Pasaron los días. Emily esperó a que Tomás apareciera para sus clases, pero solo hubo silencio. Ni ruido, ni pasos, ni el eco de la guitarra
Mientras tanto, en su habitación, Tomás yacía en el suelo, entre pedazos de madera. Su mirada perdida apuntaba al techo. La habitación, antes llena de luz por las mañanas, ahora era más oscura.
Después de varios días, Emily fue a su casa. Tocó la puerta varias veces, pero nadie respondió. Rodeó la casa y vio una ventana abierta en el segundo piso. Dudó. Miró la puerta una vez más y luego la ventana.
Con ayuda de unos botes de basura logró subir y colarse dentro. Caminó hasta el cuarto de Tomás. Se detuvo antes de tocar. Dudó.
Apoyó la frente contra la puerta y golpeó suavemente. —Tomás... ¿Puede oírme? — dijo Emily con una voz débil. — No has venido a mi casa. ¿Ya te rendiste de vencerme?
La casa parecía abandonada, salvo por la voz de Emily que decía lo contrario.
Emily se dejó caer junto a la puerta. — Puse un póster de Lzzy Hale… —murmuró, mirando al frente —Mi cuarto ya no se ve tan mal.
No hubo respuesta
—También, limpié un poco… ya podríamos practicar mejor. — su voz se empezó a debilitar. —Si no sales, va a volver a ser un basurero. —Su voz comenzó a quebrarse. —Si sales te dejaré ganar...
La casa siguió inmóvil.
Apoyó la cabeza contra la puerta —Tomás... Sal... Por favor.
Durante los siguientes días, Emily volvió. Al principio hablaba, después, aprendió a quedarse callada. Se sentaba junto a la puerta, sacaba galletas y una botella de agua de su mochila y esperaba.
—Te traje comida… —dijo una tarde —Si no comes, te va a doler el estómago y te pondrás de mal humor… te lo digo por experiencia. —sonrió. Su mirada enfocó la puerta.
No recibió respuesta más que el silencio de la casa.
Dejó la bolsa frente a la puerta.
Al día siguiente, notó que faltaba un poco. No dijo nada, solo dejó más.
Una tarde pensó en quedarse hasta la noche. Quizá así lo vería salir. Pero el recuerdo de la madre de Tomás le atravesó el cuerpo. Su cuerpo tembló y su respiración se volvió irregular. Se llevó la mano a la mejilla aún marcada. —…No es buena idea —murmuró.
Días después, volvió a sentarse frente a la puerta.
—Después del funeral de mi mamá… —empezó, en voz baja —fui a su cuarto. —se quedó en silencio un momento. —Pensé que estaría ahí… que me diría que todo era una broma. —tragó saliva. —Pero no había nadie.
No hubo respuesta
—Mi papá intentó explicarlo… pero yo ya sabía. Solo… no quería aceptarlo. —respiró hondo. —Se hacía más delgada… cada vez más… hasta que ya no podía sostener la guitarra. Ella me enseñó a tocar. —su voz se debilitó. —Cuando ya no podía tocar… empecé a hacerlo yo.
El silencio se volvió más pesado.
—Y un día… ya no estaba. —Emily se limpió las lágrimas con la manga. —Estar encerrado no es tan divertido. —respiró. —No soy la más indicada para decir esto. Ni siquiera pude hacer que mi mamá mejorará… —tomó una pequeña pausa. —Pero… puedo quedarme. Aunque no hables… puedo quedarme.
El silencio llenó el pasillo. Emily bajó la mirada y cerró los ojos.
Entonces un leve sonido. El seguro de la puerta cayó y Tomás abrió.
Emily levantó la cabeza en cuanto escuchó el sonido.
Él tenía el cabello revuelto, su ropa era la misma de aquel día y tenía una mirada decaída.
Ella dudó un segundo. Luego se levantó y lo abrazó.
En los días siguientes, Emily volvió con frecuencia. No hablaban. Se sentaban en el suelo, uno junto al otro. Tomás mantenía la mirada perdida. A veces parecía que incluso sentarse le costaba.
Un día, rompió el silencio. —¿Crees que ya sepan…? —Tomás hizo una pausa. — ¿Que no entré? —murmuró— ¿Qué pensarán de mí en la escuela?
Levantó la mirada. — Que piensen lo que quieran... No es su vida.
—Si hubiera estudiado más...
Interrumpió. —Se te habría caído el pelo en el examen.
—Pero habría entrado. — Tomás se encogió de hombros y llevó sus manos a la cara.
Emily lo detuvo, sujetándole las muñecas. —Eso no lo sabes. Quizás el examen estaba trucado... hiciste tu mayor esfuerzo y eso es lo que cuenta.
Tomás no levantó la mirada.
—En la música, no puedes prever que alguien se equivocará. Debes aceptar el imprevisto y tratar de arreglarlo. Cómo cuando tocamos, seguiste… aunque fallaste mucho.
Otra vez, sin respuesta.
Sonrió ligeramente. —Tu interpretación fue de pena, pensé que... —se detuvo en cuanto miró las lágrimas que corrían por sus mejillas. — Per... Perdón. No soy buena… en esto.
—No… —su voz salió baja. —Tienes razón, fue horrible. Pero... No dejé de tocar.
—Si, quizás no fue tan malo después de todo. — Emily miró hacia la guitarra rota. — ¿Crees que siga afinada?
—Me sorprendería que lo estuviera. — respondió Tomás.
—Sí… —dijo ella —Está hecha pedazos. Para la próxima, traigo la mía. —pensó unos segundos. —Aunque no sé cómo subirla por la ventana.
—¿Te estás metiendo por la ventana?
—Si, no tengo llaves y no se forzar una puerta. Nunca me abrías.
—Perdón… no quería ver a nadie... —murmuró él.
—Al menos me sirvió para hacer ejercicio. —Lo miró de reojo. —Entonces... ¿Me darás una llave?
—Solo tengo un juego. —dijo mientras su mirada apuntaba a su escritorio.
Emily se levantó, la tomó y la guardó. —Te la devuelvo mañana, cuando saque una copia. — Emily tomó sus cosas y se dirigió a la puerta. — Debo sacarle una copia antes de que cierren. Nos veremos mañana.
Unos minutos después de que se fue, el celular de Tomás vibró. Un mensaje.
"No olvides comer. Eres incluso más molesto cuando no lo haces".
Una ligera sonrisa se esbozó en la cara de Tomás. ¿Dónde habré escuchado eso antes?