Entre acordes rotos

Capítulo 38: Raíz

Emily golpeó las cuerdas con fuerza. Era el noveno intento en el día.

—No me gusta. —murmuró para sí. Volvió a empezar y falló. Chasqueó la lengua y dejó caer la cabeza sobre la guitarra. —Que fastidio.

Unos golpes en la puerta llamaron su atención.

Tomás entró sin esperar respuesta. —¿Cómo te va?

—Como si quisiera morirme.

Él alzó las cejas. —Eso es nuevo, ¿Quieres hablar de ello?

—¿Acaso eres psicólogo?

—Pues ayer vi una película. Creo que ya estoy calificado.

Rodó los ojos. —Me molesta hacer esto.

Tomás asintió despacio.

—¿No vas a decir nada más?

—Eh... pues no lo hagas

Emily soltó el aire por la nariz. —Que buen psicólogo eres.

Tomás se encogió de hombros y se acercó un poco. —¿Por qué no tocas algo que ellos sí puedan seguir?

—¿Como qué?

—No sé… Imagine Dragons.

Emily levantó la cabeza de golpe. —No voy a tocar algo de Imagine Dragons

—A mí me gustan

—¿Por qué no me sorprende?

—¿Qué tiene de malo?

—Sin producción no serían nada. Sus letras son malas, los estribillos y...

Tomás asentía sin realmente entender.

Minutos después, ella finalmente terminó.

—Ya veo

Emily entrecerró los ojos. —¿Ni siquiera escuchaste verdad?

—Es que... —se llevó la mano a la cabeza.

—Ana me hubiera dado la razón

—Es que no tiendo como puedes ver eso en una canción.

—Porque suenan como comerciales de shampoo. No me gusta eso.

Tomás soltó una risa. —¿Entonces que quieres tocar?

—Algo mejor. No quiero fingir que canto

—Todos esos artistas son famosos porque tienen talento.

Emily hizo una mueca. —¿Talento? Muchos de ellos son malos cantando y tocando.

—¿Y entonces como llegaron ahí?

Emily suspiró. — La imagen, el momento, el baile, el marketing… ¡Todo eso importa!

—Nunca lo había pensado así.

—Para mucha gente la voz ni importa. Pero yo no quiero limitarme.

—Entiendo... pero ellos no pueden seguirte el ritmo.

—Es su problema.

—¿Ya olvidaste lo que me dijiste una vez?

Emily lo volteó a ver.

—Si no usas todos los instrumentos que necesita la melodía, la canción pierde sazón.

Ella se quedó callada pensando. Sus dedos rozaron las cuerdas lentamente.

—¿Quieres que te ayude? —preguntó suavemente.

Emily apartó la mirada.

—…Está bien. —dijo casi en un susurro.

Pasaron los intentos. Tomás marcaba el ritmo golpeando suavemente el piso con el pie mientras Emily tocaba. Aun así, ella seguía adelantándose. Corrigió una, luego otra y varias veces más.

—Ya entendí. —dijo Emily.

—Pero aún te adelantas un poco.

—Nadie va a notarlo.

Tomás levantó una ceja. —¿No? Recuerdo que cierta persona me dijo que nadie aquí es profesional… pero tampoco son sordos.

Emily dejó caer la cabeza otra vez sobre la guitarra. —Ya no quiero seguir.

—¿Te duele la mano? —levantó la vista.

—No. —guardó silencio. —Solo me estoy fastidiando.

Tomás observó cómo ella apretaba los dedos alrededor del mástil. —Entonces descansemos.

—Pensé que dirías otra cosa.

—No tiene sentido seguir si te estás enojando. No quiero que termines odiándolo.

En un instante ambos yacían recostados sobre las sábanas, mirando el techo.

—¿Hoy no hay clase de francés?

—Tu padre me pagará igual. —respondió sin pensar.

—Nunca pensé que mi cuarto pudiera verse así.

Tomás miró alrededor, posters, algunos peluches y el piso con el espacio suficiente para caminar de un lado a otro. —Yo tampoco. Cuando llegue pensé que estaba entrando a...

—Una fosa séptica. —dijeron al mismo tiempo.

Ambos soltaron una risa.

—¿De qué hablaste con Ana?

—¿Por qué? ¿Crees que planeo asesinarte?

Tomás soltó una risa seca. —Solo era curiosidad.

—Un plan.

—¿Un plan? —giró hacia ella.

—No puedo decirte más.

—Así que si es para asesinarme.

—Tal vez.

Permanecieron acostados unos minutos más.

Emily golpeaba suavemente las cuerdas con los dedos mientras miraba el techo.

—¿Quieres intentarlo de nuevo? —preguntó Tomás.

El único ruido existente fue el de su respiración. Luego asintió

Esta vez Tomás no habló. Solo marcó el ritmo con el pie.

Emily respiró profundo y volvió a tocar. Y por primera vez en el día, no se adelantó.

Cuando el sol comenzaba a ponerse, ambos yacían ocupando un espacio del pequeño bar, en donde las luces apenas iluminaban el lugar, y el olor a cerveza no dejaba indiferente.

Iván, Ana y Tomás permanecían sentados observando, mientras Emily terminaba de afinar su guitarra sobre el escenario.

No paso mucho para que la música comenzará a sonar y llenará el bar de una melodía que antes solo eran conversaciones dispersas.

Las entradas eran correctas, los movimientos suaves y coordinados. Emily cantaba y tocaba al mismo tiempo, aunque su ceño se fruncía más con cada segundo.

Ella volteó hacia Tomás.

Él sonreía mientras levantaba ambos pulgares.

Emily apretó los dientes y siguió tocando.

La canción terminó sin errores.

Pero apenas comenzó la siguiente, la mano del bajista resbaló. Un sonido áspero atravesó el local. Los miembros de la banda se miraron nerviosos. El baterista trató de recuperar el ritmo con golpes débiles.

Entonces Emily empezó a tocar más fuerte y rápido.

La gente volteó hacia ella, y los demás comenzaron a quedarse atrás.

Emily golpeaba las cuerdas cada vez con más fuerza. Y en cuestión de segundos, todos corrían detrás de ella otra vez.

No pasó mucho para que la canción terminara. El público aplaudió igual.

Emily bajó del escenario sin mirar a nadie. —Tocaron horrible. —dijo sin detenerse.

Tomás se levantó rápidamente y la siguió. —La primera salió muy bien. —dijo apenas la alcanzó.

Emily no respondió.

—Pero en la segunda volviste a adelantarte cuando ellos se equivocaron.




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