Unos días después, volvieron a las clases. O al menos a intentarlo.
El cuaderno de Emily estaba abierto sobre la cama, aunque ella parecía mucho más interesada en mirar por la ventana que en las hojas de apuntes. El peluche del gato seguía apoyado en la cabecera, observándolos con la expresión indiferente de antes.
—¿Puedes poner atención? Llevamos días sin tener una clase.
—No han sido días.
—¿Ah, no?
—No. —pensó unos segundos— Quizá ya sean algunas semanas.
Tomás soltó un suspiro y se dejó caer sobre la cama.
—Además, ya sé gran parte de esto.
—Sí, pero todavía te falta pronunciación. Si no prácticas, no vas a mejorar.
Emily hizo una mueca. —Podemos hacerlo otro día. Tampoco sería la primera vez que no practicamos… ni la última.
Tomás giró apenas la cabeza para verla.
—En cambio, tú sigues sin mejorar en la guitarra. Y eso que tienes una maestra increíble. —se señaló a sí misma con orgullo.
Él levantó la mirada desde la cama. —No eres una excelente maestra.
—Claro que sí.
—No explicas nada.
—Eso es porque aprendes lento.
—O porque enseñas mal.
Emily frunció ligeramente el ceño. Cerró el cuaderno de golpe y permaneció sentada unos segundos, cruzada de brazos. Después de un rato, se dejó caer junto a él.
Ambos quedaron acostados mirando el techo.
Emily sacó el celular. La habitación se llenó poco a poco con una canción suave. Cuando terminó, puso otra. Luego otra más.
—Esta me gusta mucho... ah, y esta también.
Durante varios minutos, pocos fueron los comentarios que hicieron.
Después de varios minutos, Tomás habló.
—Si cantáramos algo… ¿qué canción escogerías?
Emily siguió deslizando el dedo por la pantalla. —No sé.
—Tienes que saber.
—¿Por qué?
—Porque sí.
Emily siguió pasando canciones. Hasta que se detuvo en una. —Esa —murmuró. —¿Aun recuerdas tocar frente al público?
No hubo respuesta.
Ninguno habló mientras la canción avanzaba. La luz de la tarde comenzaba a colarse por la ventana.
Emily permaneció inmóvil, mirando el techo. Tomás cerró los ojos un instante, dejándose llevar por la música. Al cabo de un rato dejó escapar un bostezo.
—No te duermas —dijo Emily sin mirarlo.
—No estoy dormido. Solo estoy descansando los ojos.
—Claro.
Pasaron unos minutos más. La música seguía sonando bajo desde el celular.
Emily giró apenas la cabeza. —Tomás.
No hubo respuesta.
Se incorporó un poco. —Oye.
La única respuesta fue su respiración.
Lo observó unos segundos. —…Idiota.
Se levantó despacio, procurando no hacer ruido. Caminó hasta el escritorio y comenzó a buscar entre las cosas tiradas. Volvió con un marcador en la mano.
Se inclinó sobre él cuidadosamente. El marcador rozó su mejilla con lentitud mientras ella contenía una risa. —Eso te pasa por quedarte dormido. —murmuró.
Con delicadeza, comenzó a dibujar sobre su rostro. Cuando terminó, se apartó apenas para admirar su obra. —Mucho mejor. —regresó a la cama y dejó el marcador junto a ella.
Minutos después, cerró los ojos también.
Un rato más tarde, Tomás despertó lentamente. La música ya no sonaba. Parpadeó varias veces antes de incorporarse y giró la cabeza.
Emily dormía de lado, abrazando parcialmente una almohada. El peluche seguía detrás de ella, aplastado contra la cabecera.
Tomás se quedó observándola unos segundos. Después tomó el celular con cuidado y sacó una foto. Sonrió al verla.
Se levantó despacio para no despertarla. Pero al pasar frente al espejo, se detuvo en seco. —…No puede ser. —Se llevó una mano al rostro. Tenía dibujado un enorme bigote, unas cejas imposibles y, de alguna forma, hasta un pequeño monoculo.
Se quedó viendo su reflejo varios segundos antes de suspirar.
—En serio…
Tomó otro marcador de su mochila y regresó hacia la cama. Se inclinó sobre Emily con cautela. —Ahora estamos a mano. —murmuró con una sonrisa leve.
Emily quien ahora tenía una pequeña raya ni siquiera se movió.
Tomás la observó un momento más. Luego miró el celular aún sobre la cama. —Esa canción… me gustó. —bajó la mirada con una sonrisa pequeña, tomó su mochila y salió de la habitación en silencio.
En el baño tomó un poco de agua con las manos y trató de borrar el dibujo sin éxito.
—No me digas que es permanente.
Se talló una y otra vez, sin que pasará nada. —Psicópata. Y ahora… ¿cómo me voy?