Entre acordes rotos

Capítulo 46: Lo máximo que te puedo dar

El frío de febrero seguía colándose entre las calles. El viento arrastraba consigo el aroma de los puestos cercanos y hacía ondear los adornos de colores que habían colocado por San Valentín.

Emily caminaba junto a Tomás con las manos hundidas en los bolsillos de su abrigo. La bufanda le cubría buena parte del rostro, dejando apenas sus ojos al descubierto.

—Entonces, ¿a dónde vamos? —preguntó, sin demasiado interés.

Tomás sonrió apenas. —Si te lo digo, deja de ser sorpresa.

Emily no respondió. Se acomodó un poco más la bufanda y continuó caminando a su lado.

A lo lejos, algunas parejas recorrían las calles cargando flores, bolsas decoradas y cajas envueltas con cintas rojas. De vez en cuando, alguna pasaba junto a ellos riendo o abrazándose para protegerse del frío.

Emily las observó durante unos segundos antes de volver la atención al camino. —¿Por qué todos cargan corazones hoy?

Tomás la miró de reojo. —Porque hoy es San Valentín. —respondió con una sonrisa nerviosa.

Emily permaneció en silencio. —Ah.

—¿No sabias?

—Nadie me avisó.

Tomás soltó una pequeña risa. —Creo que el punto es que no tengan que avisarte.

—Qué tontería.

La sonrisa de Tomás desapareció poco a poco. —¿Sigues enojada?

—No.

—¿Y por qué lo pareces?

Emily se encogió ligeramente dentro del abrigo. —Hace frío.

—Entonces, no creo que te guste mi sorpresa.

Emily giró la cabeza hacia él. —¿Me llevas al polo norte?

—¿Y perderme tus comentarios? Ni loco.

Por primera vez desde que habían salido, una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Emily.

Tomás la vio de reojo y sonrió también, aunque decidió no decir nada.

No tardaron mucho en llegar frente a un local de amplios ventanales. Desde el exterior podían verse pequeñas mesas iluminadas por lámparas de luz cálida y varias parejas compartiendo postres.

Tomás abrió la puerta y una corriente de aire caliente los recibió.

Al entrar, un olor dulce inundó el ambiente. Chocolate derretido, frutas y azúcar se mezclaban en el aire.

—Sé que te gustan las cosas dulces —dijo Tomás mientras se quitaba el abrigo — Encontré este lugar y pensé que podrías comer todo lo que quisieras.

Emily no respondió inmediatamente. Sus ojos ya recorrían el local.

Había pequeñas mesas distribuidas por el salón, adornos en forma de corazón colgando de las paredes y una larga barra donde varias fuentes de chocolate permanecían bajo luces cálidas.

Entonces vio las banderillas de fruta. Se acercó lentamente.

Tomás la siguió con la mirada. —Puedes bañarlas en chocolate.

Emily tomó una de las brochetas y la hundió con cuidado en el chocolate derretido. La capa oscura cubrió poco a poco las fresas y los trozos de fruta.

Le dio un mordisco y sus ojos se abrieron de par en par.

Tomás esperó unos segundos. —¿Y?

Emily no respondió, simplemente volvió a hundir la brocheta en el chocolate.

Durante su estancia en el local hablaron poco. Emily parecía haber olvidado por completo que Tomás estaba allí; su atención estaba concentrada en probar cada dulce que encontraba.

Probó fresas cubiertas de chocolate, pequeñas porciones de pastel y distintos tipos de crepas. Cada vez que terminaba algo, buscaba con la mirada qué probar después.

Tomás, en cambio, apenas comía. De vez en cuando tomaba algún postre, pero la mayor parte del tiempo se limitaba a observarla.

En cierto momento, Emily tomó un trozo de crepa y se lo ofreció. —¿Quieres?

Tomás negó con la cabeza. —No, gracias. No me gusta mucho lo dulce.

Emily mantuvo la mano extendida un instante más. —Ah. —retiró la crepa y comenzó a comérsela sin protestar.

Después de un rato, Emily dejó sobre la mesa el último plato vacío. —Creo que ya no puedo más.

Tomás arqueó una ceja. —¿Eso significa que finalmente te llenaste?

Emily se llevó una mano al estómago. —Por ahora.

—¿Por ahora?

—Todavía podría comer algo más después.

—Me preocupa que tengas un segundo estómago.

Emily lo miró con seriedad. —Tengo uno.

Tomás tardó unos segundos en comprender la respuesta. —...Era una forma de hablar.

—Lo sé.

Salieron del local poco después. El frío volvió a golpearlos apenas cruzaron la puerta. Emily se ajustó la bufanda y volvió a esconder las manos dentro de los bolsillos.

Todavía llevaba una de las brochetas que había comprado para el camino.

Tomás la señaló. —¿No acababas de decir que estabas llena?

—Esto no cuenta.

—¿Por qué?

Emily mordió un trozo de fruta. —Es para después.

—Claro.

Continuaron caminando por varias calles. A medida que avanzaban, las decoraciones de San Valentín fueron desapareciendo y dieron paso a las luces de una pequeña feria instalada en una plaza.

La música llegaba desde algún punto entre las atracciones. Había puestos de comida, juegos, luces de colores y personas caminando de un lado a otro. Los niños corrían entre sus padres mientras las parejas se detenían frente a los puestos de premios.

Una melodía alegre comenzó a sonar desde alguna de las atracciones. Emily siguió el ritmo casi sin darse cuenta, golpeando suavemente sus muslos con las manos mientras caminaba.

Tomás la observó durante un momento, pero no dijo nada.

Después de recorrer algunos puestos, se detuvieron frente a uno lleno de peluches que colgaban del techo. Había osos, conejos, gatos y otros animales de distintos tamaños.

Tomás señaló uno particularmente grande. —Mira.

Emily levantó la cabeza. —¿Qué?

—Creo que se están burlando de ti.

Emily entrecerró los ojos. —¿Quiénes?

—Ellos. —señaló los peluches.

—Mira sus caras. Claramente creen que no puedes ganarles.

Emily examinó los premios uno por uno. Finalmente señaló un oso de color marrón. —Ese se ve arrogante.

Tomás soltó una carcajada. —Te lo dije.




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