Entre acordes rotos

Capítulo 30: Fatiga

Tiempo después, llegaron a la plaza comercial.

—Espera. —dijo Emily deteniéndolo del brazo —Ya que estamos acá, podrías comprarte otra mochila.

—Sí, es buena idea. —respondió con calma.

Se dieron la vuelta y entraron a la tienda departamental.

Apenas cruzaron la entrada, Emily desapareció de vista. Tomás giró la cabeza en todas direcciones, buscándola sin éxito.

—Ya aparecerá supongo. —murmuró.

Fue hasta el área de mochilas y, tras revisar varias, eligió la que más le gustó.

Se dirigió a la caja. Antes de formarse volvió a mirar alrededor. Emily seguía sin aparecer.

Ya estoy en la fila. ¿Vas a venir? escribió.

No obtuvo respuesta.

Segundos antes de su turno, Emily apareció y dejó caer varios dulces sobre el mostrador. Luego lo miró fijamente.

El empleado comenzó a escanear cada producto. El total resultó mucho mayor de lo esperado.

Tomás giró hacia ella. —¿Y eso?

Ella miró los dulces —Son míos

—Ya veo… —hizo una pausa— ¿vas a pagar?

Emily frunció apenas el ceño. —Pensé que tú ibas a hacerlo.

Tomás suspiró resignado y pagó todo.

Tomó sus cosas. —Gracias. —Emily salió con prisa.

Se sentaron en una banca. Sin avisar, Emily tomó la mochila nueva y comenzó a meter los dulces a la fuerza.

—Oye, no podemos meter comida al cine.

Ella no respondió. Cuando terminó, le devolvió la mochila y se encaminó sonriente hacia la entrada.

Tomás la observó unos segundos antes de levantarse. —Esto va a salir mal… —Se colgó la mochila y caminó tras ella.

La entrada del cine estaba llena de gente. Voces mezcladas, filas extensas y el sonido constante de pasos apresurados.

Emily ya estaba formada. —Te tardaste —dijo sin mirarlo.

Tomás se colocó a su lado. —Tenía que cargar tu despensa.

Emily sonrió apenas. —De nada.

Tomás la miró. —Esto no funciona así.

—Claro que sí.

La fila avanzó lentamente. En las pantallas se repetían horarios una y otra vez.

—¿Cuál quieres ver? —preguntó él.

Emily levantó la mirada hacia la cartelera. —Esa.

—¿Cuál es esa?

—La que empieza en diez minutos.

Cuando llegaron a la taquilla, Tomás pidió los boletos, pagó y tomó los tickets. Al darse la vuelta, Emily ya estaba caminando.

—Oye— la alcanzó —falta la comida.

—Ya tenemos.

Caminaron hacia la entrada de las salas. Un empleado revisaba boletos junto a la puerta.

—No digas que son tuyos. —susurró ella.

El empleado levantó la mano. —Un momento. Necesito revisar su mochila.

—¿Por qué? —preguntó Emily.

—Necesito verificar que no traigan comida externa —miró fijamente a Tomás.

Sin discutir, él le extendió la mochila. El empleado la abrió.

—¿Esto de quién es?

—De nadie...

—Del dueño de la mochila. —respondió Emily con rapidez.

—No... ósea sí, pero... —hizo varios gestos con la mano sin aclarar nada.

—Deberán dejar la mochila afuera. —dijo él.

Emily miró a Tomás, expectante.

Tomás tomó aire. —Mira, podemos guardarlos o...

—No —interrumpió el empleado con calma —Tendrían que dejarlos aquí.

Tomás volvió a intentarlo. —¿Y si… compramos algo adentro?

El empleado dudó un segundo. —Si compran en dulcería, pueden pasar.

—Está bien… compraremos algo.

—Qué respuesta tan aburrida —susurró ella.

Caminaron hacia la dulcería a comprar.

—¿Por qué hiciste eso? —preguntó Tomás.

—¿Hacer qué?

Tomás la miró y soltó un suspiro contenido. —Olvídalo.

La fila de la dulcería avanzaba lento.

Luces cálidas, el olor a mantequilla y murmullos a la distancia. Detrás del mostrador, empleados repitiendo los mismos movimientos una y otra vez.

Tomás miraba el menú sin mucho interés.

Emily estaba a su lado, en silencio por primera vez en un buen rato.

—¿Qué quieres? —preguntó él.

—No sé.

—¿Palomitas?

Emily miró el menú. —Quiero el combo en la pantalla.

—¿El de vasos y palomitas?

—Sí.

Él suspiró. —Está bien.

—Tomás.

—¿Qué? —respondió con voz seca.

—Si los hubieras escondido mejor, no estaríamos aquí.

Él apretó el puño y guardo silencio.

—Eso te pasa por corrupto. —añadió ella.

—¿Por qué haces eso? —se llevó las manos a la cara.

—¿Qué cosa?

—Todo... lo de hoy —dijo, cansado.

Emily se encogió de hombros. —No sé.

El sonido de unas risas los hizo voltear. Una pareja coqueteaba a unos metros.

Tomás sonrió apenas al verlos. Emily observó primero a la pareja, luego a él y su sonrisa.

—Siguiente —dijo un empleado desde lejos.

Se acercaron al mostrador

Tomás soltó el aire. Pidió el combo sin mirarla demasiado y pagó.

Emily lo veía de reojo y luego miró a la pareja otra vez.

Se hicieron a un lado después de tomar la charola.

Entonces Emily se acercó un poco más y tomó su brazo.

Tomás se tensó. —¿Qué haces?

—Nada… —lo sostuvo un poco más.

Él miró hacia la pareja y luego a ella. —Emily…

—¿Está mal?

Tomás dudó. —No… —frunció el ceño— solo…

No terminó la frase. Emily asintió apenas.

Caminaron hacia la sala sin soltarle el brazo.

Buscaron sus asientos y se sentaron.

Emily soltó su brazo solo cuando ya estaban sentados. Tomás dejó la charola entre ambos.

Ella tomó un puñado de palomitas. Miró de reojo a una pareja unas filas adelante. Compartían el mismo bote y se inclinaban uno hacia el otro.

Emily se detuvo antes de tomar más. Luego comenzó a comer más despacio.

Segundos después, habló. —¿Quieres? —dijo, extendiéndole el bote.

—Sí. —sin mirarla, tomó unas pocas.

Ella trató de relajarse en su asiento sin éxito. Su mirada vagaba por la sala. Volvió a mirar de reojo a la pareja. Ahora reían en silencio.

Emily soltó una pequeña risa espontánea

Tomás giró un poco hacia ella. —¿Qué?

—Nada.




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