Entre acordes rotos

Capítulo 21: Fotografía

Un día después, Tomás caminaba hacia la casa de Emily. Mantenía la cabeza en alto, aunque la espalda seguía ligeramente encorvada. Como siempre, eligió el camino más largo y menos transitado.

—Esta vez… al menos tengo que mirar a alguien a la cara —murmuró, aferrándose a esa idea.

El silencio de la calle hacía latir su corazón con fuerza. Cuando pasó junto a una persona, el sudor frío regresó y se quedó paralizado mientras el otro seguía de largo.

Será más difícil de lo que pensaba…

Unos metros más adelante, vio a alguien sentado, concentrado en su celular. Tomás respiró hondo y levantó la vista. Sus ojos recorrieron el cuerpo ajeno… hasta llegar al rostro.

Su pulso se disparó. Sostuvo la mirada unos segundos… y luego la rompió.

—No fue tan difícil… —murmuró. Hizo una pausa. —Qué bueno que no me vio

Continuó avanzando, regulando su respiración. Cuando finalmente llegó a la casa de Emily, logró entrar sin temblar.

Apenas cruzó la puerta, notó las envolturas de comida sobre la mesa y varias moscas revoloteando. Subió las escaleras y entró a la habitación. Emily estaba recostada, mirando su celular.

—¿Qué haremos hoy? — dijo sin apartar la vista del celular

Al dar un paso, Tomás sintió algo pegajoso bajo la suela. Miró hacia abajo, era un pedazo irreconocible de comida.

—¿Qué pasó aquí? Ayer esto estaba decente… y hoy volvió el basurero — dijo, limpiándose su suela

—Luego de que te fuiste ayer, pedí comida. — hizo una pausa. — Quise probar comida china. Y no me gustó. Me llené de pan. — Dejó el teléfono a un lado y se incorporó. — Abajo, te dejé un poco.

—¿El que están atacando las moscas? —dijo con desagrado

Emily lo miró sorprendida. — ¿Está afuera? Pensé que lo había guardado... —ladeó la cabeza —¿No lo quieres?

—No. Es asqueroso. —Hizo una pausa —Hoy no habrá clase.

—¿No? ¿Y eso?

—Vamos a limpiar.

Emily frunció el ceño. —Ya habíamos limpiado mi cuarto y ya está mejor que antes.

—Si, pero tú casa está llena de moscas.

Emily suspiró, cruzándose de brazos — No quiero hacerlo. Mi casa está perfecta como está.

—¿Qué diría tu padre si la viera?

—No vendrá… desde la última vez que vino contigo, no ha regresado.

Tomás guardó silencio un instante. Luego desvió la mirada. —Si limpias, tendrás más espacio para tocar lo que quieras —dijo con una leve sonrisa.

Emily lo señaló, entrecerrando los ojos. —No caeré dos veces en lo mismo.

Tomás parpadeó, sorprendido. Pensó unos segundos. — ... ¿Qué quieres a cambio?

—No quiero nada.

Tomás la observó en silencio. Luego asintió. —Está bien. —se dio la vuelta y salió de la habitación.

—¿A dónde vas? — preguntó ella.

No hubo respuesta.

Unos segundos después, se escuchó el sonido de una bolsa agitándose en la planta baja. Emily bajó las escaleras. Lo encontró recogiendo envolturas.

—¿Qué haces?

—Limpiar.

—Te dije que no tocaras nada.

Tomás no la miró. —Entonces no mires. Supongo que limpiar es demasiada responsabilidad para alguien como tú.

Emily apretó los puños. — ¿Perdón?

Él siguió en lo suyo, metiendo basura en la bolsa.

—Eres bastante molesto, ¿lo sabías?

—Sí.

Emily lo observó unos segundos más y chasqueó la lengua.

Minutos después, ambos estaban limpiando la sala. Restos de comida, basura acumulada, polvo.

El tiempo pasó sin que lo notaran. Cuando terminaron una parte, se dejaron caer en el sillón, jadeando.

—¿Qué falta? —preguntó Tomás, aún sin aliento.

Emily tomó aire. —El comedor… el pasillo… la entrada… el segundo piso... —se llevó las manos a la cara. Soltó grito ahogado. — No pensé que nos llevaría tanto tiempo. No debí ayudarte.

Tomás soltó una risa leve. —Bueno… al menos esta parte ya es habitable.

—¿Por qué quieres limpiar?

Él se recargó en el respaldo. — No es sano vivir así.

—Es mi casa.

—Lo sé. Pero si sigues así, tu única compañía serán las cucarachas.

Emily hizo una pausa. —Son buena compañía. No son idiotas.

Sonrió apenas. —Puede ser... —se incorporó. —¿Seguimos?

Emily suspiró y se levantó. — Vamos.

Mientras limpiaban la entrada, Tomás volvió a ver la foto de aquella familia que habitaba está casa. La última vez no le puso demasiada atención. Era Emily, más joven, junto a su madre. El parecido era innegable: el mismo rostro, el mismo cabello, la misma mirada llena de vida.

A su lado, el padre, sonriente y firme. Ahora se había convertido en una persona preocupada por su hija, con claras entradas en el cabello y ojeras en la cara.

Tomás alternó la mirada entre la foto y Emily. El brillo ya no estaba.

—¿Qué crees que haces? —la voz de Emily lo cortó de golpe. Se acercó y le arrebató la foto. — Estamos limpiando, no te di permiso para revisar mis cosas.

—Yo... solo tenía curiosidad...

—Entonces enfócate en lo tuyo.

El silencio que siguió fue incómodo. Emily evitaba mirarlo. Se movía lejos de él.

Finalmente, Tomás habló. —Oye… ¿te importa si pongo música?

No hubo respuesta.

Sacó el celular. Dudó.

¿Qué le gusta?

Pensó en opciones y luego recordó el poster en su pared y reprodujo la música.

Emily no reaccionó, pero mientras limpiaban, él notó cómo hacia pequeños gestos al limpiar.

Cuando terminaron la planta baja, el sol ya entraba distinto por la ventana. Se dejaron caer en el suelo, a cierta distancia.

—Perdona por lo de antes… no quise molestarte.

—Para la próxima, piensa antes de tocar.

El silencio volvió, acompañado por la música de fondo.

—No sabía que íbamos a la misma escuela —dijo Tomás, intentando aligerar el ambiente.

—No salgo mucho de mi salón. Me sorprende que no hayas oído los rumores.

—Yo tampoco salgo mucho.

Una leve sonrisa apareció en ambos.

—¿Cuándo volverás? —preguntó ella.




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