Entre acordes rotos

Capítulo 42: Año nuevo

La última luz de la tarde entraba por la ventana de la cocina y pintaba de naranja el borde de la encimera. Poco a poco las sombras comenzaban a adueñarse de la casa.

Tomás se encontraba cortando las verduras, mientras Emily, que estaba arropada con una sábana en el sillón, lo miraba de reojo.

Horas antes había escondido el regalo dentro de uno de los muebles.

—Emily —dijo Tomás sin verla.

Ella reaccionó de inmediato y se hundió bajo la sábana, intentando ocultarse.

—¿Hoy no me vas a ayudar?

Solo se escuchaba el golpeteo del cuchillo contra la tabla.

—Quien no ayuda no come.

Ella jugueteó nerviosamente con sus dedos bajo la tela.

Tomás dejó el cuchillo sobre la tabla y se acercó. —¿Qué te pasa?

Emily cerró los ojos rápidamente y fingió estar dormida.

—¿No te sientes bien?

Siguió sin responder.

—Oye, ya dime qué pasa. —De un tirón suave le quitó la sábana de encima.

Abrió apenas los ojos. —Perdón, me quedé dormida.

—No te creo. Dime qué tienes.

—Nada. Solo pienso.

—¿En qué?

—En el significado de la vida y esas cosas.

—¿Y?

—Creo que ya casi lo descubro. Despiértame en unos minutos.

Intercambiaron una mirada por un instante, luego Emily la desvió hacia una pared vacía.

—Eso sonó muy falso.

Volvió a cubrirse con la sábana. —Los genios nunca son comprendidos.

—Claro… entonces el genio va a venir a ayudarme a cocinar.

—Los genios tampoco cocinan.

Tomás volvió a tirar suavemente de la sábana. —Ven.

Emily soltó un suspiro exagerado antes de levantarse lentamente del sillón.

Mientras caminaba hacia la cocina, desvió la mirada hacia el mueble donde había escondido la bolsa.

Tomás notó el movimiento. —¿Qué tanto miras ahí?

Emily contestó rápido y sin dudar. —Cucarachas.

En la cocina. Emily permaneció callada mientras cortaba las verduras. Tomás la miraba de reojo ocasionalmente, mientras el vapor empañaba un poco la ventana.

Después de unos minutos, dejó el celular sobre la mesa. —He estado escuchando la playlist que mandaste. —continuó removiendo la comida. —Hay un grupo que me da miedo. Tienen máscaras y se visten de negro y blanco.

Emily pensó unos segundos. —¿Los “Angina de pecho”?

—¿Quién?

Emily soltó una pequeña sonrisa. —Nada... no les pusiste mucha atención.

El olor de las verduras comenzaba a mezclarse con el del ajo y el aceite chisporroteaba en la sartén.

—Pon música si quieres. —añadió Tomás.

Emily levantó la mirada hacia él, luego giró y tomó el celular. Pero se detuvo a medio movimiento. —Pon tú. Yo siempre pongo la mía. Nunca pones la tuya.

—No soy tan aficionado de la música. No sé tanto como tú.

Emily bajo la cabeza y apretó una zanahoria con fuerza. —Tomás… ¿Te molesta que hable de música?

—¿Por qué preguntas?

—Porque... siempre hablo de eso. No sé de otra cosa.

Tomás dejó de remover en el sartén. —Creo haberte dicho que me gusta escucharte. —dijo con voz suave. —Además, también hablas de lo que te gusta, lo que críticas de los demás y te inventas enemigos imaginarios como aquel peluche.

—No era un enemigo imaginario. Te está manipulando para que creas eso.

—Claro —respondió exageradamente.

Emily bajó apenas la mirada hacia la tabla de cocina. Sus dedos dejaron de mover el cuchillo por unos segundos.

Tomás volvió a la estufa sin notar demasiado el silencio. —Además —añadió mientras removía la comida —creo que sería raro que dejaras de hablar de música.

Emily giró hacia él. —¿Por qué?

—Porque eres tú.

Se quedo inmóvil ante la respuesta. Un calor comenzó a emerger de su pecho y una sonrisa se mostró en su rostro.

Durante unos segundos solo se escuchó el sonido del aceite y la música que Emily terminó reproduciendo. —Tomás.

—¿Hm?

—¿Tú sabes las cosas que me gustan?

Tomás pensó unos segundos. —Creo que algunas.

—Nunca te las dije.

—No hacía falta. —Señaló hacia ella con la cuchara —Te observé.

—¿Enserio? No te creo.

Se llevó un dedo a la cara y comenzó a darse ligeros golpes. —Te gustan las comidas dulces, te duermes a altas horas de la noche, no te gusta la música comercial. Odias la cebolla y el jitomate… y estoy casi seguro de que tu color favorito es el negro.

—¿Por qué lo dices?

Tomás sonrió apenas. —Porque cuando compre la lencería, no te quejaste del color. Y tu ropa carece de color, siempre son tonos grises.

Emily bajó rápidamente la cabeza para ocultar la sonrisa que se le escapó.

—¿Quieres que siga? —añadió Tomás.

—Sí —respondió en un susurró. —Aunque te escuchas como un acosador.

Tomás sonrió y continúo mencionando pequeñas cosas.

Cuando los platos ya estaban un poco más fríos comenzaron a servir. Emily tomó el cucharon y comenzó a verter la comida sobre cada plato con cuidado. Mientras Tomás colocaba los tenedores alineados y bien acomodados al lado de cada plato.

—No sabe mal. —dijo Emily sosteniendo su cabello para evitar que callera sobre la comida.

—Sabía que te gustaría mi comida.

—No soy fan. Pero... gracias por no ponerle cebolla.

La conversación continuó entre bromas pequeñas y comentarios irrelevantes.

—Ya falta poco para media noche.

—Sí. —respondió Emily.

—¿Tienes algún propósito de año nuevo?

Emily giró lentamente el vaso entre sus manos. —No lo había pensado.

—¿Nunca haces propósitos?

—Nunca pensé que llegaría tan lejos como para necesitarlos. ¿Y tú?

Soltó un suspiró. —Hace un año quería entrar a la universidad. Pero no lo logré.

—Entonces proponte algo nuevo.

—¿Cómo qué?

Tomó un sorbo de agua antes de responder. —No sé… entrar este año.

Apretó un pedazo de pan entre sus manos, crujió debido a ello. —Quizá... pero ya no será medicina.

—¿No?

—No. Creo que quiero buscar algo que realmente me guste.




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