Entre amor, dudas y traición

Capítulo 12: Seducción y enredos (Parte II)

Para Valeria, los días de reinado y derroche en la ciudad capital habían llegado a su fin, quizás algo tarde para ella y muy pronto para Julián, considerando los últimos acontecimientos de su pequeño universo. Todo parecía ser parte de una conspiración que iba más allá de ellos mismos, como si el destino al jugar con sus vidas, deseara complicarlas aún más.

Ese sábado por la tarde, Bruno partió desde el aeropuerto internacional en un vuelo con destino al exterior, y Valeria estuvo allí para despedir al hombre que en todo la complacía y al que ella era incapaz de negarle algún derecho; así era el dominio que él había ejercido sobre ella, a lo largo de esa relación disfuncional que siempre habían mantenido.

Ese adiós se convirtió en el instante en que, por fin, obtuvo la llave para abrir la salida de aquel palacio en el que se sentía cautiva, una prisión que ella misma construyó por decisión propia. La libertad había vuelto a su mundo, y con ella el control para hacer y deshacer con su vida.

Lo primero que hizo fue organizar sus cosas para volver a la costa; ya era el momento de retomar su relación con Julián, un amor bonito que, en su pensamientos, la esperaba ansiosamente. Sin embargo, lo que a veces pensamos y la realidad en las relaciones interpersonales, es algo muy distinto, y una simple desicion puede hacer que nuestras expectativas se desvanezcan.

Valeria deseaba que su regreso fuera una sorpresa y, por esa razón, lo planificó sin decirle nada a Julián ni tampoco a su amiga Alexandra. Desafortunadamente para ella, el destino, con su caprichosa ironía, impuso una traba que retrasó un poco más su regreso: ese día los boletos de autobús para un retorno inmediato no estaban disponibles, y tuvo que esperar hasta el siguiente día.

Esto sirvió para que el mismo destino, impredecible y juguetón, viera en ello una oportunidad más para seguir confabulando en su contra. Tal vez, lo sucedido a continuación era lo que realmente deseaba esa entidad superior, en un intento por enderezar el camino de nuestros personajes; o quien sabe, quizás también fue otra forma de seguir divirtiéndose a sus expensas.

Julián, ese día no había visto ni hablado con Alexandra, y se moría por verla después de aquel beso. No lograba concentrarse en nada ni en nadie más, y aunque ella le pidió un poco de paciencia, él no estaba dispuesto a esperar; solo quería tenerla en sus brazos.

Los fuertes deseos que inundaron su mente fueron muy malos consejeros e influyeron directamente en su comportamiento, llevándolo a actuar en contra de la razón y la prudencia. Por ello, finalmente y sin pensar más de la cuenta, decidió forzar la situación que tanto había estado evitando.

Apenas cayó la noche, Julián se presentó en el apartamento de Alexandra sin previo aviso. Era la primera vez que lo hacía desde aquel amanecer en el que encontró nuevamente a Valeria, y aunque sabía que ambas eran amigas que convivían en el mismo lugar, en esta ocasión no le dio importancia a eso. Ese día, ella no lo esperaba y ni siquiera había considerado la posibilidad de recibir su visita.

Escasos instantes antes de su llegada, Alexandra había estado lavándose el cabello mientras tomaba tranquilamente una ducha. Después de escuchar que alguien llamaba a su puerta se dispuso a verificar quien era, observando a través de la mirilla, y sorprendida al notar que se trataba de Julián, decidió abrir.

Ella apenas acaba de salir de la ducha y no tuvo el tiempo para vestirse, su cuerpo aún mojado, solo estaba cubierto por una toalla de color blanco que le llegaba muy por encima de las rodillas. Aunque pensó en colocarse algo de ropa antes de abrir, se quedó asi de forma deliberada y recibió a Julián.

—¡Hola, Julián! ¿Qué haces aquí? No te esperaba. —dijo Alexandra, apenas Julián, ingresó al apartamento.

—¡Deseaba verte! —contestó Julián—. ¡Y la verdad! es que no se me ocurrió nada para inventarme una excusa. —finalizó diciendo, mientras sus ojos llenos de deseo recorrían a Alexandra, desde los cabellos hasta las uñas de los pies.

Julián se comió a Alexandra con los ojos. En esa mirada, notó mucho de ella: estaba recién bañada; su cabello, recién lavado, emanaba un agradable olor, y su piel se veía suave y delicada. La toalla, tan corta, dejaba a la vista gran parte sus torneados muslos; todo un espectáculo para sus ojos, y ella, extremadamente deseable.

La vista resultaba irresistible, y la tentación de acariciarla, casi insoportable. Alexandra lucía deliciosa, tan apetecible como un manjar caído del cielo, y él queria devorarla y disfrutarla bocado a bocado.

—¡Tan tonto! —dijo ella—. No hay necesidad de ninguna excusa para verme. —agregó ella, disminuyendo la distancia entre los dos.

—¡Aún así! Ya estoy aquí. —dijo él, acercándose un poco más, para luego estrecharla en sus brazos.

Alexandra no opuso resistencia y se dejó abrazar tranquilamente por Julián. Nada se lo impedía, y no había nadie más allí; solo ellos dos, sin ninguna preocupación por ser observados.

—Se que me pediste un poco de paciencia… pero la realidad es que no logro sacarte de mis pensamientos. —dijo Julián mientras la observaba a los ojos y sentía cómo su corazón se aceleraba con cada latido.

—¡Esto no está bien, Julián! Valeria es mi amiga, y eso es lo único que podemos ser. —dijo Alexandra al sentir su virilidad, tratando de reflexionar ante lo que estaba ocurriendo.

—¿Amigos nada más? ¿Porque si me gustas tanto? —susurró Julián, para luego besarla lentamente.

Alexandra se dejó llevar por aquel beso que comenzó lento, y rápidamente se transformó en uno más apasionado. En ese breve instante, ambos dieron rienda suelta a los deseos reprimidos que habían estado sintiendo, y una sensación de calidez y escalofríos recorrió su cuerpo e inundó la flor de su feminidad, tras sentir, bajo la toalla, el suave roce de la mano de Julián deslizándose con suavidad y precisión por la parte posterior de su muslo.




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