervios se quebraron con un toque seco en la puerta. Al abrir, Emily ya estaba entrando.

—Así que esta es tu casa… —miró alrededor —Es aburrida. Parece una revista.

Tomás intentó sonreír. —Yo… yo siento que es acogedora.

Emily se detuvo. Lo observó con atención. —Estás esperando los resultados, ¿verdad?

—Sí. Aún no salen.

—Bueno, aprovechemos para afinar tu guitarra —dijo ella, tratando de suavizar el ambiente.

Subieron. Mientras Emily tensaba las cuerdas, Tomás seguía actualizando sin éxito. Lo intentó y nada sucedía. Cuando dio clic otra vez el archivo se descargó. —Ya está la lista —susurró —Voy a mandarle un mensaje para que venga.

Emily dejó la guitarra sobre la cama. —Supongo que esto es cosa tuya. Estaré abajo. Avísame cuando seas oficialmente un médico.

No respondió. El archivo terminó de descargarse. Dudó en abrirlo por un instante. Al final respiró hondo… y tocó la pantalla.

Buscó directamente el Top 10. No estaba. El aire se le escapó de los pulmones. Volvió a buscar más lento y nada. Un zumbido llenaba sus oídos y su visión se comenzaba a nublar.

Un golpe seco en la puerta lo devolvió a la realidad. Su madre entró sin esperar respuesta. Ignoró la presencia de la guitarra y fijó su vista en él.

—Enséñame.

Tomás le entregó el celular. Agachó la cabeza. El sudor le recorría la frente mientras veía sus propios pies.

Era como si el tiempo se detuviera. Unos minutos después, su madre rompió la burbuja de silencio que se había creado.

—No estás entre los primeros diez —sentenció ella con seriedad.

—Tiene que ser un error… revisa… —murmuró Tomás, sintiendo que le iba a dar un infarto. —Revísalo otra vez…

—¡Ya lo revisé tres veces y no estás! —le gritó, cortando el aire con sus palabras —Es más… ¡ni siquiera estás en la lista de aceptados!

Tomás se encogió, su labio inferior empezó a temblar. Sus manos se cerraron en puños y su cuerpo no podía reaccionar.

—Explícame —dijo ella —¿Qué hiciste todo este tiempo?

Él se quedo mudo

Ante el silencio, ella tomó la guitarra por el mástil y la estrelló contra el suelo. El sonido de la madera astillándose fue como un disparo. Los pedazos quedaron esparcidos entre ellos.

—¡¿No me habías dicho que estudiabas hasta el cansancio?! —gritó, pateando los restos de madera —¡Dime qué hacías cada vez que decías que ibas a la biblioteca!

Un paso firme en el pasillo interrumpió el caos. Emily apareció en la puerta. Se quedó inmóvil.

Tomás estaba temblando, con la cabeza agachada y la guitarra hecha pedazos en el suelo.

—¿Quién eres tú? —preguntó la madre, enderezándose lentamente, como si nada hubiera pasado.

—Soy… —dudó. Su mirada se enfocó en Tomás. —amiga de su hijo.

—Mi hijo no tiene amigos. Son una pérdida de tiempo. —Pateó un pedazo de madera hacia ella.

Emily apretó los puños. Dudó y lo miró otra vez. —No debería hablarle así… —murmuró

—¿Así cómo? Solo le digo la verdad. Si él hubiera seguido mis consejos, habría entrado.

—No todo es entrar o no entrar.

—Claro que lo es —respondió la mujer. —Si no suma, estorba.

Emily frunció el ceño. Miró a Tomás y luego a ella —Eso no es normal —añadió, un poco más firme —No debería tratarlo así.

La madre dio un paso al frente. —¿Y tú quién eres para decirme cómo educar a mi hijo?

Emily se quedó callada unos segundos. Tragó saliva antes de hablar. —Mi mamá habría estado orgullosa… aunque yo fallara.

—Entonces tu madre no esperaba nada de ti. Si te educó así… no me sorprende que hayas salido igual.

Emily se quedó inmóvil. Apretó los dientes y clavó sus uñas en sus propias manos. —No hable de ella… —dijo en voz baja.

—Mediocridad es mediocridad. —dijo con voz áspera. —Si una persona no la sume, en necesario decírsela.

—Ella fue mejor madre de lo que usted nunca será. —su voz tembló. —Ella no necesitaba asustar a su hijo para ser madre.

El sonido del golpe fue seco. Demasiado fuerte para el silencio que lo rodeaba. La palma de la madre impactó en la mejilla de Emily, girándole el rostro.

—No vuelvas a hablarme así. Una ramera como tú no sabe de lo que habla. —exclamó la mujer, con la mano aún en el aire.

Emily respiró hondo, sintiendo el ardor en la piel. Sus piernas temblaban, pero volvió a mirar a la mujer a los ojos.

—Golpear es lo único que sabe hacer, ¿no? —dijo Emily con voz ronca —Me golpea porque sabe que falló como madre.

La mujer soltó una risa corta. —Haz lo que quieras, Tomás. Si decides arruinar tu vida por esto… —hizo un gesto hacia ella — es tu problema.

El silencio permaneció unos segundos

La madre hizo una pausa, mirando el vacío. —Yo no tengo un hijo. — Y salió de la habitación sin mirar atrás.

El silencio que dejó fue más pesado que los gritos. Tomás cayó de rodillas. Las lágrimas brotaron una tras otra.

Emily se acercó despacio. Se arrodilló frente a él. Dudó, y unos instantes después lo atrajo a su pecho.

Tomás tardó unos segundos en reaccionar, hasta que finalmente se aferró a ella, escondiendo el rostro en su camiseta.

El único sonido en la casa era el llanto desesperado. A su lado, destrozada, yacía la guitarra.




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