A la mañana siguiente, Tomás se puso el uniforme. Cargó la mochila y, al llegar a la puerta, su mano se detuvo. El sudor volvió a recorrerle la frente. El aire no parecía entrar en sus pulmones. La sensación de caer regresó de golpe.
Un impacto seco lo sacó del trance. Sus propias manos habían golpeado sus mejillas. Parpadeó, apretó la manija y salió.
Durante el trayecto caminó con la mirada clavada en el suelo. Cada vez que los pensamientos regresaban, enterraba sus uñas en la palma.
En algún momento llegó a la escuela. Al entrar sus uñas se enterraron profundamente, dando un dolor no experimentado. Caminó sin levantar la cabeza hasta su asiento.
La sensación de asfixia aumentaba cada segundo, ya no había dolor que lo sacará del pozo. Entonces, una mano tocó su hombro.
—Oye, Tomás. La maestra de matemáticas dijo que fueras a la oficina cuando llegaras
Él respondió.
El ruido del salón comenzó a expandirse, a saturarlo todo.
Dudó unos segundos. Finalmente, se puso de pie y salió.
Las voces, el ruido y la luz eran insoportables. Sintió la necesidad de irse a su casa. Sus piernas temblaban con cada paso.
En la oficina, varios profesores lo esperaban. Posturas rígidas, miradas firmes.
Estuvo a punto de agachar la cabeza, cuando vio a aquel profesor de física que Emily mencionó. Su mirada se fijó en la cicatriz junto a su labio. No era reciente. Apenas una marca. El pecho le ardió y apretó los puños.
—Joven Díaz.
La voz de una maestra lo arrancó de sus pensamientos.
—Usted no ha asistido en varios días. Nos gustaría saber el motivo.
—Problemas familiares —respondió sin pensar, con la mandíbula tensa.
Ella se tomó apenas un segundo. —Entendemos. No entraremos en detalles. Pero es un alumno prometedor. Sería una lástima que su futuro se vea afectado por unas cuantas faltas.
Tomás apenas escuchaba. Seguía mirando de reojo aquel hombre.
—Por eso, hemos decidido hacer caso omiso a sus ausencias…
Las palabras se diluyeron. Pasaron unos segundos, hasta que volvió en sí.
—No es un regaño. Solo un consejo, joven Díaz.
Tomás ignoró al profesor que hablaba. —Oiga —dijo, mirando directamente profesor de física —No había notado esa cicatriz. ¿Cómo se la hizo?
El silencio cayó en la sala. Varias miradas se desviaron hacia el hombre.
Él sonrió levemente. —¿Esto? No es nada. Un pequeño accidente.
El asco subió desde el estómago de Tomás hasta la garganta.
No dijo nada más.
Los docentes regresaron su vista a Tomás y siguieron con la explicación.
Minutos después, salió de la oficina. Por primera vez en mucho tiempo, no sintió miedo al caminar entre la gente. Las personas a su alrededor parecían difusas. Y el ruido distante, como si algo lo hubiera aislado.
Solo escuchaba sus propios pasos. Se dirigió al baño y vomitó. El olor de la oficina aún parecía pegado a él.
Al salir, observó el pasillo: estudiantes, murmullos, carteles de talleres haciéndose promoción.
Cuando regresó al salón, se sentó sin mirar a nadie. Las voces, antes abrumadoras, ahora le resultaban irritantes
Las clases avanzaron sin que realmente estuviera presente. Escribía por inercia y miraba constantemente el reloj.
Cuando llegó la hora libre, salió de inmediato. Caminó por los pasillos sin prestar atención a nadie. Solo había una dirección. Se detuvo frente al salón de Emily.
La vio desde la puerta. Estaba recostada sobre el pupitre, de espaldas al resto.
Sacó el celular y escribió. El sonido la hizo reaccionar.
Ella se incorporó lentamente. Con los ojos entrecerrados y el cabello desordenado.
Miró la pantalla y luego la puerta. Se esforzó por ver quien la estaba molestando. Sus cejas se fruncieron.
Tomás hizo un leve gesto.
Emily se levantó con pesadez y caminó hasta él. —¿Qué quieres? — preguntó, con voz seca.
—Quería ver si ya comiste.
—No tengo hambre.
—Deberías aprovechar. Aquí es barato. —bajó apenas la mirada hacia su uniforme.
Ella lo miró directamente. —Si vas a hablarme, mírame a los ojos. No a mi ropa. —se acomodó torpemente el uniforme.
Tomás guardó silencio unos segundos. —Entonces ven. Te hace falta algo de sol.
Emily suspiró. —Está bien…
En la cafetería, apenas hablaron, no hubo más que el ruido al masticar de ambos.
Tomás observaba sin disimulo. Su atención estaba fija en ella y en lo poco que comía. Emily movía la comida sin interés. Probaba apenas lo necesario. Como si comer fuera una obligación.
Al terminar, salieron al patio y se sentaron en unos bancos.
—¿No crees que juntarte conmigo te dará mala imagen? —preguntó ella.
—No me importa. Si no te hubiera sacado, no habrías comido.
—Iba a comer en mi casa.
—Sí… las sobras de la comida china.
—Te equivocas. No volvería a comer eso.
Una risa leve escapó de ambos. No pasó mucho para que cada quien se marchara por su cuenta.
Tomás regresaban al salón cuando una voz lo detuvo.
—Joven Díaz, un momento. —dijo alguien detrás suyo.
Él giró.
Una profesora lo observaba con seriedad. —Usted tiene un futuro prometedor. No debería... mezclarse con personas que no comparten sus mismos objetivos. La joven García es una distracción que no le conviene.
Tomás la miró sin expresión. —No sabía que se apellidaba García —respondió — Gracias por el dato. —se dio la vuelta. Y caminó unos cuantos pasos antes de detenerse. —También debería preocuparse por ella —añadió.
Las semanas siguientes pasaron sin que lo notara.
En clase, Tomás contaba segundos. El nerviosismo había desaparecido o eso parecía. Se habían desplazado. Las voces seguían ahí. Las miradas también. Pero ya no importaban. Todo eso se desvanecía en cuanto caminaba hacia Emily.
Con ella, el tiempo era distinto. Hablaban de música y Emily criticaba sin filtro, y Tomás comenzaba a anticipar exactamente qué iba a decir antes de que abriera la boca.