Entre acordes rotos

Capítulo 26: Beso

Ambos durmieron durante el trayecto de regreso en el autobús. Emily recostada sobre el hombro de Tomás; él, con la cabeza firme contra el asiento.

Llegaron a la ciudad cuando los primeros rayos de luz comenzaban a posarse sobre las veredas. Con el cuerpo pesado y los ojos aún a medio abrir, caminaron hasta la casa de Emily, la más cercana a la parada.

Al entrar, se dejaron caer sobre la alfombra sin decir una palabra. Solo quedó el sonido de sus respiraciones hasta que el cansancio los venció.

Tiempo después, Emily fue la primera en despertar.

No se movió de inmediato. El cuerpo le pesaba, su mente estaba entre el sueño y la realidad. Giró apenas la cabeza.

Tomás seguía dormido.

Sus ojos se detuvieron en su rostro. Su respiración era lenta. Su cabello negro, desordenado. Las ojeras, más marcadas de lo normal.

Casi sin darse cuenta, se fijó en sus labios. El recuerdo llegó de repente. Un calor le subió por el pecho y su corazón se aceleró.

—¿Qué haces? —murmuró Tomás de pronto, con voz adormilada.

Emily se sobresaltó y apartó la mirada. —Nada… —respondió, incorporándose un poco —Estaba pensando en… el concierto.

—Estuvo bien.

—Sí… —dijo ella, evitando mirarlo. —Me gustó.

Tomás se incorporó lentamente y estiró la espalda. Una punzada en su estómago lo hizo caer de nuevo.

—¿Tienes hambre?

—Si... —respondió Emily— nuestra última comida fue hace doce horas.

Él se llevó una mano al abdomen. El vacío estaba ahí, pero no era lo único que sentía.

—Tengo algo en el refrigerador —dijo ella, poniéndose de pie —Veamos qué hay.

Caminaron hasta la cocina. Emily abrió la puerta. Un par de manzanas y un poco de leche.

Tomás apartó la mirada de la vista pobre —Oye... —dudó —te invitó a comer.

Emily esbozó una ligera sonrisa. —¿Tanto quieres tener una cita conmigo?

Sacó una carcajada seca. —Solo quiero comer algo que no me mate de hambre —cerró el refrigerador —Hay una cafetería cerca.

—Pero tú pagas, ¿verdad?

Suspiró. —Pues ya que.

Al salir, caminaban lado a lado. La luz del sol aún era demasiado fuerte para sus ojos somnolientos.

—Oye —habló Tomás rompiendo el silencio. —Lo de ayer... ¿Cómo te sentiste?

Emily volteó rápido a verlo. Su cara se ruborizó. Tragó saliva. —Yo... nunca había hecho algo así. ¿No te gusto? —su voz se debilitó.

—Sí… —respondió sin dudar —El lugar estaba increíble. Nunca imaginé que el ambiente fuera así. Aún me retumban los oídos.

Emily se detuvo y parpadeó. —¿Te referías a eso?

—¿A qué otra cosa?

Emily apretó los labios. —Eres un idiota. —aumentó la velocidad de sus pasos.

Tomás se quedó en atrás, frunciendo el ceño. —¿Qué?

El aroma a café y pan recién hecho llenaba el lugar. Abrieron la puerta. No había nadie más salvó ellos dos.

Tomás intentó preguntarle qué quería ordenar, pero Emily apenas respondió. Su mirada vagaba: la mesa, la ventana, cualquier cosa menos él.

Cuando el mesero se acercó, pidieron sin pensarlo demasiado. Por primera vez, Emily no soltó ningún comentario sarcástico. Seguía dispersa.

—¿Estas enojada? —preguntó Tomás.

—No.

—Lo parece.

—Pues no lo estoy.

Tomás bajó la mirada. Entrelazó las manos. —Ayer… —empezó Tomás.

Emily lo cortó. Se levantó de golpe. —Voy al baño. —marchándose sin mirarlo.

Se apoyó en el lavabo y abrió la llave. El agua fría le recorrió las manos.

¿Qué estoy haciendo? Compórtate normal.

Cerró los ojos. La imagen volvió.

Somos amigos… entonces ¿por qué pienso tanto en eso?

—Qué idiota… —murmuró. Cerró la llave y salió.

Tomás permanecía inclinado sobre la mesa, con la mirada perdida.

¿Qué hice para molestarla?

El mesero dejó el café frente a él, Tomás dio un sorbo distraído. El calor lo hizo apartar la taza de inmediato. Frunció el ceño, llevándose los dedos a los labios, entonces, se quedó quieto un instante.

Emily regresó y se sentó frente a él.

Tomás sostenía la taza entre las manos.

—Olvida lo de antes. —dijo con voz tranquila.

—Hablemos —respondió él, hizo una ligera pausa. —Del beso.

Emily se tensó. —No hay mucho que hablar.

—Entonces, ¿por qué reaccionaste así?

—Tenía que ir al baño.

—Sabes que no hablo de eso.

Emily desvió la mirada. —Además… no es para tanto.

—¿No?

—No. —lo miró finalmente —La gente se besa todo el tiempo.

Tomás frunció el ceño. —Emily...

—Los amigos se besan —continuó, más rápido —No significa nada.

—¿Eso crees?

Emily dudó un segundo. —Sí.

Tomás la observó con atención. —Entonces… ¿por qué te importa tanto?

Ella apretó los labios. —Ya te dije que no me importa.

—Entonces mírame y dímelo.

Abrió la boca para responder, pero no dijo nada. —No tengo que demostrarte nada.

Tomás frunció el ceño. —No te estoy pidiendo eso.

—Entonces deja el tema. Si esto iba a pasar… —murmuró— habría sido mejor no hacer nada.

Él no respondió de inmediato. —Emily...

—Ya. —lo cortó —Comamos.

El ambiente era tenso y el silencio profundo, solo el sonido de ellos masticando lo rompía. Ambos apretaban los labios y los abrían ligeramente para decir algo sin éxito. No sé voltearon a ver.

Al terminar Emily se levantó, se dio la vuelta y se marchó sin decir nada.

Él solo pudo observar como lo hacía. Abrió la boca, tratando de decir algo sin éxito. Pagó y salió después.

Durante el trayecto, Emily pateaba pequeñas piedras sin rumbo. Una pareja pasó a su lado, tomados de la mano. Se detuvo. Sintió una presión en el pecho, no apartó la mirada hasta que desaparecieron.

Al llegar a casa, subió directo a su habitación y cerró la puerta de golpe. Se dejó caer sobre la cama y cerró los ojos.

Las luces, la música, el ruido y él. Su pecho volvió a tensarse. Se giró sobre el colchón, enterrando el rostro en la almohada.




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