El atardecer teñía de naranja los ventanales de la plaza. Al abrir la puerta del local, el olor a cerveza y humo volvió a recibirlos. En el escenario, una banda terminaba de guardar sus instrumentos mientras otra esperaba su turno entre cables y amplificadores.
—¿Qué te parece? —preguntó Emily.
Tomás observó las paredes llenas de carteles viejos, las mesas rayadas y el escenario apenas iluminado. —Parece un basurero.
—Sabía que dirías eso.
Tomás la observó de reojo. —Creí que saldrías con Ana.
—Me propuso salir, pero ayer cancele contigo. Ella está bien.
—Supongo que te divertiste.
Emily sonrió apenas. —Sí, mucho.
—Me alegra. —le devolvió el gesto.
Cuando la última banda terminó de tocar, el ruido fue sustituido por conversaciones dispersas. Salieron del local y el aire frío de la tarde les golpeó el rostro. El bullicio de la plaza sonaba muy distinto al del concierto.
Recorrieron varios pasillos sin comprar nada. Emily se detenía unos segundos frente a algunos escaparates y luego seguía caminando. Finalmente encontraron una banca junto al ventanal desde donde todavía podía verse el cielo teñido por el atardecer.
Tomás giró ligeramente hacia ella. El color suave en sus labios captó su atención.
Emily lo notó de inmediato y se llevó los dedos a la boca. —Fue un regalo de Ana. Dice que me veo bien.
Tomás no respondió de inmediato. —Sí, yo también lo creo. —murmuró.
Emily bajó un poco la mirada. —Me pidió salir otra vez. No sé a dónde me lleve está vez.
—Me alegra que hayas encontrado a alguien más.
Emily frunció ligeramente el ceño. —¿Alguien más?
Tomás dudó. —Antes eras solo tú... encerrada en tu cuarto.
—Y tú entrando sin tocar.
—Tocaba.
—Una vez y luego entrabas.
Tomás soltó una pequeña risa. —Supongo que ya no necesitas que vaya tanto a tu casa. —dijo en voz baja. De pronto sintió un pellizco en el cachete.
—Si no vas, ¿quién me va a enseñar entonces?
—Tienes razón.
El silencio regresó por unos momentos.
—Nunca me respondiste
—¿Qué cosa?
—¿Por qué siempre terminamos hablando de cosas incómodas? —señaló a una pareja que caminaba cerca —Ellos no se ven así.
Tomás observó hacia donde señalaba. —Cuando tratamos de actuar normal no resultó bien.
—Tienes razón. —Ella inhaló despacio. Sus dedos se retorcían entre la tela de sus mangas. —Tomás...
Él giró hacia ella.
Emily respiró hondo. Miró a la gente pasar. Bajó la vista y luego volvió a levantarla. —¿Puedo preguntarte algo?
Tomás solo asintió.
Emily tragó saliva. E inhaló otra vez. —¿Qué soy para ti? —dijo casi en un susurro.
Tomás abrió la boca, pero no respondió de inmediato. —Eres... —la miró unos segundos. —la voz en mi cabeza que no se calla.
Emily sonrió. —Te dije que me metería en tu cabeza y la taladraría por dentro.
Ambos soltaron una pequeña risa.
Frente a ellos la gente seguía caminando con bolsas en las manos. Una niña pasó corriendo detrás de un globo mientras desde el segundo piso llegaba música navideña.
Sin darse cuenta, terminaron sentados más cerca.
—¿Crees que somos raros? —preguntó Emily.
—Cuando te conocí, pensé que tú eras rara. —sonrió levemente —Pero ahora creo que yo también lo soy.
Emily lo miró. —¿Y eso te molesta?
—No. —negó despacio —Me gusta así.
—A mí también. Ana me preguntó cuánto llevábamos saliendo.
—¿Y?
—No sabía que contestar.
Tomás desvió la mirada. —Yo tampoco sabría.
Emily volvió a jugar con las mangas de su sudadera. —Entonces… ¿qué se supone que somos?
Tomás guardó silencio.
La gente seguía pasando frente a ellos, pero el ruido parecía haberse alejado.
—Los amigos no se besan —añadió ella.
—Pues, supongo que somos... ¿Pareja?
Emily lo observó fijamente. Luego sonrió apenas. —Eso no cuenta.
—¿Qué?
—Pídelo bien.
Tomás frunció el ceño. —¿Por qué complicas todo?
—Porque quiero.
Tomás cerró los ojos un segundo y soltó el aire. —Te odio.
Emily soltó una pequeña risa.
Tomás se pasó una mano por la nuca. Miró el suelo. Luego a Emily y volvió al suelo. —…Emily —murmuró —¿Quieres ser mi novia?
Emily se quedó mirándolo unos segundos. Y entonces empezó a reír.
—Hace tiempo leí que no debías pedirlo así porque...
—Cállate. —la interrumpió él, avergonzado —Ya me esforcé demasiado diciendo eso.
Emily volvió a reír. —Está bien. —guardó silencio unos momentos. —Acepto.
Tomás apartó la mirada, todavía rojo.
—Aunque sigo pensando que tu pregunta pudo ser mejor.
—Retiro lo dicho. Sí te odio.
Ella sonrió.
Momentos después ambos se levantaron de la banca.
Caminaron unos pasos sin hablar.
Tomás miró de reojo la mano de Emily balanceándose junto a la suya. Dudó por un momento y la acercó apenas. Sus dedos rozaron los de ella.
Emily giró la cabeza al sentir el contacto.
Ninguno dijo nada.
Terminaron su día en el puesto de helados.
—Con el frío que hace, no creo que esta fuera la mejor idea. —dijo Tomás.
—Tienes razón… pero quería probar el de fresa.