Durante los últimos días había intentado practicar varias veces. Ninguna sesión duró demasiado. Al final, la guitarra terminaba a un lado y ella hacía cualquier otra cosa.
Un día, Ana la invitó a pasar el día con ellas para platicar.
El centro comercial estaba más vacío de lo normal. Era todavía temprano y la luz del exterior entraba por los enormes ventanales de la entrada, reflejándose sobre el piso pulido. Algunos locales acababan de abrir y los empleados acomodaban mercancía detrás de los escaparates. Por los pasillos circulaban familias, parejas y grupos de adolescentes que aprovechaban el día libre.
Emily caminaba unos pasos detrás de Ana y Daniela, escuchando distraídamente su conversación.
—¿Y cómo te fue en san Valentín? —preguntó Daniela.
—Fantástico. —respondió Ana —Fuimos al parque, luego me compró un perfume y terminamos en el cine.
—Pensaba que estaban peleados.
—¿Qué? ¿Por qué lo dices? —sonrió nerviosa.
—Sandra me había contado algo. Pero me alegra que no sea verdad. ¿Y a ti Emily?
—Bien. —respondió firme.
Las chicas se quedaron calladas.
—Lamento oír eso. —dijo Daniela.
Emily tardó un momento en darse cuenta de cómo había sonado. —No es lo que quise decir. Es solo que... nunca había pasado uno con alguien. —bajó la mirada hacia el suelo mientras buscaba las palabras. — Y… me gustó.
Ana y Daniela intercambiaron una sonrisa antes de continuar caminando.
Unos metros después, una melodía comenzó a abrirse paso entre el ruido del centro comercial. Un músico callejero tocaba cerca de uno de los accesos, sentado junto a una columna con el estuche abierto frente a él.
Emily redujo el paso y luego se detuvo. Sin darse cuenta, comenzó a marcar el ritmo con los pies.
El músico llegó a una parte de la canción que Emily reconoció como un momento importante. Esperó que aumentara la intensidad, pero la siguiente nota salió mucho más suave de lo que esperaba.
Emily dejó de mover el pie.
Era el momento perfecto para darle más fuerza.
Las palabras de Tomás regresaron a su cabeza.
Los demás corren detrás de ti.
Inhaló lentamente y volvió a marcar el compás.
El músico llegó otra vez a la misma parte y volvió a tocarla con la misma intensidad.
Emily entrecerró los ojos.
—¿Qué pasa? —preguntó Ana.
Ella levantó la mirada. —Nada.
—Te quedaste viendo al músico como si te debiera dinero.
Emily observó al hombre durante un segundo más. —Quizá me lo debe. —siguió caminando antes de que Ana pudiera responder.
No paso mucho hasta que llegaron a una boutique, donde carteles enormes indicaban rebajas y varios productos estaban acomodados sobre los estantes.
Daniela sacó un abrigo del perchero y se lo mostró a Ana frente a uno de los espejos. —Esto se te vería bien.
Ana negó con la cabeza. —No me gusta. Prefiero algo que combine con mi blusa.
Emily estaba junto a ellas, pero su atención seguía en otra parte. La punta de su zapato golpeaba suavemente el piso al ritmo de una canción que solo ella podía escuchar.
—¿Y tú, Emily? ¿Qué opinas? —preguntó Daniela.
—El bolso.
Daniela bajó el abrigo y miró alrededor. —¿El bolso?
Emily no respondió.
—¿Cuál bolso?
Ana y Daniela se miraron.
—¿Segura que estás aquí? —preguntó Ana.
—Sí.
—Entonces dime cuál te gusta.
Emily levantó la mano y señaló un objeto hacia su derecha. —Ese.
Daniela siguió la dirección de su dedo. —Ese es un paraguas.
—Ah. —respondió sin interés.
Ana soltó una pequeña risa. —¿Qué pasa?
Emily recorrió con la mirada los percheros llenos de ropa. —Es aburrido estar aquí.
—Es entretenido revisar las cosas —dijo Daniela.
Emily tomó una blusa de uno de los percheros, la examinó durante un instante y volvió a dejarla en su sitio. —Todas se ven iguales.
—No se parecen en nada.
—Tienen mangas. Cumplen la misma función.
Daniela abrió la boca para comenzar una discusión que podía durar varios minutos, pero Ana se adelantó. —Sigues pensando en el músico, ¿verdad?
—Es que tocó mal esa nota.
—Eso fue hace media hora.
—Aun así la tocó horrible.
Daniela volvió a colocar el abrigo en su sitio. —Vayamos a comprar algo de tomar. Para enfriar la cabeza.
—Hay que probar la nueva bebida de frutos rojos de Yomi's —añadió Ana — ¿Vienes, Emily?
Emily miró una última vez los percheros. —Ya que.
Cuando Emily regresó a casa, el sol ya comenzaba a desaparecer detrás de los edificios. Dejó sus cosas en su habitación y se cambió de ropa.
No pasó demasiado tiempo cuando escuchó que alguien llamaba a la puerta.
Tomás entró sin esperar respuesta.
La cuerda de la guitarra seguía sin ser arreglada, aunque parecía distinta a la vez pasada.
—Todavía no arreglas esa cuerda.
Emily estaba recostada sobre la cama, leyendo una revista. —Me cansé y no tuve energía para cambiarla.
—Siempre estabas al pendiente de ella. ¿Qué pasa?
—Nada. —pasó la página. —Ana me compró está revista, estoy intentando descifrarla.
—¿Una revista de moda?
—Sí. Sabías que tu ropa no combina según lo que dice acá.
Tomás bajó la vista y observó su ropa. —¿Qué tiene de malo?
—Que no puedes combinar camisas blancas con pantalones grises.
—¿Y desde cuándo te importa eso? Siempre dices que esto no es un concurso de moda.
—Las personas cambian.
—¿Ah, sí? ¿Y desde cuándo cambiaste?
Emily dejo caer la revista sobre su pecho y pensó unos segundos. —Hace una hora.
—Eso no es cambiar.
—Claro que sí. Llevo una hora siendo una persona completamente nueva.
Tomás se cubrió el rostro con una mano. —Bueno. —añadió más tranquilo. —Al menos ya tendrás otro tema de conversación, además de la música.
—Sabes estuve pensando en eso. Mi otro tema de conversación son las reglas gramaticales del francés. Gracias a ti ahora puedo molestar a las personas en tres idiomas distintos