, que el chisme se pone bueno:
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Conté hasta diez con la frente pegada a la madera de la ventana. No sirvió. El pulso seguía galopando como si acabara de correr toda la muralla.
_No pelees con el arquitecto antes de desayunar._ La voz de la abuela me taladró la cabeza. Eran las 9:17 a.m. Técnicamente, todavía no había desayunado.
Abrí la puerta de un tirón y bajé las escaleras como si el patio fuera un ring. Él seguía ahí, anotando algo en su tabla, con un plano enrollado bajo el brazo. Cuando me escuchó, levantó la vista. Ni una sonrisa. Ni un “perdón por existir”. Solo esa cara de póker que usaba cuando sabíamos que estábamos a punto de meternos en problemas.
—Llegaste temprano —dijo, como si habláramos del clima y no de la demolición del único lugar que me quedaba de ella.
—Y tú llegaste tarde —le solté—. Diez años tarde, Samuel.
Por fin parpadeó. Un punto para Valeria.
Dejó la tabla en la mesita de hierro donde la abuela servía tinto a las señoras del barrio. El mismo hierro que se calentaba con el sol y que una vez nos quemó las piernas por quedarnos hablando hasta mediodía.
—No sabía que el hotel era de tu familia cuando acepté el proyecto —dijo. La voz grave, sin excusas. Siempre fue pésimo mintiendo—. Me enteré hace tres días.
—¿Y aún así estás aquí? —crucé los brazos—. ¿Con tu casco y tus planos para volverlo polvo?
Samuel dio un paso al frente. Olía a café, a papel y a ese jabón de coco que usaba desde el colegio. Traición olfativa nivel Dios.
—Estoy aquí porque mi contrato dice que tengo diez días para hacer el levantamiento estructural antes de la demolición —dijo bajito—. Y tú también tienes diez días, ¿no? Para tus fotos.
Entrecerré los ojos.
—¿Cómo sabes...?
—La abuela —admitió, y por primera vez algo parecido a la culpa le cruzó la cara—. Me dijo que vendrías. Me pidió que no te dejara subir sola al techo. Que la última vez casi te matas por una foto del atardecer.
Maldita abuela alcahueta.
El silencio se llenó de chicharras y del ventilador que seguía muriéndose en recepción. Diez días. Los dos. En la misma cuenta regresiva.
—Bien —dije, pasándolo por un lado hacia la cocina. Necesitaba café antes de cometer un homicidio—. Regla número uno: tú haces tu trabajo, yo hago el mío. Regla número dos: no me hablas de lunares, constelaciones, ni de abril.
Lo escuché soltar el aire. Casi una risa.
—Trato hecho, Vale.
No me di vuelta. Si lo hacía, iba a verlo. Y si lo veía, iba a notar el lunar nuevo que tenía justo debajo de la mandíbula. El que no estaba ahí a los diecisiete.
Y yo nunca fui buena ignorando mapas nuevos.
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¿Le damos a la cuarta o prefieres que meta ya el primer beso accidental? 😏
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Editado: 22.04.2026