Tomás comenzó a sacar los ingredientes de las bolsas. La mesa de mármol, marcada por años de uso, fue desapareciendo bajo paquetes de pasta, verduras, especias y recipientes improvisados. En pocos minutos ya no quedaba un solo rincón libre.
—¿Para qué compraste tanto?
—Quiero hacer algo rico. Además, nunca he cocinado para dos, no sabía cuánto necesitábamos.
Emily observó la mesa unos segundos. La luz del foco hacía brillar los jitomates y las cebollas recién lavadas mientras una corriente fría se colaba por la ventana entreabierta. —No quiero que lleve jitomate ni cebolla.
—Debe llevar para que sepa bien. No todo puede ser helado de fresa.
Ella ignoró el comentario. —¿Y sabes cocinar todo esto?
—Más o menos. —respondió mientras encendía la estufa.
—Eso no me da confianza.
—¿Tú sabes cocinar?
—Soy más de comer.
—Quien no ayuda no come. —dejó caer algunos ingredientes sobre el sartén
—Pues no comeré.
—Bueno, ni modo.
Emily guardó silencio un instante. —Le diré a Ana que me quieres matar de hambre.
—Dile. —respondió sin voltear a verla.
Emily frunció ligeramente el ceño. —¿Cuándo aprendiste a hacer todo esto?
Tomás removió lentamente lo que estaba en el sartén. —Cuando estaba en secundaria.
—¿Tan pequeño?
—Mi mamá llegaba tarde. Así que aprendí viendo videos.
Emily apoyó la cabeza sobre la mesa. —Yo solo comía cualquier cosa.
—Es interesante como comes cualquier basura y te ves igual.
—Porque soy increíble.
—No entiendo como sigues viva.
Emily tomó un trozo de zanahoria y se lo lanzó. Él apenas alcanzó a esquivarlo.
—Violenta.
—Te lo mereces
El aceite chisporroteó apenas la carne tocó el sartén. Una nube de vapor mezclada con el olor de la mantequilla y las especias comenzó a llenar la cocina. Las ventanas empezaron a empañarse por el calor.
Emily, a unos pasos, cortaba manzanas con torpeza, a veces, se giraba para evitar ser vista.
—No te las comas. — dijo Tomás sin girarse.
Emily trató de responder sin éxito. Rodajas de manzana cayeron en cuanto abrió la boca.
Afuera la tarde fue perdiendo color sin que ninguno de los dos lo notara. Entre bromas malas, comentarios absurdos y pequeños empujones, el reloj dejó de importar.
Sobre la mesa de la sala, la pasta desprendía un aroma suave a mantequilla, la carne todavía chisporroteaba ligeramente y la ensalada de manzana invitaba a probar un bocado.
Ambos tomaron asiento.
—Aún es muy temprano para comer. —dijo Tomás mientras relajaba los hombros.
Ella miró el reloj en la pared. —Ya son las nueve.
—Ese reloj lleva sin funcionar desde la primera vez que vine.
— ¿Qué? ¿Entonces nunca marcó bien la hora?... con razón llegaba tarde a la escuela.
Tomás soltó una carcajada mientras comenzaba a servir la comida. —Da igual. Si no comemos se enfriará.
Emily lo observó servir durante unos segundos. —Hace mucho que no como con alguien... aquí.
Tomás se quedó quieto con el cucharón en el aire. —Nunca pensé que pasaría Navidad con alguien que no fuera mi familia.
—¿Tan pocos amigos has tenido?
—Creo haberte dicho que no.
Emily apoyó los codos sobre la mesa. —Sí, pero quería escucharlo otra vez.
Tomás soltó una pequeña risa y siguió sirviendo la comida. —¿Y tú? —preguntó después de un momento.
—¿Qué cosa?
—¿Qué habrías hecho hoy si no nos hubiéramos conocido?
Emily se quedó mirando la ventana varios segundos. — ...Supongo que estaría escuchando música.
—Yo probablemente estaría leyendo.
—Eso suena triste.
—Lo dices como si lo tuyo no lo fuera.
Emily levantó apenas los hombros.
Sobre la mesa, una olla un poco más grande que el resto de platos emanaba un olor dulce.
Ella se acercó a la olla y observó el contenido con desconfianza. —¿Y si sabe horrible?
—Lo dudó mucho
Emily metió la mano y tomó un trozo antes de que él terminara de servir. —He probado mejores. —murmuró mientras seguía cortaba otro pedazo para comerlo.
Entre comentarios sarcásticos y bromas sin importancia terminaron la cena.
Emily se dejó caer hacia atrás, llevándose una mano al estómago. —Estoy satisfecha.
—Hace rato dijiste que no era la gran cosa.
—Sí, pero mejoró mucho cuando no sentí el sabor de la cebolla ni el jitomate.
—Estoy seguro de que habría sabido mejor con eso.
—Estoy segura de que te hubiera escupido el plato en la cara.
Tomás revisó el celular un momento. —Ya debería irme, es tarde.
Emily se incorporó lentamente. Sus miradas se cruzaron. —¿Por qué? ¿Acaso también cenaras con tu madre?
—No, pero si salgo muy noche quizá me asalten. —con un poco de dificultad se puso de pie.
—Puedes quedarte
Él la miró sorprendido.
—Podemos escuchar música o ver una película. —dijo Emily encogiéndose de hombros —Suena más divertido que estar solo.
Dudó unos segundos antes de volver a sentarse. —¿Qué quieres ver?
—Algo malo.
—¿Por qué algo malo?
—Porque es más divertido burlarse.
Después de discutir varios minutos terminaron escogiendo una película con portada llamativa.
—Apaga la luz. —dijo Emily mientras se envolvía en una sábana.
Tomás apagó la lámpara. La habitación quedó iluminada únicamente por el resplandor azul del televisor y la luz plateada de la luna que entraba por la ventana. Las sombras se estiraron sobre las paredes, al sentarse a su lado, ella le lanzó una parte de la sábana.
Durante las siguientes horas la película avanzó entre actuaciones exageradas y diálogos de pena.
—El autor está resolviendo todo con el poder del amor y la amistad. —murmuró Emily.
—Yo siento que tenía sentido.
—Entonces, cuando estés perdiendo una pelea contra un tipo de dos metros, voy a decirte cuánto creo en ti para que ganes.
—¿Por qué tendría que pelear con alguien así?