Entre acordes rotos

Capítulo 43: Tomás

En un espacio donde no existían muebles, paredes ni puertas. Solo un blanco interminable.

Tomás sostenía el resultado del examen frente a su madre.

Ella lo miró apenas un momento antes de volver la vista a su bolsa. —Está bien, pero no te confíes.

Tomás asintió despacio. —¿Lo pegarás en el refrigerador? —preguntó en voz baja.

—¿Para qué? ¿Qué función tendría?

Tomás no respondió.

—Ve a estudiar, no pierdas tiempo.

Una mancha de color rompió el blanco infinito. Conforme Tomás se acercó, los colores tomaron forma hasta convertirse en una caja sobre el mostrador de una tienda.

Tomás tiró suavemente del vestido de su madre.

Ella volteó hacia abajo. —¿Qué pasa?

—¿Puedes comprarme algo?

—¿Lo necesitas?

Tomás se fijó en el ceño fruncido de ella, pensó unos segundos antes de responder. —No

—Entonces no veo para qué preguntas. —respondió sin siquiera mirarlo.

Él bajó la cabeza. Solo pudo observar cómo los colores desaparecían poco a poco de su vista mientras seguían caminando.

El blanco volvió a tragárselo todo. Un instante después, el uniforme escolar reemplazó la ropa infantil. Ahora estaba frente al tablero de calificaciones.

—Bien. Si sigues así, podrás aspirar a una beca.

—¿Una beca?

—Sí. Para que pagues tus estudios. Si yo te resuelvo todo, nunca crecerás.

Tomás asintió lentamente. —Sí... tienes razón.

—¿Ves? Si no te empujo, te conformas.

El blanco volvió a envolverlo.

La voz de su madre seguía sonando igual, aunque la ropa ya no era la misma.

—Voy a salir.

Su madre no levantó la mirada de los papeles. —¿A dónde?

Él acomodó la mochila sobre su hombro. —A la biblioteca.

—Entonces no entiendo por qué me avisas.

Tragó saliva antes de responder. —Pensé que querías saber.

—Mientras no estés perdiendo el tiempo, no necesito vigilarte.

—Sí mamá.

Días después de recibir el rechazo de la facultad de medicina, volvió a intentarlo.

Tomás estaba en la puerta de la casa, cuando cruzó miradas con su madre. —Voy a...

—No me hagas perder el tiempo. —interrumpió, caminó frente a él sin girar la cara.

—Yo solo decía...

—Pues debiste decirlo antes de no ser aceptado en medicina.

Él agachó la cabeza. Una presión comenzó a crecer en su pecho mientras sentía los ojos humedecerse.

Su madre se marchó azotando la puerta al salir.

Tomás permaneció inmóvil unos segundos frente a la puerta, se frotó los ojos y posó su mano sobre la manija. Su otra mano se aferraba a la mochila. Trató de decirse algo así mismo, pero no encontró sentido.

El sonido de su celular vibrando rompió su trance.

Un mensaje de Emily: "Mira, me encontré una piedra con forma de púa"

Tomás apenas parpadeó.

Adjunto al mensaje había una fotografía borrosa de una piedra gris sostenida entre los dedos de Emily.

"¿Crees que funcione si trato de tocar con ella?"

Un segundo mensaje apareció casi de inmediato.

" No sabes qué, ya lo pensé mejor. Mejor me aguanto las ganas"

Tomás dejó escapar una pequeña risa. Y salió de su casa sintiendo el pecho menos pesado.

El aire frío le mordía las manos. A lo lejos seguían estallando algunos cohetes, cada vez más espaciados.

Tomás tenía la mirada perdida en el cielo mientras abrazaba sus piernas.

—¿Qué haces? —preguntó Emily detrás de él mientras se acomodaba un abrigo encima del pijama.

—Nada. Solo pensaba.

Emily se dejó caer a su lado. —Las estrellas son bonitas. Nunca me había quedado mirándolas con calma.

Pestañeo y finalmente comenzó a ponerle atención a las estrellas. Luego la observo de reojo.

—¿Qué? — preguntó sin voltearlo a ver.

—Nada. Solo pensé que normalmente nunca te quedas quieta.

Emily soltó una pequeña risa. —Es que casi nunca es año nuevo.

Entre un estallido y otro, solo se escuchaba el crujido del cierre de la chamarra cuando Emily terminó de acomodarse.

—Entonces… ¿Qué pensabas?

Respondió después de una pausa. —En que... me alegra haberte conocido.

Emily sonrió apenas. —Por supuesto. Soy maravillosa. —respondió con la vista clavada en las estrellas

—Puede que sí. —murmuró con una sonrisa.

Permanecieron un rato más mirando las estrellas. No se dieron cuenta en qué momento el cansancio terminó venciendo.

Emily abrazaba una almohada contra el pecho. Y Tomás, aún medio despierto, sostenía su mano con suavidad.

Afuera, los últimos fuegos artificiales desaparecían lentamente en el cielo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.