Pasó un día. Al entrar, Emily miró en todas direcciones. Cuando comprobó que no había nadie, se coló con su guitarra y fue directo a la habitación de Tomás.
Al entrar le devolvió la llave.
— Hoy me escucharás tocar, a ver si aprendes algo. —se sentó en la silla del escritorio, abrazando la guitarra.
—No podré aprender sin una. —respondió cabizbajo, miró el lugar donde antes habían quedado las astillas.
—Primero necesitas escuchar.
Emily comenzó a tocar. Él permaneció en silencio, observando. La melodía le trajo recuerdos del open mic. De cómo su voz llenaba el lugar, de la manera en que lograba atraer todas las miradas.
Hace que la gente sienta algo… Sus ojos descendieron hacia la guitarra. Si practicara en serio… Apretó los puños. Por un instante, algo se movió en su pecho. Quizá…
Pero la idea se desvaneció casi al instante. Aun así, no apartó la mirada. En sus ojos, antes apagados, apareció un leve brillo.
Al día siguiente, Emily volvió. Cuando entró, lo encontró recostado, mirando el techo. Intentó hablarle, pero sus palabras se perdieron en el silencio.
—Si no quieres responder, entonces solo escucha.
Tocó con suavidad, dejando que la melodía llenara el espacio. Poco después comenzó a cantar. Su voz, normalmente enérgica, se volvió más suave y cargada de emoción.
Tomás giró apenas hacia ella. Al principio solo escuchaba, pero cuando la voz se unió a la música, sus ojos se abrieron ligeramente.
Minutos después, la canción terminó.
—¿Qué te pareció mi interpretación de The Only Exception? —preguntó, recogiendo su cabello con una leve sonrisa.
Él no respondió.
—Di algo… —insistió unos segundos después, desviando la mirada, ligeramente sonrojada. —Me gusta mucho la canción, pero nunca la había cantado.
Tomás salió del trance y titubeó. —No… no sabía que podías tocar así.
—Aún no has visto nada. —sonrió antes de empezar otra.
Durante varios minutos, la habitación volvió a llenarse de música. Cuando terminó, ambos se quedaron en silencio, recuperando el aliento.
—¿Cuándo vas a ir a limpiar mi cuarto? —preguntó ella, secándose el sudor de la frente.
—No sé. Ni siquiera he ido a la escuela. —hizo una breve pausa. — No quiero que me vean... — murmuró, agachando la cabeza.
Emily lo observó. Su mano se elevó hacia él, pero se detuvo antes de tocarlo. Permaneció así unos segundos, en silencio, hasta que habló.
—Podríamos ensayar en tu sala… es mejor que aquí —dijo sin pensar. Un cosquilleo apareció en su mejilla. Subió su mano casi por reflejo.
Él notó el gesto. — Ella ya no vendrá.
Emily giró la cabeza hacia él.
—Dijo que haría guardia en el hospital… —hizo una pausa —Eso fue hace casi un mes. No ha vuelto. Y no creo que lo haga. — su mirada cayó otra vez
Emily permaneció en silencio, mirando al frente. —¿Por qué querías ser médico?
—Porque debía curar a las personas… —hizo una pausa —Como mi madre.
—¿Y tú padre?
— No lo sé. Se fue poco después de que nací. Siempre fuimos ella y yo. —hizo una pausa —¿Y tú? Casi nunca hablas del tuyo.
La cara de Emily expresó un gesto de desagrado. —Nunca está en casa. Después de que mamá murió… dejó de estar, incluso cuando estaba. Era como hablar con una pared.
Tomás soltó una risa breve y seca. —Si no fuera por nuestros padres… ¿qué habríamos sido?
—Probablemente estaría tocando en mi cuarto, no aprendiendo francés. —sonrió.
Hubo un pequeño momento de silencio, que Tomás rompió. —Nunca me dijiste porque querías aprender.
— Yo no quería. —Se encogió de hombros —No entiendo por qué contrataba maestros. Con el inglés me basta.
—Hay gente a la que no le gusta que le hablen en inglés.
— Pues deberían acostumbrarse. Casi todo está en inglés.
Tomás sacó una carcajada seca. —Ahora que ya pronuncias mejor… podrías cantar en ambos idiomas.
Emily lo pensó unos segundos. — Aún me falta. Me gustaría tocar Amour, de The Warning… pero quiero hacerlo bien. No quiero arruinarla.
— No es tan difícil. Son frases cortas.
—Si, pero... quiero hacerlo bien.
Ambos esbozaron una ligera sonrisa. Sentados uno junto al otro, hombro con hombro, pasaron los siguientes minutos hablando de cosas sin importancia.
Horas después de que Emily se marchó, Tomás recogió las astillas que aún quedaban en el suelo. Las sostuvo entre las manos durante unos segundos y luego las dejó caer en la basura.
Al alzar la vista, su mirada se detuvo en el calendario. —Faltan dos días para su cumpleaños —murmuró. —dudó un instante. —Quizá… le compre un pastel... por las molestias.