Tomás llegó a la mesa donde Emily ya estaba comiendo. El sudor le recorría la frente. Ella alzó la mirada apenas un segundo antes de volver a su burrito.
—Te tardaste en llegar —trató de decir, con la boca llena.
Tomás tomó aire. —Estaba buscándote.
—Bueno, ya me encontraste.
Un empleado se acercó y dejó un burrito frente a él.
—Te pedí algo —añadió Emily, mientras retiraba el jitomate del suyo y lo dejaba caer en el plato de Tomás.
Él frunció el ceño. —Oye… ya eres adulta. Cómete tu comida.
Emily lo ignoró y dio un bocado.
Tomás suspiró y se sentó, dispuesto a comer. Ella lo observó de reojo, con una ligera sonrisa.
Cuando tomó el primer bocado, el ardor explotó en su boca. En segundos, el calor se intensificó y el sudor comenzó a caer con más fuerza.
—¿Qué te pasa? Pensé que te gustaba el picante —dijo Emily, conteniendo la risa.
Tomás se levantó de golpe y fue por agua. Intentó hablar, pero el fuego en la lengua no lo dejaba.
Emily, riendo, sacó su celular y comenzó a tomarle fotos.
Unos minutos después, él logró calmarse. La miró fijamente.
—Eso no fue gracioso —dijo, antes de dar otro trago de agua.
—Eso te pasa por decirme gorda. Ya estamos a mano.
Tomás dudó un momento. —Al menos borra las fotos que tomaste.
—No, son divertidas de ver.
Él exhaló con resignación.
El silencio cayó entre ambos mientras Emily revisaba las imágenes y Tomás probaba otro burrito esta vez sin picante. A su alrededor, la gente comía entre humo de cigarro y olor a cerveza.
—¿Tú no tomas? —preguntó él.
—Nunca. Tampoco fumo. ¿Y tú?
—Igual.
El silencio volvió a instalarse.
—¿Quieres intentar? —dijo Emily.
Tomás se tomó unos segundos. —No… no sé si sea buena idea. No sé qué me pasaría si… —Se detuvo, mirándola —¿Tú quieres?
—No creo que pase nada. —respondió y se levantó.
Regresó poco después con dos cervezas.
El murmullo de la gente se mezclaba con la música que llegaba desde el escenario. A lo lejos, Garbage comenzaba a tocar, las guitarras filtrándose entre las voces y las risas.
Ambos observaron la botella unos segundos antes de abrirla.
—Salud —dijeron al mismo tiempo.
Tomás dio un pequeño sorbo. Su gesto cambió al instante. Frunció el ceño y apartó la botella. —Está… amarga.
—No creo que sea para tanto. —Emily lo imitó. Apenas probó un poco y torció la boca. —Esta buena...
Se quedaron en silencio unos segundos, mirando la botella como si esperaran que cambiara de sabor.
—Bueno… ya la pagamos —dijo Emily, cerrando los ojos antes de dar otro trago.
Mientras bebía, Tomás sacó el celular con disimulo y tomó una foto. En la foto, Emily estaba ligeramente despeinada, con el rostro iluminado por las luces del local. Tenía una expresión de desagrado con la botella en la mano. Detrás, las luces y la gente se difuminaban.
Guardó el celular y dio otro sorbo.
Tardaron varios minutos en dejarla vacía.
—Me hubiera gustado escuchar a Garbage —dijo Emily, mirando hacia el escenario—. Pero el hambre me mataba.
Se levantó y sintió cómo perdía ligeramente el equilibrio.
—No pensé que una fuera suficiente.
—No estoy borracha, solo perdí el equilibrio. —Sacó su celular y miró la hora —Ya casi empieza Franz Ferdinand. Tenemos que apurarnos.
Tomás se levantó, pero al dar el primer paso golpeó la mesa y estuvo a punto de caer. Se sostuvo con las manos.
Emily ya había comenzado a avanzar.
Se recompuso rápido y caminó tras ella.
Al llegar, la multitud bloqueaba paso. Emily estiró el brazo y Tomás lo agarró sin pensarlo dos veces.
Entre empujones se abrieron paso hasta que el espacio se agotó. Estaban tan cerca que Tomás podía sentir el calor que emanaba de la espalda de Emily.
—¿Quieres que te cargue? —susurró en su oreja.
—No... esta vez estoy bien —respondió ella, sin apartar la vista del escenario.
Tomás bajó la mirada al sentir una presión en su mano. Emily no lo había soltado, al contrario, entrelazó sus dedos con los de él y le dedicó una sonrisa.
Al principio, Tomás se mantuvo firme, mientras tocaban los primeros acordes. Pero cuando la guitarra estalló, el suelo vibró bajo sus pies.
Ella empezó a saltar, con el cabello volando en todas direcciones. Tomás sintió el impulso en sus propias piernas. Primero fue un movimiento tímido, apenas despegando los talones, pero al ver a Emily gritar el estribillo a pleno pulmón, sin darse cuenta ya estaba saltando. Abrió la boca y, aunque no se sabía toda la letra, comenzó a gritar las partes que recordaba.
Emily lo miró de reojo, sorprendida, y esbozó una sonrisa.
La música no se detuvo. Una canción se mezcló con la siguiente, y en algún punto Tomás dejó de intentar seguir el ritmo y simplemente se dejó llevar.
El calor aumentaba. El aire era cada vez más pesado. A su alrededor, todo era movimiento.
Un rato después. Emily se acercó —¡Después toca otra banda! —gritó cerca de su oído —¡Tenemos que correr si queremos buen lugar!
Tomás no entendió todo, pero asintió.
Cuando terminó la presentación, Emily no dudó. Tiró de su mano. —¡Corre! —gritó.
Salieron entre la multitud, esquivando personas, empujando sin darse cuenta, riendo mientras intentaban no perder el equilibrio.
El aire afuera se sintió más frío, pero sus manos seguían cálidas.
Emily volteó a verlo, sin dejar de avanzar. —¡Apúrate!
Tomás sonrió. Y corrió.
Llegaron cuando Queens of the Stone Age ya estaba comenzando.
Estaban agitados, con el cuerpo pesado. El espacio limitado provocaba un roce constante. Ambos seguían animados, pero ya no saltaban como antes.
El contraste con el escenario anterior era evidente. La gente se dejaba llevar, pero con una energía distinta.
Emily cantaba cada canción, moviendo la cabeza de un lado a otro. Tomás la observó y no podía evitar sonreír y cantar.