Entre acordes rotos

Capítulo 44: Abono

Los días empezaron a parecerse unos a otros. Las tardes transcurrían entre mensajes de Ana insistiendo en salir. Algunas veces, Emily terminaba caminando con ella y Daniela por el centro, riéndose de cualquier tontería. En otras ocasiones, pasaba la tarde con Tomás, escuchando música y riendo de recuerdos absurdos.

La tranquilidad desaparecía cada vez que llegaba la hora de practicar. En dónde la cara de pocos amigos y notas fuera de tono eran frecuentes. Practicaba cada nota al ritmo que Tomás le marcaba.

—Estoy harta.

—Ya casi lo tienes. Un poco más.

—Es más divertido tocar como quiero.

—Quizá para ti, pero los demás tienen que correr detrás.

—Es su culpa por ser malos.

Tomás levantó una ceja. —Y cuando te quedaste detrás de Sandra... ¿tú eras la mala?

Emily dejó de tocar. Sus dedos permanecieron sobre las cuerdas sin hacer presión. —La admiras mucho, ¿no?

Tomás levantó la vista, confundido. —¿Qué?

—Nada. Continúa explicándome lo increíble que es Sandra.

—Solo decía que nunca imaginé que terminarías compitiendo contra una violinista.

—¿Y por qué no?

—Porque pensé que, si algún día competías con alguien, sería con otra guitarrista.

Emily acomodó la guitarra sobre sus piernas. —Es que no me gusta ese tipo de instrumentos.

—¿Hm?

—Los que toca la gente que se siente superior por hacer "música de verdad".

—Y aun así sabes tocar el piano.

Emily se quedó callada.

—Además —continuó Tomás —esos instrumentos aparecen en varias de tus canciones favoritas.

—Sí, pero son la excepción. Ellos si saben tocar.

—¿Y Sandra no?

Emily no respondió. Sus dedos recorrieron distraídamente las cuerdas. —Eres de gran apoyo. Por un momento creí que eras novio de Sandra y no mío. — dejó la guitarra caer sobre el colchón. Las cuerdas vibraron con un quejido breve antes de apagarse. Sin mirar a Tomás, abrió la puerta y salió

—¡Espera! —permaneció sentado unos segundos. Miró la guitarra abandonada sobre la cama y dejó escapar un suspiro antes de seguirla.

El pasillo estaba en silencio. Emily se había sentado junto a la pared, abrazándose las rodillas.

—No era lo que quería decir.

—Pues lo dijiste.

Tomás dudó. —Solo creo que Sandra es buena.

—Claro… sigue hablando de Sandra. Seguro ella sí toca como te gusta.

Él bajo la cabeza. —Perdón, solo quiero ayudarte.

—Me gusta tocar como yo quiero. —volvió a decir.

—Y no quiero quitarte eso. Solo digo que, si aprendes a controlar mejor el ritmo, podrías hacer todavía más cosas.

—¿Más cosas para quién?

No encontró respuesta.

Emily apartó la mirada. —Todo era mejor antes de que ella apareciera.

—Emily... —suspiró. —¿Por qué te molesta Sandra?

—Porque todos hablan de ella como si fuera increíble.

—¿Solo por qué te siguió el ritmo? —rodó los ojos.

—Y otra vez con lo mismo. —murmuró. Emily se levantó y regresó a su habitación. Se dejó caer sobre la cama.

Tomás entró detrás de ella y permaneció de pie junto a la puerta.

En algún momento, Emily volvió a acomodar la guitarra sobre sus piernas. Tocó un par de notas rápidas, más fuertes de lo necesario.

—Hay que descansar. —dijo Tomás.

—¿Por qué?

—Porque tienes esa cara de cuando estás enojada.

Ella evito mirarlo. —No estoy enojada. Mi cara es así.

—No es cierto... eres más bonita cuando sonríes.

Alzó la cabeza hacia él. —¿De dónde sacaste eso?

—De un libro

Soltó una pequeña risa. —Pues no lo vuelvas a leer. Sonó raro.

—Es peor el libro que tienes tú.

—Al menos yo no lo uso para ligar.

—No sé. Tendría que leerlo para comprobarlo.

—¿Lo leemos? —preguntó Emily con mirada expectante.

—Solo si usamos la versión que te compre...

Mientras la tensión entre ellos terminaba disipándose entre bromas, en otra parte de la ciudad Ana sostenía una conversación muy distinta.

—¿Entonces cuando quieres tocar con ella? —preguntó Ana con una almohada sobre las piernas y el teléfono en el oído.

—Ya te dije que no formaré parte de tu experimento.

—¿Eso quiere decir que tienes miedo?

Sandra dejó de calibrar las cuerdas de su violín. —¿Por qué insistes en esto?

—Porque ella ha estado practicando para vencerte.

—Yo no quiero competir contra ella.

—¿Vas a dejar que ella insulte tu violín?

Sandra permaneció en silencio unos instantes. —Ya estoy acostumbrada que lo hagan. —dudó. —Quizá... Emily tenga razón y deba quedarme en orquestas.

Ana se quedó callada un momento. —No quise decir... quizá me pase un poco contigo. Solo hago esto por Emily.

—¿Y eso es lo que ella quiere?

—Está cambiando, solo necesita un pequeño empujón. ¿Podrías hacerme este favor?

—Los empujones también tiran a la gente.

—Solo por esta vez, te daré lo que quieras.

Del otro lado, apenas se escuchó un suspiro en resignación. —Solo esta vez.

—Gracias. Sabes cuánto significa para...

Interrumpió. — Pero deja de mover a las personas como piezas. Solo conseguirás que termine odiándote.

Tragó saliva, finalmente respondió en voz baja. —No lo hará.

—Bien, entonces dile que este fin de semana en la tarde.

Instantes después, la llamada finalizó.

Ana permaneció sola en silencio, observando la pantalla apagada de su teléfono. Después de unos segundos bajó la mirada. —Espero no lo haga —susurró.




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