Entre acordes rotos

Capítulo 31: Juego

Un día después del mal momento en el cine.

Ambos se encontraban en el cuarto. La luz iluminaba por completo cualquier rincón. El sonido de las hojas y los movimientos resonaban en todo el cuarto.

Emily garabateaba en una hoja sin demasiado interés. Tomás intentaba mantener el ritmo de siempre.

Después de un rato, él bajó el cuaderno y se quedó en silencio.

Emily no se percató. Seguía centrada en su garabato.

—¿Me estás escuchando?

—Si. —respondió automáticamente.

Tomás frunció el ceño. —Qué bueno, porque pensaba en limpiar tu cuarto.

—Si.

Tomás se acercó y le arrebató el papel de las manos.

—¡Oye!

—Hasta que me pones atención. —arrugó el papel sin mirar.

—Estaba apuntado.

—No te creo. —Emily cruzó los brazos, molesta.

—Aún me quedan más de veinte minutos. Así que pon atención.

—Sí… —murmuró, sin ganas.

El intento duró poco. A los pocos minutos, Emily ya miraba cualquier cosa menos a él: sus uñas, el techo, la guitarra.

Tomás suspiró y dejó el cuaderno a un lado. —Han sido… días pesados.

Emily giró apenas la mirada hacia él.

—¿Quieres jugar algo? Para distraernos un poco.

—¿Qué tipo de juego?

Tomás miró alrededor, nada útil a la vista. —No sé...

—No dejan de sorprenderme tus malas ideas.

—¿No tienes algún juego?

—No. Creo que solo hay naipes.

—Perfecto, juguemos manotazo.

—¿Qué?

—Decimos números mientras sacamos cartas. Si coinciden, golpeas el montón. Si te equivocas, te lo quedas. El que se quede sin cartas, gana.

Emily dudó un segundo. —No voy a jugar eso.

—Como quieras.

—Ni siquiera podrías ganar. —Tomás sonrió apenas.

—¿En algo tan simple? Será fácil. Pero si gano, harás lo que yo diga.

—Y si gano yo, tú harás lo que diga.

—Trato hecho. Al mejor de tres.

Momentos después de encontrar los naipes comenzaron a jugar.

Emily observaba con atención cada turno, esperando el momento exacto. Tomás, en cambio, parecía relajado.

Los turnos pasaron y las cartas se fueron acumulando.

En un instante, él amagó. Su mano bajó y se detuvo antes de tocar. Emily no dudó y golpeó el montón.

Tomás sonrió. —Perdiste.

—Eso fue trampa.

—Tu mano tocó primero.

Emily apretó los labios y recogió las cartas sin decir nada.

Los turnos pasaban y se comenzaba a formar el montículo. Él amagó otra vez y Emily volvió a caer.

—Otra vez perdiste.

—Cállate.

—Espera a que la carta y el número coincida.

—Ya sé.

Las cartas siguieron acumulándose, pero esta vez, ella ya no caía en la trampa. Cuando finalmente coincidieron número y carta, Tomás dejó caer la mano sin dudar. Emily se quedó quieta.

—Perdiste otra vez. —dijo él.

Ella no respondió. Solo apretó los dientes.

En los siguientes turnos, respondía incluso más seguido que al principio.

—Recuerda que debe coincidir...

—Si ya cállate. —interrumpió

Ella intento amagar sin éxito. Cruzaron miradas y él sonrió al ver su intento de amague. Sus uñas comenzaban a enterrarse en su palma.

Cuando se terminaron las cartas, Emily tenía un mazo entero, y Tomás no tenía ni una.

—¿No que era fácil?

—Te dije que te calles, ese solo era el calentamiento para entender tu mugroso juego. Está vez voy en serio.

Él suspiró y volvió a poner las cartas en el centro, comenzando la siguiente ronda.

Tomás volvía a amagar y ella volvía a caer. Pero cuando ella lo intentaba no conseguía el mismo resultado.

—Siete

—Ocho —dijo ella, soltando una carta.

—Nueve —respondió él.

—¡Diez! —dejo caer la mano con fuerza

Tomás observó fijamente. —Ese no es un diez —dijo con calma.

Emily levantó su mano para ver la carta y se dio cuenta de su error. Golpeó la mesa con fuerza —Odio este juego.

Tomás sonrió ligeramente, tratando de aligerar la tensión. —La tercera es la vencida.

El último round comenzó, Emily caía más seguido en los amagues, bajaba la mano antes y comenzaba a morderse los labios.

Tomás la observó y luego a la pila de cartas. En el siguiente turno, Tomás bajó la mano antes de tiempo.

Emily se quedó callada, mirándolo fijamente.

Instantes después volvió a hacer lo mismo

—¿Qué acabas de hacer? —preguntó ella.

—¿A qué te refieres?

—Lo hiciste a propósito.

—¿Qué cosa?

Emily no respondió y se mordió el interior de la mejilla. —No lo vuelvas a hacer.

El juego continuó. En el siguiente momento clave, ambos reaccionaron, aunque él un poco más lento. Sus manos chocaron y Tomás tomó las cartas.

Emily golpeó la mesa. —Te dije que no lo hicieras.

—Solo pensé que…

—No pienses por mí.

Él bajó la mirada. —Está bien.

Emily chasqueó la lengua. —¿Y? ¿Qué vas a pedir?

—Aún no lo sé.

—Que poco creativo

Un momento después, ambos se quedaron en silencio.

—¿Sigues enojada? —preguntó Tomás en voz baja.

Emily estaba de espaldas, acostada. —No estoy enojada

—Yo… —dudó— he jugado antes. Por eso gané.

—No quiero tu lastima.

—No es lástima. A mí también me costó aprender.

Ella no respondió.

—Emily...

Siguió inmóvil.

—¿Otra ronda? Pero tú eliges el juego. El que pierda hace lo que el otro diga.

Emily giró apenas. —¿Lo que sea?

—Si.

Se incorporó de un salto. —Acepto —tomó las cartas y comenzó a alinearlas sobre la mesa. —Torre.

—¿Torre?

—Tres intentos. El más alto gana.

Tomás sonrió. —¿Y qué pasa cuando pierdas?

Emily levantó una ceja. —No voy a perder dos veces en un día.

Tomás empezó, cada carta era colocada con cuidado. La torre cayó en la octava carta. Emily soltó una risa seca.

Tocó el turno de ella. Puso tres cartas, pero en la cuarta cayó. —Cállate —murmuró.

En el segundo intento, Tomás superó su altura anterior.

Emily observaba en silencio.




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