El sol entraba por la ventana, iluminando cada rincón. Emily se frotó los ojos antes de levantarse.
Afuera del cuarto, los muebles brillaban y el olor a resina era evidente.
Bajó con cuidado, apoyando cada paso como si el suelo pudiera delatarla. Desde la cocina emanaba un exquisito olor dulce.
Estaba a punto de llegar a la sala cuando sus pies dejaron el suelo.
—¡Emily! —exclamó una voz alegre. La levantó con facilidad y le plantó un beso en la mejilla.
—Mamá. —soltó pequeñas carcajadas.
—Te dije que eso era más tarde —respondió ella, girándola ligeramente —Tienes que esperar.
—Pero quiero ver —intentó inclinarse hacia la mesa.
Su madre la sostuvo con firmeza, impidiéndolo. —No, es una sorpresa —la bajó con cuidado. —¿No me quieres ayudar?
Emily frunció el ceño. —No, yo quiero mi regalo.
—Qué pena… —suspiró su madre— Entonces no creo que el pastel esté listo a tiempo.
—¡No! —dijo, corriendo hacia la cocina —¡Sí ayudo!
Su madre sonrió.
Emily se puso de puntas, intentando ver la encimera.
—Tranquila —dijo su madre —A ver… ¿cómo puedes subir sin saltar?
Emily miró alrededor. Encontró un pequeño banco y lo arrastró. Lo colocó frente a la encimera y se subió.
Sonrió satisfecha.
—Muy bien —dijo su madre, acariciándole el cabello —Eres muy inteligente.
Emily infló el pecho, orgullosa. Miró el tazón frente a ella. Comenzó a revolver rápidamente.
—Emily —dijo detrás de ella. —¡Emily!
Giró apenas.
—Lo haces muy rápido, estás tirando la pasta.
—Así lo terminaremos antes.
—Y yo quiero que salga bien —respondió su madre con calma —No siempre se puede tener todo.
Emily apretó los labios. Volvió a mezclar, esta vez más fuerte.
Un poco de la mezcla cayó fuera del tazón.
—Emily…
—¡Ya lo estoy haciendo!
Su madre suspiró. Se acercó y tomó su mano, deteniendo el movimiento. —Mírame. No es una carrera.
Unos instantes después soltó la cuchara, y se la entrego. Mezcló con movimientos lentos y firmes. La masa se volvió uniforme, sin grumos.
Emily observó en silencio. —Hazlo tú. —dijo de pronto, bajándose del banco con un pequeño salto.
—Emily... —la llamó para detenerla. Pero ella ya se estaba yendo.
Sus pasos resonaron en el pasillo y luego el cierre de la puerta de su cuarto.
Su madre subió y abrió con cuidado. Emily estaba bajo las sábanas, completamente cubierta.
—Eres muy impaciente. —dijo con voz tranquila.
No hubo respuesta.
—Y un poco terca.
—Entonces ya no me hables. —murmuró desde debajo de la cobija.
Su madre sonrió apenas y se sentó en la cama. —No creo que pueda hacer eso.
—No quiero ayudarte. —dijo con voz seria.
—No tienes que hacerlo.
—Entonces no insistas.
—Entonces no lo hago.
Emily apretó la cobija con fuerza. —No entiendes…
—Puede ser.
—Yo quería hacerlo.
—Lo sé.
—Y no me dejaste.
—También lo sé.
Sus ojos comenzaron a humedecerse. —…No es justo.
—No todo se puede hacer a tu manera —respondió su madre, sin apartar la mirada.
Ninguna habló unos segundos.
—Ya lo habíamos hablado. Sabes que no puedes hacer siempre lo que quieras. —puso su mano sobre la cabeza de Emily.
La cobija se movió apenas.
La madre tomó una muñeca y la acercó al escondite. —Creo que alguien quería ayudar… —dijo, moviéndola suavemente— pero se enojó y se fue. Y ahora no sé si terminaremos a tiempo.
La cobija se levantó un poco. —No estoy enojada.
—Claro que no —respondió con suavidad —Solo estás… muy seria.
Emily salió un poco más, dejando ver la mitad del rostro. —Quería hacerlo bien.
La madre dejó la muñeca a un lado. —Lo estabas intentando.
—Pero lo hice mal.
—Lo estabas aprendiendo.
Emily apretó la cobija entre sus manos. —Tú lo haces mejor.
—Porque ya me equivoqué muchas veces.
Emily dudó. —¿Muchas?
—Muchas.
—¿Y no te enojaste?
La madre sonrió. —Claro que sí.
—¿Y luego?
—Luego volví a intentarlo.
Sus ojos bajaron al delantal de su madre. Una mancha de mezcla se extendía cerca del borde. —Te ensuciaste.
Su madre giró apenas el rostro. —¿Ah, sí? —respondió con una ligera sonrisa —Qué observadora.
—… ¿Todavía puedo ayudar?
—Mmm… no sé —respondió, fingiendo pensar — Creo que ya tengo todo bajo control.
Emily frunció el ceño. —Entonces no. —trató de cubrirse otra vez
—Qué pena… alguien iba a poner las fresas.
Emily se quitó la cobija entusiasmada. —Yo las pongo.
—Ah, ¿sí?
—Sí... pero yo decido dónde van.
—Trato hecho
La madre se levantó y le extendió la mano.
Emily dudó un segundo y la tomó.
Su madre terminó el pastel y cargó a Emily para ponerle las fresas.
—No tienes que hacerlo perfecto para que esté bien.
Cuando terminó, la bajó.
Emily aplaudió, emocionada.
En ese momento, la puerta se abrió.
—¿Qué hacen? —preguntó su padre desde la entrada.
—Un pastel. —volteó hacia Emily. —Ya eres toda una chef. ¿Verdad?
—Si —respondió, inflando el pecho.
Minutos después, la casa se llenó de ruido. Comida, dulces y regalos.
El tiempo pasó sin que lo notara.
Cuando el sol comenzaba a bajar, su madre trajo un último obsequio. Era grande y mal envuelto.
—Este es el último. —dijo con voz tranquila.
Emily se acercó de inmediato. —¿Qué es?... —repetía una y otra vez. —rasgó el papel con impaciencia.
—Ábrelo y lo verás —se puso al lado de Emily. Sus rodillas tocaron el piso.
Cuánto quitó la envoltura. Vio una guitarra demasiado grande para ella.
—Es igual a la tuya. —dijo, intentando levantarla.
—No amor, el mío se llama bajo. Está es una guitarra.
Emily pareció no entender. —¿Entonces no puedo tocar como tú? —agachó la cabeza
—No. pero podemos tocar juntas y sonará diferente.