Las luces ámbar apenas alcanzaban a iluminar las mesas. El humo del cigarro flotaba sobre las cabezas como una neblina, mezclándose con el olor a cerveza. Cerca del escenario, alguien terminaba de conectar un amplificador mientras otra banda esperaba su turno entre cables y estuches de guitarra, mientras las personas debían hablar en voz alta para entablar una conversación.
—¿Qué te parece hasta ahora?
Emily tosió un poco y agitó la mano frente a su rostro. —Huele como si alguien hubiera muerto aquí.
Ana soltó una risa ligera. —Tal vez, pero el sonido vale la pena.
Las bandas subían una tras otra. Algunas apenas alcanzaban a tocar dos canciones antes de ceder el escenario. Con cada cambio también cambiaba el público: unos se acercaban a la tarima, otros aprovechaban para pedir otra bebida o salir a fumar.
En algunos momentos Emily seguía el ritmo golpeando el suelo con la punta del pie. En otros quedaba absorta mirando la guitarra de algún desconocido.
Ana en cambio, cantaba cada canción e incluso fingía tocar una batería invisible sobre sus piernas.
Cuando salieron, el aire fresco borró el olor a humo que se había quedado pegado en su ropa. Durante unos segundos ninguna habló; el zumbido de la música todavía parecía seguirles en los oídos.
—Estoy muerta. —dejó caer el peso sobre su hombro. —¿Qué te pareció el lugar?
Emily tardó un momento en responder. —…Estuvo bien.
Ana sonrió satisfecha y volvió a enderezarse. —Oye, ¿quieres acompañarme a comprar algo?
Emily solo asintió.
Caminaron sin prisa por el centro comercial. Ana se detenía frente a casi cualquier escaparate, aunque pocas veces entraba. Después de recorrer varios pasillos iluminados por enormes vitrinas, terminó jalando a Emily hacia una tienda de ropa.
Ana tomó una playera y la sostuvo frente a ella. —¿Crees que le quede? ... A mí novio me refiero.
Emily la miró apenas. —No sé cuánto mide.
—Cierto. —rio un poco. —Tomás sí parece de la talla de él.
Emily no respondió.
Ana siguió revisando ropa entre los estantes. —¿Te estás divirtiendo?
—Sí. ¿Por qué preguntas?
—Porque no te ves tan animada como aquel día, te ves como si estuvieras pensando demasiado.
—Es que casi nunca salgo.
—Salvo cuando estás con Tomás.
Emily asintió.
—¿Cómo se conocieron?
—Digamos que lo insulté… y decidió quedarse a seguir siendo insultado.
Ana soltó varias carcajadas. —Supongo que te quiere mucho.
—No creo que al principio se quedara por eso.
—Pero no se fue.
Emily bajó la mirada. —No... es un idiota muy necio.
—Y si casi no sales… ¿por qué aceptaste salir conmigo?
Emily tardó en responder. —En otros tiempos te habría dicho que no
—¿Y qué cambio?
—Supongo que… yo. —guardó silencio un instante. —Y todo por culpa de ese necio.
Ana volvió a reír. —¿Y eso te molesta?
Emily desvió la mirada hacia otro pasillo. —Solo... estábamos juntos y ya.
—Y ahora ambos tienen un brillo en los ojos al verse.
Ana dejó de mover las perchas y esperó la respuesta.
Emily seguía sosteniendo la manga de una sudadera entre los dedos, aunque hacía rato había dejado de verla.
—¿Te gusta? —preguntó con voz suave.
Emily tardó varios segundos antes de responder. —Nunca lo pensé. Pero cuando me llevó un pastel en mi cumpleaños… sentí algo raro aquí. —se tocó el pecho apenas.
—¿Solo una vez?
Negó despacio. —No… varias veces. Y en el concierto… lo besé sin pensar. —se cubrió la cara con ambas manos. —Después me encerré en el baño cuando quiso entender por qué hice eso.
Ana la observó en silencio. —¿Y luego?
—Al final… a ambos nos gustó.
—Las parejas se besan. —soltó Ana de repente.
—Supongo que sí.
—¿Te gustaría hacerlo de nuevo?
Emily dudó. —No sé... pero no estuvo mal.
—¿Entonces son novios?
Emily tragó saliva. —¿Es necesario darle nombre?
—Yo creo sí, ¿tú no?
—Quizá... pero él no ha dicho nada.
—Entonces díselo tú.
Emily soltó una risa seca. —No soy buena hablando.
—¿Y todo esto qué ha sido?
Emily se llevó una mano a la frente. —¿Por qué siempre termino en conversaciones incómodas? Primero Tomás y luego tu.
Ana soltó una carcajada. —Porque creo lo necesitabas. Pero no te presionaré.
Emily asintió.
—Es la primera vez que conozco a alguien como tú. —comentó Ana.
—¿Cómo yo?
—Sí. —dijo caminando hacia otro pasillo. —Pero está bien. Si necesitas ayuda cuenta conmigo.
Volvió a asentir
Ana sonrió. —Oye, ¿quieres ir por un helado? Y después me explicas qué tipo de maquillaje usas porque tu delineado sigue intacto después de tanto humo.
El resto de la tarde transcurrió entre helados, escaparates y conversaciones que terminaban convirtiéndose en otras distintas.
Mientras Emily recorría el centro comercial, a varios kilómetros de allí Tomás seguía acostado sobre su cama mirando la pantalla del celular.
“Saldré con Ana.”
Había leído el mensaje al menos cinco veces. Intentó responder. Pero borraba cada mensaje segundos después.
Dejó el celular sobre la cama y se dejó caer junto a él. —A esta hora normalmente tendríamos clase... —murmuró. Cerró los ojos
Quizá Emily ya había insultado a alguien... o la había detenido la policía La imaginó discutiendo por alguna tontería y luego sonriendo como aquella tarde en el arcade.
Suspiró. Seguro que está bien.
Giró sobre la cama y tomó el celular otra vez.
Abrió el chat.
“Saldré con Ana.”
Frunció ligeramente el ceño. Era la primera vez que Emily salía con alguien sin él.
¿Y si insultó a Ana? Ella no sabe cómo es Emily.
Tomó el celular de golpe y comenzó a buscar entre sus contactos.
No tengo su número.
Recordó algo rápidamente y escribió.
“¿Crees que puedes pasarme el número de Ana? Me preocupa su bienestar.”