*CAPÍTULO 1*
El taxi olía a mango y a malas decisiones.
Bajé la ventana para que el calor de Cartagena me golpeara la cara como un recordatorio: habías jurado no volver. Tres años, dos terapias y una promesa con vino barato de por medio. Y aquí estabas otra vez, con las mismas dos maletas y el corazón igual de idiota.
—Torre del Reloj, ¿cierto señorita? —preguntó el taxista sin mirarme por el retrovisor. Ya sabía la respuesta. Todos en esta ciudad se sabían mi historia.
—No. Hotel San Lázaro, en Getsemaní.
El hombre chasqueó la lengua.
—Lo van a tumbar, ¿sabía? En dos semanas meten la maquinaria. Resort nuevo, dice el alcalde. Progreso, le llaman.
Apreté la correa de mi cámara hasta que los nudillos se me pusieron blancos. _Diez días_, pensé. Diez días para fotografiar cada grieta, cada balcón con buganvilias y cada rincón donde la abuela todavía juraba que vivían fantasmas buenos. Diez días antes de que Samuel Herrera y sus planos perfectos lo convirtieran en escombros.
Samuel. Ni siquiera podía decir su nombre sin que me supiera a sal y a cartas sin abrir.
El taxi frenó de golpe frente a la fachada azul descascarada. El letrero de _Hotel San Lázaro_ colgaba torcido, como si también él ya se hubiera rendido.
Respiré hondo. Cartagena olía a mar, a frito y a ese chico que a los diecisiete me enseñó que los lunares también podían ser constelaciones.
Empujé la puerta.
Hora de enfrentar al pasado.
Y de odiar al arquitecto.
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Editado: 22.04.2026