Entre acordes rotos

Capítulo 20: Rumor

Durante la noche, Tomás observaba sus manos, recordando aquel momento con ella. Sus dedos entrelazados y el calor habían disipado cualquier rastro de miedo. Fue como si la burbuja, que cubría a Tomás se hubiera expandido para que Emily entrará.

La habitación, antes silenciosa, ahora se llenaba con sus propias carcajadas. Su mirada se desvió hacia la mochila y los cuadernos.

—Quizá mañana vaya a la escuela… —murmuró, mientras el sueño comenzaba a vencerlo.

A la mañana siguiente, preparó sus cosas y se dispuso a salir. Pero cuando su mano alcanzó la manija, se detuvo. ¿Qué pensarán de mí? ¿Sabrán que fallé? ¿Se preguntarán por qué no he ido?

El sudor volvió a sus manos y el temblor regresó. Dudó unos segundos. —No… todavía no. Se dio la vuelta y regresó a su habitación.

Un tiempo después, llegó un mensaje.

“¿Vas a venir a mi casa?”

Tomás lo miró en silencio. Sus dedos se posaron sobre el teclado.

“Iré”, escribió

Más tarde, se encontraba frente a la puerta. Su mano rígida y el sudor en la frente lo mantenían quieto. —Llegaré tarde… —murmuró.

El recuerdo del día anterior regresó: la calidez, la presión de la mano de Emily. Respiró hondo y abrió.

Caminaba con la mirada clavada en el pavimento, contando mentalmente sus pasos para mantener el ritmo de su respiración. Al doblar la esquina, unas risas y el roce de mochilas lo pusieron nervioso. Un grupo de estudiantes, con uniformes familiares, venía en dirección contraria.

¿Saben quién soy? ¿Notarán que debería estar en clase? ¿Se darán cuenta de que fallé? Volvió a repetir.

El aire se volvió denso y sus piernas flaquearon. Entonces recordó.

—¿El sol y los coches ya no te dan pesadillas?

Levantó la mirada, fijándose en las manos de los chicos.

No tienen tijeras…

Apretó el puño, recordando el contacto con Emily. Pasó junto a ellos.

Pasado el momento, su corazón aún bombeaba como loco, pero la presión en el pecho antes intensa, comenzaba a disminuir.

Durante el trayecto, mantuvo la vista en las manos de las personas. Cada vez que el miedo amenazaba con desbordarlo, un pensamiento aparecía

Me da más miedo Emily con sus tijeras…

Las calles, antes familiares, ahora parecían más ruidosas. Cuando cruzaba miradas por accidente, sentía que los demás lo observaban con desprecio.

¿Y si ya saben? ¿Y si alguien les dijo?

El frío regresó y su respiración se aceleró. El mundo pareció hundirse a su alrededor. Entonces, un toque en su hombro lo devolvió a la realidad.

—Tomás… ¿te sientes bien?

Se giró y observó a un compañero.

El miedo lo paralizó. Sus piernas temblaron. El tiempo parecía detenerse y su corazón estaba a punto de estallar; apretó el puño. Parecía como si sus piernas hubieran cobrado vida propia y salió disparado.

Cuando finalmente se detuvo, jadeando, el sudor aún le recorría el rostro. Se inclinó, mirando el suelo. —Qué estupidez… —murmuró.

Permaneció en silencio unos segundos, luego se incorporó.

Tomó un camino más largo. Menos transitado. Pero a lo lejos aquella figura que lo había llamado lo estaba siguiendo.

Cuando llegó a la casa de Emily, sus manos aún temblaban. Logró meter la llave y entró. En la cocina, ella revisaba el refrigerador.

—¿Qué haces?

—Busco algo de comer.

Tomás se acercó y miró dentro. —En efecto… está vacío. —cerró la puerta. —Después de la sesión, podrías ir a comprar algo.

Emily suspiró. —Supongo. Otra vez tendré que lidiar con idiotas.

El timbre interrumpió su conversación.

—Deben ser las cuerdas que pedí. —se dirigió a la puerta. Antes de abrir se detuvo. — Se me acaba de ocurrir que puedo pedir por internet comida.

—No creo que sea buena idea vivir de eso.

—Es solo para matar el hambre. Luego compraré algo. — abrió la puerta y vio a un chico con uniforme.

El intercambio de miradas duró unos segundos. Él tenía su uniforme planchado, su cabello con exceso de gel y sus zapatos limpios. Emily, por otro lado, tenía su cabello desordenado, su blusa y sus shorts arrugados.

—¿Qué quieres? —preguntó Emily, frunciendo el ceño.

— Yo... busco a Tomás. Sé que entró aquí. —se detuvo al observarla mejor. —Tu... Tu eres la chica del grupo C. La que golpeó al profesor de física.

—¿Y tú?

—Soy compañero de Tomás. Él no ha ido en días. No es normal en él. —sus ojos recorrieron a Emily. —Ya veo… por eso no vuelve. Supongo que los rumores eran ciertos.

—Vaya imaginación tienes —respondió ella, cruzándose de brazos —Se nota que estudias mucho y vives poco.

—Estas arruinando sus estudios. Todos saben qué clase de tipa eres.

Tomás trató de acercarse, pero fue detenido por un gesto de Emily.

Una sonrisa cínica apareció en su rostro. —¿Ah, sí? Entonces dime qué clase de tipa soy —dio un paso al frente.

El chico dudó, pero sostuvo la mirada. —De las que se aprovechan de alguien como él.

Emily inclinó ligeramente la cabeza. —¿Aprovecharme? —sonrió apenas —Interesante.

—No te hagas. — apretó los dientes —Tomás no es así. No sale, no habla con nadie… y ahora desaparece y viene aquí.

Emily dio otro paso, acortando la distancia. —¿Y eso te preocupa… o te molesta?

El chico frunció el ceño. —Me preocupa.

—Entonces preocúpate mejor por ti. — respondió con calma —Para venir a tocar la puerta de alguien que no conoces y asumir cosas… hay que tener muy poco en qué pensar.

—Todos saben cómo eres.

La sonrisa de Emily se desvaneció. —¿Todos? —repitió —Qué interesante. Y aun así ninguno ha venido a decírmelo en la cara.

El silencio se tensó por un segundo.

—Solo aléjate de él. — dijo finalmente el chico —No lo metas en tus cosas.

Emily lo miró fijamente. —Si él está aquí… es porque quiso venir. — hizo una pausa —¿cuánto tiempo llevas siguiéndolo? ¿Lo estás acosando? Qué asco.




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