Emily se quedó de pie en la cocina. No recordaba haber llegado ahí.
Abrió la alacena. La inspeccionó hasta que admitió que estaba vacía. Luego la cerró y caminó hacia la entrada de la casa.
Emily caminó, como si estuviera presa de un hechizo. Al llegar a la tienda tomó los ingredientes necesarios, pagó y regresó. No hubo insultos ni sarcasmo.
Al regresar, comenzó a sacar los insumos de la bolsa.
—…No era tan difícil —murmuró.
Se quedó mirando los ingredientes antes de hacer cualquier cosa.
Tomó la harina entre las manos. —Primero esto… creo.
Abrió el paquete con demasiado cuidado. Parte del polvo cayó sobre la mesa. Emily frunció ligeramente el ceño, pero no dijo nada ni lo limpio de inmediato.
El primer intento fue demasiado líquido. Lo observó en silencio antes de vaciarlo en el fregadero.
El segundo se quemó. El olor llenó la cocina, abrió la ventana sin prisa.
El tercero no subió. Se quedó mirándolo más tiempo del necesario. No dijo nada, ni lo tiró de inmediato. Al final, solo lo empujó a un lado
La harina comenzó a acumularse sobre la mesa, en el delantal, en el suelo y en sus manos.
El sol se desplazó lentamente por la cocina.
Emily se limpió el rostro con el antebrazo, dejándose una mancha blanca en la mejilla. Sin decir nada tomó otro tazón.
El sonido de la puerta la hizo detenerse. Ella no volteó.
—¿Qué haces? —preguntó, Tomás desde la entrada.
Emily miró el tazón. —Nada... —hizo una pausa. —Estoy intentando hacer un pastel.
—¿Tú... sabes de cocina? —dudó —Me refiero… no lo digo en mal plan.
Se mantuvo seria y no dijo nada.
—...¿Necesitas ayuda?
—No... —miró el tazón otra vez. —Quizá... Si.
Tomás se acercó un poco. Observó el desastre sobre la mesa.
—…¿Cuántos intentos llevas?
Emily tardó en responder. —No sé... Tal vez unos siete.
—Bueno… dime qué sigue.
Emily miró los ingredientes. —No sé.
—...Increíble —dijo con voz seca.
Trabajaron en silencio. Ella tomaba el empaque de la harina y lo leía con calma, una y otra vez.
Él no pudo evitar mirarla, cuando se enfocaba en leer, cuando revolvía la pasta, cuando fruncía el ceño al equivocarse. Ella parecía muy concentrada.
Emily le daba indicaciones a medias. Él preguntaba demasiado.
Se equivocaron más de una vez.
—Eso no iba ahí. —decía ella con voz seria
—Ya lo sé.
—Entonces, ¿por qué lo pusiste?
—Porque tú dijiste que…
—No importa.
La harina cayó fuera del tazón. Nadie se detenía a limpiar.
El tiempo pasó sin que ninguno lo notara.
Cuando terminaron, el pastel no se parecía en nada al de la caja. Estaba torcido, con un lado más alto que el otro.
Emily lo observó en silencio. Se acercó despacio y cortó un pedazo, llevándoselo a la boca. —Mi mamá lo hacía mejor.
Tomás probó un trozo también. —No está tan mal.
No hubo respuesta.
—Quizá no nos quedó como la imagen, pero al menos tiene sabor. —continuó él.
Emily se dejó caer sobre la alacena. Soltó un largo suspiró.
—¿Por qué hiciste un pastel?
—Porque... quise hacerlo. —miró los restos con atención.
—…¿Estás bien?
No respondió de inmediato. —Sí. Es solo que... soñé algo.
—¿Qué cosa?
Dudó —No lo recuerdo bien. —no lo miró.
—Ah…
Emily giró la cabeza hacia él. —¿Y ya? ¿Eso es todo lo que preguntas?
—No sabía si querías hablarlo.
—No... bueno, solo sentí algo raro.
—¿Quieres quedarte aquí?
Emily lo miró fijo, sin entender.
—Podemos… salir un rato.
—¿A dónde?
Tomás dudó. —No sé… donde sea.
—Qué plan tan elaborado. —sonrió apenas. —Pero está bien.
Ella observó el desastre de la cocina: harina sobre la mesa, restos de pastel, utensilios sucios. Permaneció unos segundos contemplándolo. —No se ve tan mal —murmuró —Pero es muy tedioso. —añadió. Arrojó los utensilios al fregadero y caminó hacia la puerta.
—¿Vas a ir así? —preguntó Tomás.
Emily bajó la mirada. Tenía harina por todas partes. Luego lo vio a él, apenas unas pocas manchas en la ropa. —¿Por qué tú estás limpio?
—Porque no estaba peleando con la mezcla.
Frunció el ceño y se sacudió sin mucho éxito. —Ya terminé. —Volvió a mirarlo.
Él alzó una ceja.
—Dame un segundo.
En un instante se encontraba abajo con ropa limpia.
Él alzó la mirada —Te ves bien.
—¿Eso es un cumplido?
—No sé... quizá.
Sin esperar respuesta, ella abrió la puerta y ambos salieron.
Caminaron un buen tramo hablando de minuidades. Sin darse cuenta llegaron al parque. Estaba casi vacío. Se sentaron sobre el pasto, bajo la sombra de un árbol.
—Oye… ¿para qué quieres tanto dinero? —preguntó ella.
—¿Qué?
—Sí. —se encogió de hombros — Ya llevas rato viniendo.
—Era para estudiar...
—Ah. —dudó un segundo. — ¿Iba a ser caro?
—No lo sé… pero quería asegurarme de poder pagarlo.
—Mmm… —lo miró de reojo —Ahora, ya deberías tener suficiente, ¿no?
Tomás la observó con calma, sin responder.
—¿Por qué sigues viniendo?
—¿Tú por qué crees?
—No sé. Porque te pago
Sonrió ligeramente. —Si tú crees eso... entonces sí. —hizo una pausa. —Y tu... ¿Por qué fuiste a mi casa cuando fallé el examen?
Desvío la mirada —Porque estaba aburrida
—¿Y es más divertido consolar a alguien?
Ella guardó silencio unos segundos. —¿Por qué siempre acabamos así?
—¿Así como?
—Hablando de cosas incómodas. Estoy segura de que la gente normal no habla así.
—¿En serio? Y yo que pensaba que no hablabas con nadie.
—Tu tampoco hablas con nadie.
Ambos quedaron en silencio.
Después de un momento, Tomás habló. —¿Quieres hacer algo común?
—¿Cómo qué?
—uhm... —dudó —¿qué te parece ir al cine? Aún no es tarde.
—¿Eso es una cita?
—Quizá... ¿crees que así tu padre me suba el sueldo?