Al llegar a casa, Tomás se dejó caer sobre la cama. El peso en los párpados y el desgaste en el cuerpo lo arrastraron sin resistencia. Se quedó dormido en segundos.
Cuando despertó, la luz ya entraba con fuerza por la ventana. Los pájaros habían desaparecido, en su lugar, el ruido de los coches y las voces lejanas llenaban el aire.
Se incorporó con lentitud y revisó la hora, pasaba del mediodía.
Bajó a la cocina en busca de algo que comer. Su madre estaba sentada, ella no lo miró. Él tampoco dijo nada.
El silencio y la presión en el cuarto eran asfixiantes. Tomás tomó un par de manzanas y subió a su cuarto sin decir nada.
—Tengo dos días... —murmuró. — Tengo que saber qué decir.
Le dio una mordida a la manzana, el sabor le resultó familiar. Su mente volvió a la noche anterior. Sus labios impregnados con el sabor amargo de la cerveza aunado a un sabor dulce, cálido y suave. Se quedó quieto, se relamió los labios sin darse cuenta y desvió la mirada, como si alguien pudiera verlo.
Emily no era capaz de tocar una nota adecuada. Sus dedos se deslizaban como si perdiera el control de ellos.
¿Por qué lo hice?, se repetía una y otra vez.
Luego de intentarlo sin éxito, se detuvo, soltó la guitarra y se dejó caer sobre la cama, y se cubrió el rostro con la almohada. Un grito ahogado quedó atrapado contra la tela.
¿Qué haré cuando nos volvamos a ver?
Cerró los ojos con fuerza, pero no sirvió.
El fin de semana paso en un abrir de ojos.
Tomás caminaba hacia la casa de Emily. Cada paso le pesaba más que el anterior. Había intentado ordenar sus ideas durante días, construir una frase, una explicación.
Emily miraba el reloj, mientras sus latidos se volvían irregulares. Aún pensaba en que decir, durante aquellos días, su mente repitió una y otra vez aquel momento inofensivo.
El timbre la sacó de sus pensamientos. Se miró en el espejo y trató de arreglar su cabello lo más rápido que pudo. Abrió su armario y trató de buscar una ropa más presentable.
Tomás tocó y como otras veces, abrió la puerta sin esperar respuesta.
Ella se encontraba sentada, dando los últimos arreglos a su blusa.
Cuando cruzaron miradas, él se detuvo en seco, el calor le subió al rostro y dio un paso hacia atrás.
—No te preocupes, ya terminé. —dijo Emily echándose su cabello para atrás.
Tomás asintió sin mirarla, entró y se sentó en el suelo.
Ambos miraban al piso. Abrían los labios, pero ninguna palabra salía.
—¿Hoy no habrá clase? —preguntó ella, sin verlo.
Tomás tardó en reaccionar. —Sí… —murmuró —Claro.
Sin prisa, sacó su cuaderno. Al abrirlo, lo ojeo. Las palabras carecían de sentido. Miró a su alrededor. Todo seguía igual, pero está vez la presión del silencio lo agobiaba con cada segundo. La vio de reojo.
Emily estaba perdida en la pared.
Si no, estarán incómodos. Aquellas palabras de Iván resonaron en su cabeza.
Tragó saliva y apretó los puños con una fuerza nunca usada. Cerró el cuaderno con fuerza. —Emily —exclamó.
Ella tensó los hombros.
—Quiero hablar de eso.
—Ya te dije que no hay nada de qué hablar. No le des tantas vueltas a algo que hice por impulso. —dijo en voz alta.
—Entonces, ¿Por qué estás así?
—Yo soy así.
Se miraron. El silencio trató de infiltrarse de nuevo.
—Si no me vas a enseñar, me voy. —dijo Emily
—Aun no termino con el tema.
—¡Pues yo sí! —dijo mientras se estiró para alcanzar sus audífonos.
Apretó los puños y tragó saliva. —A mí me gustó. —dijo con el aire atorado en el pecho.
Emily se quedó inmóvil, boquiabierta. No dijo nada al inicio. Sus dedos se tensaron alrededor de los audífonos.
—…¿Y? ¿Eso qué?... los amigos se besan
—Dices que no significa nada… pero no puedes ni mirarme. —interrumpió.
Emily apretó los labios. —Porque no fue nada.
—Entonces hazlo otra vez. Y demuéstrame que no significa nada.
Sus dedos se cerraron con fuerza sobre los audífonos. —No. —dijo sin mirarlo.
Tomás frunció el ceño. —¿Por qué no?
—Porque no voy a besar a alguien que no me gusta.
Tomás no apartó la mirada. —Entonces… ¿por qué me besaste?
Emily abrió la boca. —Yo… —Las palabras no salieron. Apretó los audífonos con más fuerza como si fueran a romperse. Sin decir más, se levantó con fuerza.
—Emily espera... —levantó la mano en señal para detenerse.
Ella no lo miró y azotó la puerta al salir
Tomás se quedó inmóvil un segundo, luego reaccionó saliendo tras ella. Miró en ambas direcciones de la casa. Entonces la vio entrar al baño. Cerrando la puerta tras de sí.
—Emily —dijo, acercándose —Espera.
No hubo respuesta.
Trató de girar la manija sin éxito. —Emily... abre.
—No tengo nada que decir.
Él apoyó su frente contra la puerta. —No quería molestarte… —murmuró —Si de verdad no significó nada… solo tenías que decirlo.
No respondió. El silencio volvió, más largo esta vez.
Luego de unos minutos, Tomás exhaló. —Esto… —dudó —Esto me recuerda a cuando yo estaba encerrado en mi cuarto. Fuiste muy insistente. Pensé que no te ibas a ir nunca.
Otra vez, sin respuesta.
Bajo la cabeza —Yo… no sé cómo hacer esto. —hizo una pausa. —Yo nunca había besado a una chica alguien antes.
—Entonces, ¿Has besado chicos? —dijo apenas.
Tomás soltó una risa corta. —No. Pero… si para ti no significa nada… —dudó — supongo que puedo dejarlo así. Solo dímelo.
—¿Por qué insistes tanto? —preguntó con voz baja
Dudó. Tragó saliva. —Porque a mí si me importó. Y no entiendo qué fue para ti…
—Ya te dije lo dije.
—Entonces abre la puerta.
—No voy a abrir
—Emily…
—No voy a abrir.
—…Está bien. —Se separó de la puerta y se sentó en el piso. —Pero no me voy a ir.
—Eres muy insistente —murmuró ella.
—Tú también lo eras.