El bar todavía no abría por completo. Algunas mesas seguían vacías mientras los empleados acomodaban botellas detrás de la barra. Sobre el pequeño escenario, los amplificadores esperaban conectados y varias luces de colores permanecían apagadas.
Emily daba los últimos ajustes a las cuerdas de su guitarra.
A su lado, Ana revisaba su celular una y otra vez, mientras Tomás observaba el escenario vacío.
Tras unos segundos, soltó un suspiro.
—Emily, perdón, pero creo que las otras chicas no van a llegar.
Emily levantó apenas la mirada. —Entonces, ¿para qué vine?
Dudó por unos momentos. —Si quieres, podemos tocar tú y yo. —respondió sin levantarse.
—¡Hey! — Una chica de cabello oscuro apareció cargando un estuche de violín desgastado. Caminaba deprisa, todavía con el abrigo puesto. —Llegué un poco tarde.
—Sandra. —Ana sonrió aliviada —Pensé que no vendrías
—Después de insistir tanto, una se termina hartando. ¿Y Daniela?
—Creo que no vendrá. Sigue trabajando. —Giró hacia Emily —Ella es Emily. Guitarrista y vocalista.
Sandra le extendió la mano.
Emily apenas la miró un segundo antes de volver a ajustar las cuerdas.
Sandra mantuvo la mano suspendida unos instantes antes de bajarla lentamente.
Ana soltó una risa incómoda. —No te lo tomes personal, así es ella.
—Vale. —Sandra volvió la mirada hacia Ana —¿Ibas a tocar? ¿Tu mano ya está mejor?
—Sí, no te preocupes. Ya estoy bien.
Sin decir más, Sandra le tomó el brazo y levantó suavemente la manga. La muñeca seguía vendada. —Deberías descansar un poco más. Podrías empeorarlo.
Emily observaba de reojo, mientras tocaba algunas cuantas notas.
—Le dije a Emily que tocaríamos.
—Y yo te digo que deberías descansar.
—Y yo te digo que no es nada.
Nadie habló durante un momento.
—Perdón, no lo sabíamos. —intervino Tomás.
Emily dejó escapar un suspiro y se levantó. —Déjame ver. —sin esperar respuesta tomó la muñeca de Ana y la giró apenas.
Ana hizo una pequeña mueca.
—Oye, con cuidado. —dijo Sandra apartando la mano de Emily
Ella levantó apenas la vista hacia ella. —Solo estaba viendo.
—Pues no parecía.
—No la lastime.
Sandra frunció el ceño. —No tienes que romperle la mano para lastimarla.
El ambiente quedó en silencio unos segundos. Incluso el murmullo del bar pareció apagarse alrededor de ellas. Un par de personas giraron la cabeza al notar el cambio de tono.
Tomás reaccionó rápido. —Emily no lo hizo con mala intención.
Sandra suspiró y desvió la mirada. —Entonces debería aprender a medir su fuerza.
—Y tú deja de tratar a todos como si fueran de cristal. Ya dije que no fue mi intención.
—Ya basta, chicas. —Ana se interpuso entre ambas — Ya que estás aquí, Sandra, ¿por qué no tocas con ella?
—No. —Emily respondió rápido —Preferiría tocar contigo cuando estés mejor. Además, el violín no encaja mucho en un lugar así.
Sandra bajó ligeramente la mirada. —¿Y eso qué significa?
—Que la gente viene a escuchar algo fuerte, no música de orquesta. Si quieren escuchar a Mozart, pueden ir a un museo.
Sandra apretó apenas el estuche entre los dedos. —No todo el violín suena igual.
—Pues casi.
—¿Qué?
Emily levantó los hombros. —Solo digo que es música de viejos.
Sandra frunció aún más el ceño. —¿Por qué siempre dicen eso? —dijo para sí misma. —¡El violín no es música de viejos! La música es música y puede tocarse donde sea.
—¡Ya basta! —interrumpió Ana —Ya escuché suficiente de las dos.
—Solo dije la verdad. —murmuró Emily.
Sandra dio un paso al frente. —¿De verdad sabes tocar… o solo sabes hablar mucho?
Ana le tapó la boca a Emily antes de que respondiera.
Ella trató de apartar la mano de su boca con demasiada fuerza, entonces, Ana dejó escapar una pequeña queja y ella se detuvo de inmediato.
—Escuchen. —suspiró cansada —Ya estamos anotadas para subir. Así que toquen algo y dejen de comportarse como niñas. —intercambió miradas con ambas. Luego, soltó a Emily.
Las dos soltaron el aire al mismo tiempo.
Sandra dejó el estuche sobre la mesa.
—¿Y? ¿Sabes tocar algo además de Mozart? —preguntó Emily, todavía molesta.
—¿Qué quieres tocar?
Emily pensó unos segundos. —¿Conoces Reptilia?
Sandra no respondió. Sacó el celular y conectó los audífonos.
Durante los siguientes minutos marcó el ritmo con el pie mientras repasaba la canción mentalmente. Sus dedos se movían en el aire como si el violín ya estuviera entre sus manos.
Cuando terminó, observó el escenario: las luces saturadas, los amplificadores, las mesas llenas de ruido. Luego bajó la mirada hacia su estuche.
—No estorbes. —murmuró Emily.
Sandra hizo una leve mueca y subió primero.
Tomás se acercó a Emily. —¿No crees que te estás pasando?
—Ella empezó. Yo solo quería ver la herida de Ana. —Se acomodó la guitarra — Además, no pienso perder contra alguien que trae un violín a un bar.
Apenas subieron, el olor a cerveza y comida frita llegaba hasta los micrófonos, y algunas personas comenzaron a entrar al establecimiento.
—El violín no encajaba aquí. —murmuró Emily mientras ajustaba el micrófono.
Sandra no respondió. Colocó el violín sobre su hombro y respiró profundo.
Emily comenzó con un tono bajo.
Sandra entró unos segundos después.
El sonido del violín se mezcló con la guitarra sin romper la canción. Emily levantó apenas la mirada.
Poco a poco las conversaciones comenzaron a apagarse. Algunas botellas quedaron suspendidas a medio camino hacia los labios mientras varios clientes dirigían la vista al escenario. Incluso el cantinero dejó de secar un vaso durante unos segundos.
La voz de Emily y la fuerza de la guitarra comenzaron a atraer más atención. Poco a poco aumentó la intensidad. El ritmo empezó a acelerarse.