Habían pasado más de tres meses. El aire en la habitación de Emily ya no olía a encierro. Aún había polvo en las esquinas y algunas bolsas olvidadas, pero el cambio era evidente.
—Es un trabajo en proceso —decía ella cada vez que alguien lo mencionaba.
Por su parte, Tomás ya podía caminar por la calle sin quedarse paralizado ante la idea de ser juzgado.
No siempre era fácil. Hubo días en los que levantar la mirada resultaba casi imposible. Por eso empezó a imponerse pequeños objetivos: sostener la mirada de alguien, decir una frase simple, entrar a una tienda por su cuenta.
Cada meta cumplida daba paso a otra, apenas más difícil, pero aún alcanzable.
Pasaba cada vez más tiempo con Emily, incluso fuera de las clases de francés. A veces se sentaba a escucharla tocar, en otras, discutían durante horas sobre cualquier cosa que encontraban en internet.
Últimamente, Tomás había puesto a Emily a leer y escribir. Al principio ignoraba por completo los libros. Un día, Tomás vio sobre la mesa el libro que aquel chico le había regalado a Emily intentando impresionarla. Era tan malo que a Emily le resultaba divertido. Así que compró la versión en francés y se lo regaló.
—¿Tú también quieres invitarme a salir? —preguntó ella, sosteniendo el libro con una ceja alzada.
—Depende… ¿tu padre me subiría el sueldo?
Ese tipo de intercambios, que antes lo tensaban, ahora le resultaban naturales. Incluso los disfrutaba. Era un duelo para ver quién era más ingenioso con las respuestas.
Con el tiempo, Emily empezó a invadir su espacio sin pedir permiso. Apoyaba los pies sobre su espalda, se recargaba en su hombro o simplemente se dejaba caer a su lado como si fuera lo más normal del mundo. Al inicio, Tomás se quedaba rígido, sin saber cómo reaccionar. Luego, lo convirtieron en una apuesta. El que tocara mejor ciertos acordes ganaba el derecho de “usar” al otro. Fue así como comenzó la vida de Tomás siendo el tapete personal de Emily.
La semana previa al concierto llegó más rápido de lo que esperaba. Emily lo obligó a escuchar a los artistas que se presentarían.
—Iremos el viernes —anunció, revisando su celular.
—¿Por qué el viernes? El domingo están bandas más conocidas —respondió él con duda.
—Quiero ver a Kaiser Chiefs, Foo Fighters… y, obviamente, a Queens of the Stone Age. —hizo una pausa breve —Eso no se negocia.
Siguió mencionando nombres que Tomás apenas reconocía. Él asintió, fingiendo entender, mientras trataba de no perderse en la avalancha de información.
—¿Cómo vamos a llegar?
—Iremos en autobús. Ya lo reservé por Facebook. —le mostró la conversación en la pantalla.
Tomás frunció ligeramente el ceño. —¿Es confiable?
—Siempre he ido con ellos.
—Pero no tenemos boletos.
—Compramos con revendedores.
—¿Y si nos estafan?
—¡No nos van a estafar! Deja de preguntar tonterías. Solo deja que me ocupe de esto. — apretó los puños sin darse cuenta.
Tomás apretó los labios. No estaba convencido, pero discutir con Emily nunca terminaba bien.
La noche antes del concierto, Tomás se quedó varios minutos frente al armario. Observó su ropa una y otra vez sin decidirse. No quería verse fuera de lugar, pero tampoco llamar la atención. Al final eligió algo sencillo: chaqueta, pantalón de mezclilla y una camisa cómoda. Luego preparó su mochila con lo que consideró necesario.
En otro lugar, Emily estaba acostada mirando el techo. Su celular descansaba sobre su pecho. Pensó en levantarse a elegir ropa, pero no lo hizo.
—Mañana…
Cerró los ojos por un momento. Su corazón latía más rápido de lo normal. Pensó en la gente, en el ruido, en el espacio lleno de desconocidos y en el escenario. Frunció ligeramente el ceño.
—Qué tontería… —susurró.
Tomó el celular y puso música, subiendo el volumen más de lo habitual.
—Va a estar bien… —murmuró.
Subió aún más el volumen, tratando de callar sus pensamientos, pero no lo consiguió. Al final el cansancio terminó imponiéndose.