Tomás llevaba cinco minutos frente a la tienda. Las personas entraban y salían, mientras él se había quedado pegado al piso.
Su celular vibró
“No te escapes”
Giró. Emily estaba sentada a lo lejos, observándolo con tranquilidad.
Tragó saliva y entró.
El aire olía a perfume y tela nueva. Las luces blancas iluminaban la tienda. Algunas personas sostenían las prendas en sus manos para dejarlas poco después.
Se detuvo apenas cruzó la entrada. Miró alrededor con cautela. Sacó el teléfono. "¿Dónde se supone que busco eso?"
La respuesta llegó al instante.
"Pregunta"
Ladeó bruscamente la cabeza. "No"
"Entonces no sé" escribió ella.
Apretó la mandíbula y caminó por los pasillos fingiendo saber a dónde iba. Evitó pasillos con clientes y se alejó de cualquier empleado.
Terminó frente a una sección que creyó correcta.
Recorrió el pasillo una vez. Luego otra. A la tercera, decidió que probablemente estaba equivocado.
Caminó por otros pasillos, esperando el momento indicado para meterse al que consideraba correcto.
Bajo la mirada, evitando que las personas pudieran fijarse en él.
Cuando el pasillo se despejó avanzó hasta el fondo. Al llegar al final se encontró con una chica que lo miró de arriba abajo.
Tomás se giró de inmediato. Sin decir nada, tomó la primera prenda negra que había visto antes y caminó directo a la caja.
Al llegar, la cajera lo miró.
—No es para mí —dijo sin esperar pregunta.
—No se preocupe. —respondió ella, con una sonrisa tranquila.
—De verdad no es para mí —añadió, girando a ver la banca donde Emily estaba —Es para ella.
La cajera se volteó, pero la banca estaba vacía.
Se quedó helado. —…No puede ser.
—¿Seguro que es la talla correcta?
—Sí. —respondió sin pensar. Tomó la bolsa en cuanto la deslizaron hacia él.
—Que tenga buena tarde.
Salió sin decir nada. Miró a todos lados. La banca seguía vacía.
—Genial… —murmuró.
—Enséñame.
Tomás dio un salto.
Emily estaba justo detrás de él, sonriendo. Le arrebató la bolsa antes de que pudiera reaccionar.
—No abras eso aquí.
Lo ignoró y sacó primero la prenda inferior. La sostuvo frente a la luz, analizándola con exagerada atención. —Vaya… elegiste negro.
—No elegí nada, agarré lo primero que vi.
Luego sacó el brasier.
Tomás se cubrió el rostro con ambas manos.
Emily lo miró y sin dudarlo, se lo colocó sobre la cabeza. —Mira. Soy Mickey Mouse. —soltó varias carcajadas.
—No puedo creer que te conozco.
Emily seguía riendo cuando miró la etiqueta. —Compraste mal la talla.
—¿Qué?
—No es mi talla.
—…Me vas a hacer volver a entrar.
—No.
—¿No?
—Ya cumpliste.
Tomás exhaló.
Emily guardó las prendas en la bolsa. —Aunque… —añadió con una sonrisa —fue muy divertido verte sufrir.
—¿Todo esto fue solo por qué te gané?
—Quizá —se encogió de hombros —Además… mi cuerpo tiene ambiciones.
Caminaron juntos. El aroma a comida rápida llenaba el aire. A la distancia se escuchaba el sonido de las cajas registradoras y los murmullos de las personas.
Se mantuvieron en silencio, Tomás miraba la salida y Emily las tiendas.
El sonido de unos bolos cayendo lo hizo girar, no muy lejos había un arcade.
Las luces de neón parpadeaban sobre la entrada. Desde ahí escapaba una mezcla de música electrónica, efectos de videojuegos y el tintineo constante de las máquinas entregando boletos.
En el interior, niños corrían de una máquina a otra mientras algunos adultos intentaban superar puntajes imposibles. Las pantallas destellaban con colores intensos y, de vez en cuando, una sirena celebraba la victoria de algún desconocido. Al fondo, junto a las pistas de boliche, varias máquinas de premios exhibían peluches atrapados tras un cristal.
Apretó los puños antes de hablar. —Doble o nada.
Emily lo miró. —¿Qué?
—Quiero la revancha.
—¿Quieres perder otra vez?
—Estamos en empate. Esto lo decidirá todo.
—¿Y si gano?
—Te debo otro favor.
—¿Y tú eliges el juego?
—Sí.
Emily lo observó unos segundos, antes de comenzar a caminar hacia el arcade.
Las luces cambiaban de color sobre sus rostros mientras avanzaban entre filas de máquinas. Algunas reproducían carreras, otras disparos o bailes; todas competían por llamar la atención. Tomás recorrió el lugar con la mirada hasta detenerse frente a una máquina de golpear topos, cuyos mazos descansaban sobre la plataforma de goma.
—Este será el juego, solo será una ronda, ¿Aceptas?
—Está bien.
—En este juego debemos...
—Ya sé jugar, no nací ayer. Empieza.
Tomás tomó el mazo y comenzó el juego. Trató de anticipar dónde saldrían los topos con relativo éxito.
—Veinticinco. Te toca —extendió el mazo y se limpió el sudor de la frente.
Emily tomó el mazo sin decir nada. En cuanto apareció el primer topo, lo aplastó de un mazazo. Luego otro. Y otro. Cada golpe resonaba más fuerte que el anterior, hasta que algunos niños voltearon a verla.
—¿Cuántos topos odias?
—Todos.
Momentos después terminó.
—Cuarenta. Gané. —tiró el mazo a un lado y se dirigió a la salida.
Tomás se quedó boquiabierto y soltó un grito ahogado. La siguió cabizbajo.
Unos metros de caminata después se golpeó contra la espalda de Emily.
Ella miraba fijamente un peluche de un gato con los ojos casi cerrados. —Míralo. Se cree mejor que nosotros porque está detrás de un cristal.
—No creo que un peluche piense eso.
—Eso es exactamente lo que él quiere que pienses.
Cerca del peluche, estaba el precio.
—Cuesta seiscientos tickets.
Emily siguió mirando al gato. —Claro que sí. La arrogancia es cara.
Suspiró —¿Quieres ganarlo?
—No. Le voy a ganar.