Entre acordes rotos

Capítulo 45: Una nueva sensación

El fin de semana llegó.

Emily no dejaba de mirar el pequeño escenario del bar. Desde su lugar podía distinguir los instrumentos, los cables y el micrófono que aguardaba en el centro

—¿Estás segura de esto? —preguntó Tomás. —Aun podemos retirarnos...

—No —respondió rápidamente. —Voy a ganarle en su terreno. — se levantó antes de que Tomás pudiera decir algo más y caminó hacia Sandra, que terminaba de afinar su instrumento.

—¿Lista? —preguntó Sandra con expresión seria.

Emily solo asintió despacio.

—¿Qué quieres tocar? —preguntó Sandra.

—¿Has escuchado Shatter Me?

Sandra levantó las cejas, sorprendida. —¿La de Lindsey Stirling?

—Así que sí sabes de música.

La cara de sorpresa fue reemplazada por una mirada seria hacia Emily.

—Además de esa, tocaremos Canon in D.

Por primera vez, Sandra pareció realmente desconcertada.

—Vamos, no perdamos el tiempo. —añadió Emily sin mirarla.

Subieron al pequeño escenario mientras las conversaciones continuaban alrededor. El tintinear de los vasos se mezclaba con el murmullo de los clientes. Apenas unas cuantas personas levantaron la vista cuando Sandra apareció con el violín. El resto siguió bebiendo como si aquella presentación fuera una más.

Emily conectó la guitarra y respiró despacio.

A unos pasos de ella, Sandra acomodó el violín sobre el hombro y deslizó el arco por las cuerdas con un movimiento corto. El primer sonido atravesó el murmullo del bar y bastó para que algunas cabezas giraran por curiosidad.

—¿Lista? —preguntó Emily, golpeó suavemente el micrófono.

Las primeras notas comenzaron suaves. Emily dejó que la guitarra marcara el pulso mientras su voz llenaba el espacio entre las mesas. Durante unos segundos solo escuchó su propia respiración y el roce de los dedos sobre las cuerdas.

Sandra entró segundos después.

La música empezó a extenderse por el bar. Igual que la vez anterior, algunas conversaciones fueron apagándose poco a poco. Una pareja dejó de hablar a media frase. Un mesero redujo el paso mientras cargaba una charola. Desde la barra, un hombre levantó la vista de su cerveza y permaneció inmóvil mirando el escenario.

Emily aprovechaba cualquier espacio de la melodía para aumentar ligeramente la velocidad. Solo un poco. Lo suficiente para intentar tomar ventaja. Cada vez que lo hacía, esperaba dejar atrás a Sandra. Pero el violín aparecía de nuevo, adaptándose a cada cambio sin perder el ritmo.

Poco después, los papeles comenzaron a invertirse.

Sandra empezó a introducir pequeñas variaciones en la melodía y Emily tuvo que prestar más atención para seguirlas. Por momentos, el violín parecía adelantarse a lo que ella esperaba.

Emily estuvo a punto de reducir la velocidad, pero entonces entró con fuerza.

Sandra levantó la mirada y sonrió, satisfecha.

Emily, en cambio, frunció el ceño. Sus dedos comenzaron a presionar las cuerdas con mayor fuerza. Sintió cómo la tensión subía por sus manos mientras intentaba mantener el control.

Por primera vez, tuvo que contener el impulso de acelerar. Sus manos pedían velocidad. Cada fibra de su cuerpo quería adelantarse una nota, luego otra, luego otra más, pero se obligó a contenerse

Poco a poco, ambos instrumentos comenzaron a encajar nuevamente. La guitarra y el violín se perseguían y respondían, cada uno ocupando los espacios que dejaba el otro.

Las conversaciones del bar terminaron por apagarse.

Cuando la primera canción llegó a su fin, Emily dejó escapar el aire que había estado conteniendo. Pequeñas gotas de sudor descendían por su frente.

Sandra, en cambio, respiraba con calma. Apenas tenía una sonrisa en el rostro.

Durante unos segundos ninguna dijo nada. Ambas inhalaron profundamente y volvieron a acomodar sus instrumentos.

Al comenzar Canon in D, Emily cerró los ojos durante un instante y respiró profundamente, se obligó a recordar lo que tanto había practicado. Durante unos momentos funcionó, pero poco a poco apareció aquella sensación familiar; el cosquilleo comenzó a surgir cada vez sus manos y la presión en su pecho comenzaba a crecer.

Sandra se mantuvo tranquila. Disfrutaba cada pequeño cambio que surgía entre ambas. Por primera vez en mucho tiempo no tenía que limitarse a seguir el ritmo de los demás ni preocuparse por equivocarse.

No pasó mucho antes de que Emily comenzara a adelantar ligeramente algunas notas. Primero apenas un instante, luego otra y otra más. Hasta que el ritmo volvió a escaparse de sus manos.

Sandra alzó ligeramente la mirada y la siguió.

Desde las mesas, varias personas seguían prestando atención. Algunas incluso movían la cabeza siguiendo la música, alguien comenzó a marcar el ritmo golpeando la mesa con los dedos y otro sacó el teléfono para grabar.

Sobre el escenario, Sandra perseguía a Emily. Cada vez que lograba alcanzarla, Emily volvía a acelerar.

Los instrumentos dejaron de sentirse como una sola pieza. Y cada nota de Emily, comenzó a sentirse ajena.

Emily dejó de percibir los contados murmullos y el bar desapareció poco a poco de su mente. Solo escuchaba su guitarra y aquel ritmo que no conseguía detener. Sus hombros estaban cada vez más tensos y sus dedos empezaban a dolerle.

Emily escuchaba sus propias notas por encima de todo lo demás. Una tras otra. Demasiado rápidas y tensas. Hasta que, durante un instante, volvió a escuchar el violín.

Sandra la había alcanzado.

Emily apretó los dientes y volvió a acelerar.

Los minutos comenzaron a desgastarlas.

Sandra ajustó ligeramente la posición de la mano y volvió a seguirla.

Emily sentía el sudor acumulándose en la frente. Una gota recorrió lentamente su sien antes de perderse entre su cabello. Cada esfuerzo parecía inútil y cada corrección insuficiente.

Hasta que finalmente las últimas notas comenzaron a desaparecer.

Durante unos segundos solo se escucharon murmullos.




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