Entre acordes rotos

Capítulo 19: Cumpleaños

La alarma llevaba un rato sonando cuando Tomás, aún con la cara hundida en la almohada, logró incorporarse. Su cuerpo era pesado, apenas podía mantenerse despierto y la presión de la casa era lo suficientemente fuerte como para pasar el día acostado. Entonces recordó el cumpleaños de Emily y apagó la alarma.

Se levantó y fue al baño a arreglarse.

Frente al armario, observó su ropa durante varios segundos. Dudó… y lo cerró. Un ruido en la ventana llamó su atención. Al asomarse, vio gente, coches, mascotas. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. El cumpleaños de Emily volvió a su mente. Abrió el armario otra vez y empezó a vestirse.

Su ropa lo hacía parecer alguien que no quería ser visto, lentes oscuros, gorra, sudadera y un cubrebocas. Aun así, cualquiera pensaría que intentaba llamar la atención en esas épocas del año.

Mientras bajaba las escaleras, su corazón se aceleró y su respiración se cortaba. Al llegar a la puerta, su mano se detuvo en la manija. Empezó a temblar. El sudor le resbaló por el rostro. Tragó saliva y abrió.

Los rayos de sol le quemaron los ojos, el ruido de los vehículos taladraba sus oídos y las voces a la lejanía, le hacían parar su corazón. Bajó la cabeza y comenzó a caminar.

Evitó las calles más transitadas. Aun así, tuvo que esquivar a un par de personas sin levantar la mirada.

Llegó a la pastelería sin cruzarse con nadie, pero ahora, debía enfrentar otro reto... hablar con el vendedor.

Apenas cruzó la puerta, vio un letrero: “Se hacen entregas a domicilio”. La presión en el pecho aumentó. Estuvo a punto de darse la vuelta y marcharse. Mientras se retiraba, vio unas velas de cumpleaños. Apretó los puños y regresó al mostrador.

Observó los pasteles rápidamente. Ni siquiera sé qué le gusta… No la conozco tanto… Entonces… ¿por qué estoy haciendo esto?

—Buenos días, ¿Qué desea ordenar?

Alzó la mirada con lentitud. La sonrisa del vendedor le revolvió el estómago. Señaló un pastel pequeño y unas velas. No miró el precio.

El hombre preparó el pedido y se lo entregó.

Tomás dejó un billete sobre el mostrador, tomó la caja y salió de inmediato.

Durante su camino a casa, el frío del pastel lo mantenía anclado a la realidad.

Al llegar a casa, se quitó el cubrebocas, los lentes y la gorra. Su respiración seguía agitada, y el sudor frío le recorría la frente. Miró una vez más al pastel antes de guardarlo.

—Espero que le guste… —murmuró. Dudó un segundo. —Espero que venga... quizás deba mandarle un mensaje más tarde.

"¿Vendrás a mi casa hoy?" —escribió.

La respuesta fue casi inmediata. " Es fin de semana, tengo cosas que hacer, en mi casa"

"Tu casa siempre está sucia, no lo haces bien"

Pasaron varios minutos. Emily respondió con un sticker de un gato que decía “jódete”.

Tomás esbozó una leve sonrisa. Guardó el teléfono y miró hacia afuera. —Supongo que no vendrá.
Esa noche, abrió el refrigerador y observó el pastel. Luego miró la puerta… y se quedó atrapado en sus pensamientos. Un golpe lo sacó del trance: un vaso había caído de la alacena. Apretó los puños y respiró hondo. Su mirada volvió al pastel. —Espero que le guste… —repitió antes de cerrar el refrigerador.

A la mañana siguiente, se levantó, se cambió y volvió a plantarse frente a la puerta. Su mano temblorosa se posó sobre la manija. Suspiró, apretó los puños y finalmente bajó.

Guardó el pastel y las velas en su mochila. Se dirigió a la salida… pero se detuvo otra vez. Mañana vendrá. Podría dárselo entonces… No creo que pase nada por esperar, pensó. Su mano tembló. Colocó la otra encima. Apretó con fuerza. Y abrió.

El aire exterior se sintió más frío de lo que recordaba. Cada paso era torpe, como si su cuerpo aún no respondiera del todo. El peso de la mochila lo mantenía anclado. No levantó la mirada en todo el camino.

Al llegar frente a la casa de Emily, se detuvo. El corazón le golpeaba con fuerza en el pecho. ¿Y si no está? ¿Y si no quiere verme?

Miró la puerta. Luego la calle. Con manos temblorosas, sacó la llave de repuesto. Falló una vez. Y otra. El metal chocaba torpemente contra la cerradura. ¿Y si mejor toco el timbre…?

Unas voces a lo lejos lo tensaron. Sin pensarlo más, logró encajar la llave y girarla. Entró rápido, cerrando detrás de sí.

Su respiración agitaba el silencio de la casa. Miró hacia el cuarto de Emily y comenzó a subir las escaleras. Tocó la puerta. No hubo respuesta. Quizá no está… Dejaré el pastel en el refrigerador.

Miró alrededor. Todo seguía igual, aunque más ordenado. El silencio era profundo. Respiró. Apoyó ambas manos en la manija y abrió.

Lo primero que vio fue a Emily dormida. La habitación seguía desordenada, pero ahora había espacio para moverse. Algunos posters nuevos, la mesa despejada.

Entonces sí era verdad… no me mintió.

Dejó la mochila en el suelo. Al levantar la vista, se encontró con su reflejo en el espejo. Recordó la vez en que ella lo había obligado a practicar frente a él. Se observó y sus ojos se abrieron. ¿Qué estoy haciendo…?

Miró hacia Emily. —Te he causado muchos problemas… —susurró.

Un destello llamó su atención. En la mano de Emily había unas tijeras. Su respiración se detuvo. Dio un paso atrás y tropezó. Cayó al suelo. El golpe rompió el silencio.

Emily abrió los ojos de golpe. Se incorporó y se abalanzó sobre él, con las tijeras en alto.

—¡Espera! ¡Soy yo! —dijo, quitándose la gorra y los lentes.

Ella se detuvo. —¿Qué haces aquí? Pensé que estabas en tu casa. —bajó lentamente las tijeras —Escuché que alguien entró… creí que era otra persona.

Tomás tragó saliva. —Vine a verte… casi me da un infarto.

—¿Quién te manda a vestirte así? —frunció el ceño. —Das miedo… casi te apuñalo.

—Es para que la gente no me vea.

—Llamas más la atención así. ¿Viniste vestido así todo el camino?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.